El sembrado y los pájaros
17.12.08 @ 07:46:14. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Chorlito. Acuarela de Fernando Chaguaceda en chaguaceda.blogspot.com)
El viajero ha subido al autobús con una carpeta bajo el brazo. En ella lleva unos papeles con los que piensa presentar su proyecto, y ha añadido un par de folios en blanco por si fuera necesario tomar algunas notas.
Al salir de una curva, la mirada del viajero tropieza con un sembrado al que arranca destellos un sol incipiente. La luz oblicua enciende los terrones tajados por la afilada reja del arado. Sobre la gleba removida por la vertedera se ha instalado una algarabía de pájaros voraces.
La carretera recorre el valle del Jarama, y la nieve brilla en las altas cumbres de la sierra. Abajo, la silueta del cerro de San Pedro se asemeja a la de un centinela atento y vigilante. Los campos aledaños aún dormitan perezosamente, y el aire está limpio y fresco como la hoja de un cuchillo.
El viajero ha vuelto la cabeza para captar más cabalmente la escena del sembrado iluminado. Luego mira en la dirección de la carretera, pero en su retina sigue bailando el caótico aleteo de las aves. También siente resonar en sus oídos el alboroto de los trinos que perturban el silencio del valle, y cuando cierra los ojos imagina el misterioso mundo subterráneo que hasta hace unas horas aún estaba oculto a nuestros ojos y que ahora se ofrece a la voracidad de los pájaros.
Finalmente, el viajero saca un bolígrafo del bolsillo interior de su chaqueta, abre su carpeta y pone sobre ella uno de los folios en blanco. Luego medita unos segundos y, finalmente, empieza a escribir. El viajero escribe, y al hacerlo tiene la sensación de que sus versos se van posando sobre el papel como se posan los pájaros sobre las ramas de los olivos del Jarama.
Fluyen los versos:
Hoy la surcó el arado,
y la tierra abre al cielo
su primera promesa..
Tierra negra y sabrosa,
tan preñada de vida
que misteriosamente
se ha poblado de pájaros.
Es un nuevo milagro
de renovada vida
el de este lar fecundo
que sabe de cigüeñas,
de alondras, verderones
y gorriones voraces,
y de sol, y de lluvia,
y de brisas y viento,
y de días y noches
y de vidas y muertes.
Hoy, el arado ha abierto
sin que sepamos cómo,
de la mano divina,
un surco a la esperanza.
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