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Chauen (Xaüen)

Permalink 16.12.08 @ 08:00:35. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Xaüen. Apunte en acuarela de José Mª Arévalo, efectuado para ilustrar este artículo. 24x16)

Al oficial (Drito) le parecen idénticos viajeros los que se apean a los que ahora suben al nuevo autocar que les llevará al término del viaje. Un letrero luminoso dice claramente Xauen; debajo, con escritura que parecen garabatos, desde luego lo mismo sólo que en árabe, aunque dude el teniente lo entiendan aquellos nuevos inquilinos. Al fin la valenciana se pone en marcha con dirección al punto final del largo viaje en el que el militar lleva ya invertidos más de tres días desde que saliera de su ciudad natal.

A pesar de la aparente similitud que observó al principio, a medida que se fija en los nuevos compañeros de viaje (que dicho sea de paso no tienen cara de amigos), aprecia algunas diferencias: de tal forma se acentúa en ellos el carácter del musulmán de tierra adentro, que no obstante el progreso evidente según el moderno medio de transporte, parece como si el paso del tiempo hiciera una excepción camino de Chauen, o bien que retrocediera uno o varios siglos. Ahora viajan sólo hombres que no parecen muy jóvenes, aunque resulte difícil precisar en la seriedad, o gravedad, de sus rostros, si pertenecen a la madurez o permanecen anclados en una venerable ancianidad; solemnidad reflejada en la expresión de sus ojos profundos en los que se intuye la pertenencia a la legendaria Ciudad Santa. Viajan por lo general silenciosos, y todo signo de vida es el movimiento apenas perceptible con el que pasan de forma continua las cuentas de un artilugio cuyas pequeñas bolas guardan alguna similitud con las cuentas de nuestro Rosario; mientras tanto, silabean largas oraciones que el Profeta dejó escritas en el Corán. Los “santones”, que eso son algunos de los viajeros, se las saben de memoria por la continua lectura de lo que para ellos es libro sagrado.

La carretera, estrecha, sube siempre con fuertes pendientes y curvas muy pronunciadas en sucesión de vueltas y revueltas; una subida inacabable. El aroma de las yerbas -espirales también siempre arriba- flota en su verdadero ambiente. Igual le sucede a Drito, que flota; y el hombre no sabe si va o viene. A punto está de abandonarse sobre el asiento como ya lo hiciera derrotado sobre las cuerdas en la cubierta del Alcázar de Toledo. Terrible este mar tenebroso envuelto en volutas, niebla peligrosa de grifa.

Cuando la valenciana recorre un tramo de carretera que es una circunferencia completa, aparece de improviso ante el viajero desfallecido la estampa increíble que se intuía en el rostro de los santones: una ciudad medieval asentada en la falda de una montaña enorme; ciudad en la que se alternan casas muy blancas, blanco azulado, con las torres de la más pura construcción árabe en numerosos "morabos".

En su entorno, varias kavilas agrupan algunas chozas, muy pobres, que se aprietan en torno a una vivienda de porte más distinguido; es la que pertenece al kaid, lo que podía ser el alcalde de nuestros pueblos, aunque éste sin duda con mayores poderes y autoridad. El conjunto es un paisaje lleno de vida y realmente insólito para el europeo. Sabe el viajero que está en el continente africano (no le es difícil recordar, ¡y dale... !, que pasó el "charco"), mas al contemplar la nieve en las laderas del monte que casi toca con las manos en las curvas, tiene que mirar a los que a su lado siguen silenciosos bien metidos en las enormes chilabas; así confirma la realidad de que viaja por un continente de grandes contrastes. Para ratificar lo dicho, en cuanto el autocar se detiene, Drito contempla atónito el prodigio que es la plaza de España, en el interior de la ciudad. La filigrana mora del parador, con fondo inmaculado de nieve en la grandiosidad del Titshuka, se adorna en la plaza con abundantes ¡naranjos! cuajados de frutos cuyo color, naranja, claro, y dorado, de madurez, sorprende por lo insólito, tan cercano a la nieve. El viajero baja impresionado por la belleza increíble que tiene ante sí. Pero unos pequeños tirones que recibe en la chaqueta, le devuelven enseguida a la hermosa realidad.

-¡Ah sinior...!, Stito llevar maletas de sinior quivir. Es un chavalillo moro, pequeño -en árabe "Stito"-, que le mira con los ojos negros, muy grandes, en cuyo fondo se refleja, junto a la inocencia de la criatura, la profunda personalidad de esta tierra y la admiración hacia el recién llegado. Desde su pequeña perspectiva, le contempla "quivir", en español grande, enorme. Stito tiene escrita la necesidad en un cuerpo menudo, nervioso, y limpieza total en la mirada, espejo de las nieves perpetuas del Titshuka, junto a la negrura de las intrigantes calles de su ciudad: al fin Xauen, del todo mora y atrayente, que ya prendió fuerte en el alma del oficial.

El cobrador del autocar cuchichea unos momentos con el que todos llaman Stito y acto seguido le carga con una de las maletas del forastero; la otra, demasiado pesada para el pequeño arrapiezo moro, la lleva el propio dueño que escucha sin salir de su asombro:

-Terente Quivir, Stito llevar maleta de terente Quivir a regemento; Stito no pidir -continúa jadeante por el peso- a terente Quivir ualo flus (no pide nada de dinero), Stito sólo querer chusco de terente (pan del cuartel). Y calla al tiempo que deposita la maleta a distancia prudencial de la garita del centinela que enseguida da el alto.

¬-¡Alto, quién vive! ¡Cabo guardia!

-¬¡Ah bujali! (tonto); ¡tú estar ricluta!; ¡tú no conocer amigo de Stito terente Quivir! ¡Tú estar mocho ricluta y mocho bujali! -termina así la curiosa indignación del pequeño moro que deja perplejos a teniente y centinela. Más que con las palabras de Stito, se aclara la presencia de Drito con la cartera militar que el teniente presenta de inmediato al centinela desconcertado.

Mira atento, tal vez sin leer, al tiempo que se cuadra y saluda tan marcial, que incluso sorprende al pequeño mozo de equipajes que presencia la escena sin pestañear.
¬
Teniente Pedro Aguirre que se incorpora a su Unidad! –se expresa muy serio, orgulloso, el oficial, que comienza a dar así los primeros pasos en esta nueva vida.

Stito mira hacia arriba, pendiente del teniente en espera de lo que antes le pidió por sus importantes servicios. La mano morena, curtida, casi negra de Stito, recibe una paga inesperada: un chusco que le entrega el centinela sacado de la garita, y ¡cien pesetas!, que salen del corazón de Drito. Los ojos del moro brillan con tal expresión de agradecimiento, que durante muchos años -es decir, ya para siempre- quedaron gravados en la mente del oficial.

Saluda Stito con saludo militar, al tiempo que repite las gracias con insistencia:

-¡Barakalofi, mocho barakalofi, mocho barakalofi!

Según sale corriendo en dirección al centro de Chauen, saluda una vez más y, desde lejos, otra vez se despide con un adiós sonriente, feliz:

-¡Alá genik terente; Alá genik, terente Quivir!, ¡Aalaá geeniik...!

Y Stito, por el momento, desaparece.


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Comentarios:
MMagnífica descripción de Xauen y de la llegada de un teniente a su regimiento. Delicioso el diálogo del teniente y del niño marroquí. Todo evoca en mí recuerdos entrañables.Una pieza literara de primera clase.
Enlace permanente Comentario por Javier Pardo de Santayana 17.12.08 @ 12:07

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