Bombillas de bajo consumo
13.12.08 @ 08:00:04. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de John Singer Sargent. 1856-1925)
Salgo a la calle. Ya están las luces encendidas. ¡Qué entusiasmo parece suscitar la navidad en la gran ciudad! Se diría que la gente se impacienta en la espera de ese nacimiento que se renueva cada año, y que estas luces son las luminarias de una fe que vive la alegría del descubrimiento de la verdad. Pienso que quizá los primeros fríos hayan sacudido los espíritus en un anticipo de lo que pasará dentro de un mes, y que hombres, mujeres y niños acogen alborozados el advenimiento de la gran promesa hecha luminosa realidad.
Yo me congratulo de que esto ocurra. Me tranquiliza la idea de que las luces sigan ardiendo; no podría soportar que nos quedásemos a oscuras. Pero ¡un momento! ahora reparo en que las luces componen unos diseños sin significado aparente. Son trazos geométricos. algunos pudieran representar esquemáticamente unas ramas, otros unas estrellas de hielo. claro – me digo - la naturaleza, el frío del invierno… Todo podría tomarse como una muestra de la creación. y luego siempre queda la luz, pero de todas formas…
Acabo de recordar que aún no compré mi calendario de adviento, y entro en unos grandes almacenes. ya se ven turrones de todas las marcas; ya cuelgan por todas partes las tiras de espumillón y las bolas de colores brillantes. Verdaderamente, ¡con qué pasión se dispone la gente a celebrar la Navidad!
Ahí están los calendarios. Revuelvo entre ellos en busca de alguna escena de Belén, pero me es imposible encontrarla. hay calendarios, sí, pero representan simplemente paisajes nevados, pequeñas hadas y renos voladores. ni rastro en ellas del Niño Dios, de la Virgen, de San José, de los pastorcillos o de los Reyes Magos. Me pregunto: dónde quedaron aquellas bellas escenas de nuestros retablos, aquellas pinturas de Velázquez, de Murillo y de tantos otros grandes pintores españoles.
Compraré unas tarjetas para felicitar la Navidad. Aquí veo unas de Unicef. seguro que serán adecuadas; al fin y al cabo Unicef es una organización que debiera amar a los niños del mundo. La primera tarjeta es una imagen casi abstracta. Bella, pero casi abstracta. Las escenas del portal estarán más abajo, supongo… Pues no. ni una sola de las tarjetas representa algo relacionado con el nacimiento del Hijo de Dios; sólo nos muestran a Papá Noel; unos paquetes de regalo con sus cintas y todo, y de nuevo las estrellitas de hielo.
De nuevo me pregunto: ¿dónde quedó el legado de nuestros padres, de nuestros artistas, de nuestros místicos, de nuestras propias raíces? Decepcionado, hojeo el abc. por lo visto, el alcalde ha decidido que los artículos de broma salgan del mercadillo de la Plaza Mayor y pasen a otra plaza aledaña. Eso está bien, me digo. Las ostentosas pelucas azules y naranjas, las bombas fétidas, las máscaras del conde drácula, los gorritos de Papá Noel con trenzas incorporadas y los pechos de pega dejarán de convivir con las figuritas del nacimiento.
Parcialmente reconciliado con mis congéneres, regreso a casa y enciendo la televisión. ¡Qué casualidad! Precisamente están mostrando una encuesta sobre la conveniencia o no de separar unos puestos de otros en el mercadillo de la Plaza Mayor. Una chica joven se define: “No veo a qué viene retirar de allí los artículos de broma. Al fin y al cabo, qué es la Navidad sino eso: ¡un cachondeo!”
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