El Rastrillo
10.12.08 @ 07:26:08. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Hortensias. Acuarela de Pedro Cano en la exposición de la Galería Forni, Milán, “De Abril, a septiembre”).
Parece ser costumbre de tos foramontanos escribir sobre lo que se les pasa buenamente por la cabeza y esto me parece francamente bien. A veces salen al paso, como caballeros andantes, de los entuertos de la sinrazón o de la injusticia; pero en el fondo preferirían un mundo en el que no hubieran de hacerlo, para así poderse dedicar a cosas más sencillas y entrañables: recuerdos más o menos nostálgicos, vivencias del momento, comentarios sobre lo divino y lo humano e incluso cosas propias de la edad… Por eso hoy me permito hablaros del Rastrillo.
Hay instituciones que están bien paridas, y una de ellas es El Rastrillo: una atractiva combinación de obra de caridad y encuentro social con un acusado toque de clase. Y el caso es que es algo sencillo, casi hasta austero, lejos del lujo y de la espectacularidad. Pero el Rastrillo es una especie de zoco, y eso resulta atractivo para la mayoría de la gente, sobre todo si la protagonista es la mujer.
Porque la mujer es la gran protagonista del Rastrillo. Yo no sé si ustedes han reflexionado alguna vez sobre el efecto de la presencia femenina en lugares caracterizados por la rutina, la seriedad y el rigor o la tiranía del estilo administrativo. Salvo cuando la mujer actúa de forma reivindicativa y en actitud de feminista radical, su presencia ejerce un efecto balsámico, relajante, flexibilizador de cualquier encorsetamiento profesional. La mujer crea sin querer un ambiente en el que las cosas serias pierden gran parte de su hosquedad. Aquí lo más curioso es que todas las mujeres se parecen como si pertenecieran a una raza propia y exclusiva. No todas son igualmente bellas, pero todas comparten unos rasgos comunes de elegancia.
Su característica más llamativa es que casi todas usan delantal. El delantal, efectivamente, las iguala en una especie de actitud de humildad asumida. Es como si durante unos días estas elegantes señoras del Rastrillo hubieran acordado desempeñar el papel de sirvientas elevándolo a un rango superior con sus buenos y refinados modales.
En los puestos hay un poco de todo. Algunos exhiben preferentemente muebles antiguos procedentes de grandes casas. Cuadros, grabados, lámparas de las que no se llevan ya en estos nuevos hogares minimalistas de los jóvenes; enseres que no encajan ni en los lofts ni en los pisitos tipo estudio. En el puesto de Rusia, la Gran Duquesa, con su aparatosa diadema y su atuendo de gran señora, emerge entre las matriuscas y las cajitas lacadas; el del Perú es una explosión del barroco más colorista que hace competencia al de Agatha Ruiz de la Prada, siempre obsesionada por los corazoncitos, las flores y las estrellas; más allá hay un puesto de libros donde los escritores esperan con aire aburrido a que alguien les pida una dedicatoria… Señoras que en su juventud fueron niñas bien venden papeletas para una tómbola, un barquillero de guardarropía añade tipismo a un recodo del recorrido.
En el Rastrillo hay también un buen número de restaurantes abiertos a la observación del paseante cuyas mesas se pueblan de corrillos de señoras en animada charla. En algunos se rinde culto al flamenco, que bien administrado tiene su punto esnob. Casi todos los locales tienen nombres de raíz popular. En uno de ellos, una gran foto evoca a Manolo Caracol trazando un pase torero a la vera de un Paco Camino casi adolescente. Todo el mundo se habla aquí de tú, porque todos podrían conocerse de un cóctel, de tener un amigo común o por una relación familiar.
Así es, más o menos, el Rastrillo. Yo quiero ver en él lo que en el fondo es esta combinación de acto caritativo y acontecimiento social: una buena cosa que hace mucho bien. Para mí eso es lo que más vale de todo lo que se exhibe en sus puestos. Y también que, al escribir sobre ellos, me haga recordar, con la nostalgia que nos aporta la evocación del pasado, mi embeleso de niño en Valladolid ante los cacharritos de los puestos del Sudario.
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