Desde la orilla. "Stito".
09.12.08 @ 07:54:13. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Mercado. Acuarela de Martínez Lozano en martinezlozano.cat/es)
(Nota del “tirano” compositor de esta página.- Aunque el foramontano Carlos se empeña en dividir las entregas de esta saga en distintos títulos, me resulta ímprobo adjudicar el correcto a cada artículo; así que, como él no lo hace, y la saga es única, la vida de Drito y cuantos le rodean, con su permiso mantengo la titulación inicial, “Desde la orilla”, orilla que es la del Duero a su paso por tierras de Valladolid, donde se encuentra la Dehesa de Peñalba, por más que el protagonista haya cruzado el Estrecho y pase parte de su vida en la “otra orilla”, como titulaba inicialmente sus aventuras africanas. Sin duda “Desde la orilla” será, ahora enriquecida con nuevos artículos, y debidamente ordenada en su momento, una gran novela, por más que el blog no respete el orden cronológico de los sucesos. José María).
Iniciada esta serie de “personajes”, creo que es exigencia del guión (el largo preámbulo de las guerras de África), repetir temas, que alguno que otro lector distraído ya conozca. Convencido de su comprensión, inicio la nueva andadura:
No ha transcurrido un mes desde la entrega de despachos, cuando el teniente recién estrenado (Drito) marcha con ilusión del domicilio paterno para incorporarse a su primer destino: el ya citado en diferentes artículos, Regimiento de Infantería “Africa 53” de guarnición en Xauen (o Chauen). Chauen, santa, recóndita y bella, está situada en el interior de Marruecos, a no menos de doscientos kilómetros de la costa. Largo trayecto que Drito emprende con alegría. Para el viajero, que procede muy de tierra adentro y del más puro secano, atravesar el Estrecho de Gibraltar, por lo horroroso, dice que fue inolvidable. Mar que llaman arbolada, y una embarcación tan frágil como pintoresca: viejo barco pirata que pese al nombre entrañable, Alcázar de Toledo, cree el oficial que éste sí rindió una de sus últimas travesías.
Poco le debió faltar para que fuera la primera y la última del teniente que, destinado allende los mares, sufrió lo indecible derrotado por los elementos y tirado al fin en cubierta sobre un montón de maromas y material diverso. Cuando pisa suelo africano (“cabaya”), tiene los pies firmes sobre él, pero la cabeza aún libra una batalla terrible contra el mar. Así, hasta que poco a poco se asienta distraído por el curioso ambiente que ofrece el puerto de Ceuta, animado con la presencia de pintorescos transeúntes: los primeros hijos del Islam que contempla, de paseo por el muelle.
Los moros más pudientes, sin duda minoría, tienen un aspecto singular: chilabas (prenda nacional) amplias, por lo general en tela brillante, con grandes listas de alto en bajo. Telas bastas, descoloridas por el sol y más bien raídas en el resto, que son la mayoría. Todos ellos de pies grandes y deformes, metidos a medias (en chancleta) dentro de babuchas de cuero recio y liso las de estos últimos; cuero repujado, muy fino, las de los primeros; y en ambos, al descubierto la piel callosa, agrietada en los talones, terminación de canillas muy finas en las que se marcan los tendones fuertes y tensos. El color moreno cetrino de los rostros enjutos contrasta con los turbantes, que algún día fueron blancos; prenda con la que algunos envuelven la frente y buena parte de la cabeza.
En otros, de los que apenas si se les ve la cara, destacan los ojos muy vivos en mirada que de inmediato produce recelo. Las mujeres moras de Ceuta que pasean por el puerto, tienen aire distinguido; al igual que los hombres, envuelto en peculiar secreto, o por lo menos a él se lo parece. Su vestimenta es tan parecida como entre sí la de los varones: vestidos ligeros que caen rectos -kafftán- sin forma alguna; la cabeza cubierta con la misma tela del kafftán y la cara cuidadosamente tapada con un velo blanco –hiyab-, que sólo permite ver los ojos, negros, con el brillo del azabache y un encanto indefinido, muy especial...
Las "valencianas" (único medio de transporte colectivo en todo el territorio de Marruecos), son autocares modernos que, a poco de salir de la estación, comienzan a desgranar viajeros a lo largo de un recorrido, al parecer sin paradas fijas.
Si en el centro de la ciudad predominan los españoles, la estación de autobuses es una torre de Babel; lo único que entiende el teniente asombrado son los letreros con los caracteres propios de cada idioma porque el lenguaje es tan enrevesado, que allí se encuentra extraño y realmente inquieto.
Desde Ceuta tiene que viajar hacia el interior, hasta Tetuán; y desde la capital de Marruecos del Norte, preciosa por cierto y más cristiana que mora, una nueva valenciana le llevará al punto final del viaje: Xauen.
Aunque para el viaje viste de paisano, se siente continuamente observado (eso, también, cree) por miradas furtivas en las que intuye que es del todo reconocida su condición de militar; y se le antoja, que no sin recelo.
¬
-¡Ah Ajmed... ! -vocea a su lado el cobrador de la valenciana con lo que, al parecer, llama a un mozo de equipajes sentado en el suelo, no muy lejos del vehículo, con las piernas cruzadas de forma extraña; fuma parsimonioso en una pipa muy larga, desproporcionada al pequeño recipiente en que termina; y gracias que es así, pues el olor que despiden las pequeñas espirales de humo apesta tanto, que de consumirse allí mayor cantidad de combustible, (kifi o grifa) hubiera puesto “en pie” al estómago del oficial, no muy asentado desde la horrorosa travesía del Estrecho con la danza y baile singulares a bordo del Alcázar de Toledo.
El tal Ajmed se hizo cargo de las maletas, las colocó en la panza del autocar e indicó luego con un esbozo de sonrisa (imposible saber si amable), un asiento libre en el tercio delantero del autocar, que corresponde a las plazas de primera clase. Hacia el centro de la valenciana, varios moros esperan silenciosos al cobrador; tienen aspecto de pertenecer al grupo de los más pudientes, con expresión que intriga por lo indiferente y que Drito, con recelo siempre de su entorno, otra vez interpreta como misteriosa. Y En la parte de atrás -la tercera clase-, un grupo numeroso de musulmanes trata de acomodarse con enorme bullicio sin que se les entienda absolutamente nada de sus expresiones muy rápidas y fuertemente guturales.
Sólo de vez en cuando se les escapa alguna palabra -mejor digo palabro o, en cristiano, taco- tan exótico, que incluso resulta atractivo. Parece imposible que puedan acomodarse en un espacio tan reducido cuantos desde el interior de chilabas raídas, muy pobres, no hablan, ¡gritan!, envueltos en el humo espeso de la grifa que se extiende horrible por el vehículo entero, sin que al parecer moleste más que al joven oficial que comienza a sentirse realmente incómodo.
-Perdona asted sinior, a mí parece que tú estar terente, ¿verdasté? - se dirige el cobrador a Drito que, extraño en esta tierra extraña y no muy seguro de haber entendido la pregunta, contesta, perplejo, con un gesto afirmativo. A partir de este momento, las miradas de todos los viajeros se centran en el oficial que se remueve inquieto en el asiento, tanto por la observación a la que se ve sometido como por el olor cada vez más fuerte que lo impregna todo y que le provoca náuseas, augurio de una travesía tan horrorosa o más que la tantas veces mentada del Estrecho.
Forzado a abrir la ventanilla, el viajero contempla un paisaje muy distinto al de España. Es realmente atractivo y lo contempla tan absorto y ensimismado, que acaba por no dar importancia al olor que estuvo a punto de provocar la catástrofe.
De pronto, rasga el aire el toque vibrante de un cornetín que sobrepasa con mucho el rugido del motor en una carretera siempre ascendente. Cuantos viajan en la valenciana miran con expectación por las ventanillas. Se trata de la formación en un acuartelamiento: Zoco Arba; guarnecido por fuerzas de la Legión, muestra sin pudor alguno al viajero la blancura de sus edificios muy cuidados y la figura, no muy distante de la carretera, de los centinelas hieráticos en los puntos dominantes del terreno. Zoco Arba impresiona de forma ostensible a los nativos, que miran con dureza a los legionarios; incluso al viajero le parece que más de uno de aquéllos, poco tiempo antes alborotadores y ahora muy callados, se estremece con gesto inconfundible de miedo. Cierto o no, ésa es la impresión que creyó captar, salvo que la grifa -que todo pudo ser- le hiciera alucinar.
Mal que bien, pues Drito tuvo que hacer de tripas corazón, el autocar entra al fin en una ciudad realmente hermosa: Tetuán (Tichauen), que se muestra al forastero en su doble faceta de ciudad española, moderna, cuidada, y la del embrujo especial en la zona mora. No se diferencia mucho la estación de arribada en Tetuán a la dejada en Ceuta; si acaso, que allí es más evidente ese hálito inconfundible, y por demás atrayente, que flota en el aire de todo el territorio magrebí.
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