Desde la orilla. Patrona de la Infantería
08.12.08 @ 07:39:51. Archivado en Artículos
Carlos de Bustamante Alonso

(Inmaculada Concepción. Oleo de Ribera,"El Españoleto". 1635. 502 x 329.Convento de Agustinas Recoletas, Salamanca. En artehistoria.jcyl)
El acontecimiento que celebramos hoy, festividad de la Inmaculada, patrona de la Infantería española –Arma a la que pertenecemos Drito y su relator- bien merece una mención muy especial, con todos los honores que le son propios (de Capitán General). Pues bien, la 19 compañía, la del teniente Quivir en Laucién –no muy lejos de Tetuán- llevaba muchos días alborotada; me refiero a que, próxima la festividad de la Inmaculada, la preparación del acontecimiento llevó consigo un tejemaneje importante. Hasta el Pater se traía no sé qué actividad extraordinaria con la labor que le era propia: instruir en la doctrina cristiana a quien más lo necesitase. ¿Y quién más sino Stito? Llegó el gran día, superior en celebración en el África profunda (ya saben, a no mucha profundidad), a lo habitual en los demás acuartelamientos en tierras peninsulares.
De madrugada, la diana floreada por la banda de cornetas y tambores, traspasó un cielo aún más limpio que el de días precedentes. Después del desayuno con el añadido de una copa por barba de buen orujo, para “calentar motores”, formación de la tropa –impecable- con todos los oficiales –de gala- al frente, en la gran explanada donde los del Quivir, siguiendo las instrucciones del Pater, habían preparado un altar impresionante de adornos y escolta de armas y gastadores; el que serviría para la celebración solemne de la Santa Misa en día tan señalado. El resto de oficiales e invitados en lugar preferente junto al altar. Tras los toques reglamentarios dado por el cornetín de órdenes, y con el grupo de cantores del coro, componentes todos de la referida 19, situados al lado opuesto de oficiales e invitados, dio comienzo la Misa. Dirigidos por el propio Drito, las voces de hombres barbados comenzaron a desgranar oraciones cantadas, muy bellas, en honor de su Patrona:
“Inmaculada, siempre y siempre pura/ diste el ser, de tu carne al bien mío/ así en la altura, la nieve se hace río/ sin perder, su limpieza y su blacura… ¡Oh Madre cual ninguna Inmaculada!/ limpia, blanca/ y hermosa cual ninguna/ revestida de luna/ de estrellas coronada”. El asombro en todos era tal, que incluso alguno, confundido, miraba al cielo… exageraciones de un testigo no imparcial, también perplejo. En la siguiente canción, cuyo inicio fue indicado por el Pater, los montañeros del Quivir, de la suya y de otras compañías, sonreían de oreja a oreja mirando sin pestañear a la Virgen:
“Señor todopoderoso/ Señor Dios de las montañas/ de los azules cielos/ de las nieves, de los hielos/ ayuda y protege a tus hijos montañeros/ que desde las altas cumbres/ te dan gracias por encontrarse más cerca de ti. / Virgen de las Nieves/ Señora y Madre nuestra/ ampáranos bajo tu blanco manto de nieve/ para que de tu mano, un día/ alcancemos la vida eterna”. Se “podía cortar” la emoción de todos los presentes. Pero no fue esta sorpresa, ni la mayor ni la última. Poco después de la siempre impresionante Consagración (transustanciación del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, que bien lo sabían todos), con todos los soldados de la formación con las armas “rendidas”, El Pater inició una ceremonia no acostumbrada: un soldado monaguillo, trajo una palangana enorme con agua; con un jarrillo lleno de ella, el sacerdote esperó breves momentos.
De su lugar en la impecable formación salió despacio, despacio, cuasi solemne, el que no hace mucho fuera sólo un arrapiezo menudo y harapiento; hoy, un soldado de España, todavía no adulto, pero con hechuras de altura y fortaleza poco comunes. Llegó junto al altar, se arrodilló, también pausado, y al tiempo que el cura derramaba agua sobre la cabeza del moro, dijo con voz potente, impresionante: “Stito, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Creo que hasta los soldados en formación y por supuesto ¡todos! los presentes, aplaudieron a rabiar, no sin un nudo en la garganta que los atenazaba. Stito, feliz, volvió a su puesto. Llegó otro momento importante:
El cura castrense se dispuso a dar la comunión a cuantos quisieron excepto, claro, a todos los formados, que pudieron hacerlo antes en ceremonia privada. Pero no todos se estuvieron quietos, porque tras una mirada de don José al mando cómplice, “surgió” nuevamente Stito y con la mayor reverencia que nadie hasta entonces viera, recibió con la misma solemnidad del anterior Sacramento, o mayor si cabe, el de su Primera Comunión. El aplauso, jamás oído tan intenso por estos pagos, llegó, si pudiera ser tal disparate, hasta la misión de Xauen; donde recibiera Stito las primeras lecciones de la nueva para él y sorprendente doctrina. No volvió a su puesto, pues iniciada ya la marcha de las autoridades e invitados, el toque de atención del cornetín los detuvo en el acto.
La “Música regimental” inició entonces el acorde primero de una impresionante pieza. Y el propio Stito, con voz clara y bien timbrada, bordó el Ave María de Gounot ¡en latín! No sé si Drito y los demás lo verían, pero yo, el relator, aseguro que vi la sonrisa ¿con asombro? de la Virgen Inmaculada que nos presidía desde el altar. Desde estas tierras africanas, nadie sintió en este momento nostalgia de su Patria grande o chica, igualmente lejanas.
Escribo estas líneas, cuando sólo faltan dos días para idéntica solemnidad con diferentes “actores”. A ustedes, les llegara, supongo, más tarde.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


