La cúpula
03.12.08 @ 08:07:56. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Cuevas de Altamira, Sala de los Polícromos, en images.google.es)
Leyendo los artículos escritos por nuestros dilectos foramontanos he descubierto que uno de ellos, al que adorna la envidiable condición de artista, se proclama decididamente harto de la adulteración del arte en nuestro tiempo. Yo estoy totalmente de acuerdo con él, y eso que no sólo me considero abierto y comprensivo ante los fenómenos artísticos, sino que incluso intento ver en ellos lo que tienen de creación y lo que tienen de belleza. Pero una cosa es ser capaz de valorar las múltiples facetas de la creación artística y otra mantenerse impávido ante las tomaduras de pelo, sobre todo si éstas se perpetran con ánimo de enriquecimiento personal.
Hoy no es mi intención aprovechar estas breves líneas para filosofar sobre las numerosas variantes de la superchería artística, casi siempre ligadas al trabajar poco y al conformarse con menos, aunque, eso sí, con el acompañamiento de palabras huecas pero mitificadoras para enredo y seducción de los incautos. Lo que ahora quiero hacer, sencillamente, es entrar en el debate sobre la famosa cúpula de Barceló refiriéndome a las palabras que respecto a ella pronunció un destacado miembro del gobierno español en su desmedido esfuerzo por justificar un dispendio que incluía la utilización de ciertos fondos destinados a apoyar proyectos de cooperación con países azotados por la pobreza.
Dijo el ilustre prócer que la citada cúpula era nada menos que “la Capilla Sixtina del siglo XXI” y, por lo que se ve, quedó tan satisfecho de su frase como si ésta mereciera, como mínimo, el mármol o el laurel. Vaya por delante que admiro la osadía y el remango del artista, y hasta ese toque de excentricidad que se refleja en una hirsuta cabellera que parece querer huir de su cabeza emulando los rayos del dios Febo o como si su propietario hubiera agarrado un cable activado por una tensión de veinte mil voltios para arriba. Conste también que mi sensibilidad, quizás algo infantil, se siente agradecida a esa combinación de colores apastelados que salpica la cúpula ginebrina, y que incluso soy capaz de imaginar la grandiosidad de todos esos metros cuadrados de pintura que con la inestimable ayuda del observador pueden llegar a crear en éste la impresión de encontrarse bajo un mar cercano a lo fantástico o frente a un impresionante panorama cósmico. No dudo ni de una cosa ni de otra.
Pero ¡caramba! de eso a compararlo con el techo de la Capilla Sixtina… Cierto es que la cueva de Altamira mereció ser considerada como “la Capilla Sixtina del arte rupestre”, pero, claro, el artista o los artistas que pintaron los bisontes eran hombres rudos que vivían en cavernas, y por consiguiente la comparación era atinada a la hora de elogiar sin reservas el arte con que se aprovecharon los abombamientos y recovecos de la roca para diseñar y modelar las formas y las sombras.
Lo que pasa es que ahora el caso es el contrario. Se supone que los hombres del siglo XXI deberíamos ser más sensibles., cultos y refinados que los que nos precedieron. Y entonces ¿cómo comparar el universo de planteamientos y de problemas genialmente resueltos por Miguel Ángel con el mayor o menor acierto en combinar estalactitas y manchas de colores para crear un determinado efecto óptico que acentuará la iluminación artificial?
Una cosa no reprocharé a nuestro laureado artista: el esfuerzo que ha realizado, o al menos el esfuerzo físico que empleó, puesto que le vi tocado con casco de espeleólogo y agarrado a una enorme manguera de la que salía proyectada una masa como de cemento y difícilmente manejable. No le reprocharé, por tanto, haberse dejado ganar por la indolencia como ha ocurrido con tantos creadores famosos de nuestro tiempo, y me congratularé sinceramente de que saliera ileso de ese trance. Sí que, a fuer de hombre honrado, y puestos a ello, reconoceré abiertamente que me parece más difícil pintar desde abajo en sus debidas proporciones y con la fuerza del genio las figuras concebidas por Miguel Ángel Buonarotti que repartir con cierto salero unas estalactitas y unas manchas de color destinadas a conseguir un cierto efecto llamativo.
Para terminar y no cansarles demasiado les comentaré, ya que antes hablé de los bisontes de Altamira, que no deja de ser curioso el hecho de que este nuestro artista del siglo XXI haya recurrido de nuevo a los efectos de la cueva. Si no me equivoco se trata, ni más ni menos, de un retorno a los orígenes, argumento éste que ofrezco desinteresadamente a los halagadores críticos del arte. Y no me digan que la cosa no puede dar un buen juego en nuestros días, cuando a cualquier cosa se la saca punta y con muy poco puede levantarse un mito.
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