Explosión de arte en Madrid
30.11.08 @ 07:48:21. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(El Apostol Bartolomé. Óleo de Rembrandt, en museodelprado.es. 1657. 122,7x99,7)
Una auténtica explosión de arte en Madrid, pero solo hasta Reyes, o sea que hay que aprovechar estos días. Me refiero a las muchas exposiciones temporales que coinciden en estas fechas. Fui sin intención de verlo, al encuentro de mis hermanas, encuentro que venimos celebrando cada cuatro o cinco meses, desde que murió nuestra madre. Se trata de disfrutar juntos un par de días, comer, pasear, disfrutar paisajes y aprovechar para hacer alguna visita cultural. No conseguimos entradas para el teatro, así que nos pasamos los tres días por el Madrid viejo, el de la abuela Rosa, y el de las exposiciones. Sobre todo éste, cuando nos dimos cuenta de lo que teníamos a nuestro alcance. Lo más llamativo eran las de Rembrandt y Degas. Advertidos de que para la primera había que ir temprano o sufrir enorme cola, nos fuimos a ver a Degas, a la Fundación MAPFRE, en el Paseo de Recoletos, de la que Internet nos decía que “La muestra presenta, por primera vez en España, la colección completa de los 73 bronces de Degas junto a 6 óleos, 13 pasteles, 13 dibujos, 13 grabados y 4 fotografías procedentes del Musée d'Orsay de París y del Museo de Arte de São Paulo de Brasil”. Hasta el 6 de enero. El título, “Degas. El proceso de la creación” me mosqueaba un poco, a ver si, como tantas veces, se trata de obra menor. Y así fue. No obstante, una gozada, y descubrir su escultura, de la que no tenía noticias, y es completamente genial.
Un poco desencantados al no encontrar ninguna de sus grandes obras (oleo o pasteles, hubiera sido igual), nos pasamos a la otra exposición que la fundación ofrece simultáneamente, de pintura española de “entre siglos”, el XIX y el XX, que es nuestra edad dorada más reciente. Y aquello ya nos llenó completamente: ocho o diez Sorollas muy representativos, y buenos ejemplos (aunque no tanto como los del antedicho) de Fortuny, Zuloaga, Vazquez Díaz, Gutiérrez Solana, Regoyos etc., etc. Un disfrute. Las dos exposiciones en conjunto, un acierto.
Y en el mismo Paseo de Recoletos, frente al café de Gijón, en que el que celebramos tertulia como no podía ser menos, aparecieron los jardines del edificio principal del BBVA con un cartel de “Colección Montserrat” que nos llamó la atención. En la tarde siguiente se confirmó que vale la pena ver estos fondos del Monasterio de Montserrat. Como en la anterior, mucha obra de aquellas generaciones –no solo los catalanes, de los que Mir es el mejor representado- y magníficos cuadros de siglos anteriores, como un Caravaggio extraordinario, y tantas otras. Muy interesantes dos de un jovencísimo Picasso, que entonces ya pintaba como los ángeles (hasta que se dedicó a la destrucción del arte, dije yo, y menuda discusión tuvimos los hermanos). Genial nos pareció esta exposición. Y eso que venía pletórico de Rembrandt y su tiempo (yo, porque mis hermanas no madrugaron, escusándose con aquello de “creo que ya la ví hace unos años en Bélgica”, “algo tendré que dedicarme a mis nietos” etc.; pero lo pagaron con mis comentarios todo el día).
Velazquez y Rembrandt son la cumbre de la pintura de todos los tiempos (nueva discusión familiar) y en la monográfica de El Prado se ha tenido el gusto de incluir, para situar al grandísimo maestro holandés, un cuadro de aquel, otro de Ribera – como seguidor, con Rembrandt, de Caravaggio, pero que está a esas alturas también-, Tiziano y alguno más de la época. Me impresionaron los últimos de Rembrandt, donde desaparecen los detalles, casi hay solo manchas, tanto o más que en “Las meninas” y “Las hilanderas”. Me refiero a “La negación de San Pedro” de 1660, al San Pablo de 1657, al “Moisés rompiendo las Tablas de la ley” de 1659; al San Batolomé, de 1657, con que ilustro este artículo; estos dos últimos incluso con pegotones “matéricos”, como su autorretrato del 67, que recuerdan al Goya más tenebroso.
Y al salir del ala de la ampliación de los Jerónimos que ocupa, justo aparecen dos o tres salas fijas del Prado, con los autores coetáneos e inmediatamente precedentes, desde Tiziano, Tintoretto y Verones, a Pedro Berruguete, Juan de Flandes y el gran Rafael. No pude resistir la tentación de ampliar la visita, una gozada. Y como necesitaba volver a ver a Ribera y Caravaggio, me fui a las salas inmediatamente superiores. De muerte por satisfacción. Qué interesantes los desdibujados, también, de “Vieja usurera”, 1638, o Cabeza de Baco, 1635, (aunque éste formaba parte de otro mayor y es normal desdibujar figuras secundarias) de Ribera, que cada vez me gusta más.
Tiene gracia que, en la comida que poco después nos reunió a todos, más hijos y sus mujeres o novias (fuimos dieciocho), en el restaurante “Cáscaras”, en Ventura Rodríguez, decorado con las bibliotecas, estanterías y libros que podemos tener en cualquiera de nuestras casas (bueno, como en las de mis hijos, las y los míos son más clásicos), encontré un magnífico catálogo de otra exposición de Rembrandt, la de 1998 en la Biblioteca Nacional, sobre sus grabados, pero con el óleo de la famosa “Lección de anatomía”. En aquella, como en esta, también “El festín de Baltasar” y “Susana y los viejos”, de lo más conocido del grandísimo maestro.
Pero no acaba aquí todo. Habíamos renunciado a ver la pintura conceptual comunista que recoge la Fundación Marx, y la del Thyssen “1914, la vanguardia y la gran guerra”, por aquello de que, cuanto más próxima en el tiempo, la pintura, menor interés tiene (lo que seguimos discutiendo), y nos topamos con la segunda parte de la del Thyssen, en la Fundación Caja Madrid. Fue al visitar el convento de las Descalzas Reales, que está justo enfrente, y que les recomiendo no se pierdan (este es permanente), con solo una obra de Rembrandt, una escultura de la Roldada, y varias obras más de renombrados autores, pero sobre todo con muchísimos de segunda fila o anónimos, pero bellísimos, una pocholada de museo. Así que nos quedó esa última visita, ésta a los comienzos de la destrucción del arte, quizá por mimesis con la de la guerra. Yo aprecio mucho el expresionismo, y lo practiqué de joven, pero ahora reconozco que tiene más de experimento que de resultados, salvo excepciones. Como en la de Degas, mucho apunte y ejercicios, pero muy interesante. Nos perdimos a Kandinsky y Klee, que están en el Thyssen; siento más no haber visto a Chagall, que me impresiona tanto, sobre todo sus azules maravillosos.
En fin, una explosión de arte, como siempre pero más, mucho más, el Madrid de estas fechas. O sea, que no se lo pierdan.
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