Mezquinos
29.11.08 @ 08:00:02. Archivado en Artículos
Javier Pardo de Santayana

(La Gran Vía, Madrid. Óleo sobre tabla, de Antonio López en artelibre.net. 90,5x93,5)
Imagínense que en el lugar que ahora ocupa una dependencia del Congreso se hubiera alzado en su día la casa donde vio la luz un personaje importante y conocido. Imagínense que se tratara de un famoso actor o de un escritor relevante. Imaginen también que alguien hubiera recordado este hecho curioso y tomara la iniciativa de proponer que fuese rememorado mediante una placa adosada a una pared: esto honraría la figura del personaje en cuestión y proporcionaría a los guías una anécdota interesante. ¿Creen ustedes que alguien vería en ello algún problema o que, por el contrario, aplaudiría tal propuesta?
Imagínense ahora que, entretanto, los noticiarios nos informan de acontecimientos graves y preocupantes: se están produciendo atentados terroristas que ponen en peligro la vida de nuestros soldados y también las nuestras; una crisis económica ha alcanzado el grado de recesión y puede contarse el número de parados que se produce por minuto… Los ciudadanos, muchos de los cuales no encuentran la forma de llegar a fin de mes, asisten atónitos a la indecente exhibición de un hemiciclo prácticamente vacío.
Y yo me pregunto si esa imaginación de ustedes será capaz de admitir que en tales circunstancias puedan encresparse los ánimos en el rechazo visceral a la modesta plaquita, y que un importante número de los holgazanes representantes del pueblo acuda ahora presuroso para evitar su colocación, cuestión que, al parecer, ha adquirido para tan altos dignatarios las características de una insoportable ofensa.
Para mayor precisión indicaré que el personaje al que se referiría la placa es una mujer, y más concretamente, una mujer santa. Buscando una explicación uno se dice si no podría achacársela algún acto contrario a la ley y a las buenas costumbres, o la violación de algún precepto democrático o constitucional. Pero resulta que éste no es el caso. Porque lo que hizo esa señora, que por eso fue proclamada santa, fue entregarse generosamente a los demás y ejercitar en el más alto grado la solidaridad con los necesitados, cosas todas ellas que, al menos en un plano teórico, suelen merecer el entusiasta plácet de las instituciones. Pero aquí no la salvará ni el hecho de ser mujer. Y no sueñen ustedes con que las feministas vayan a salir en su apoyo. La iniciativa acabará en el cesto de los papeles.
Ante tan lamentable exhibición de racanería y de mezquindad, ante tal sarpullido de sectarismo, imagino a la santa sonriendo benévolamente desde los cielos mientras nosotros nos sonrojamos al reconocer que hemos confiado nuestro futuro a una casta innoble. La santa pensará: ¡pues estáis buenos!
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