Desde la orilla. Las chicas de… las Carmelitas
28.11.08 @ 07:51:48. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Palomar en el Campo Grande, Valladolid. Acuarela de Antonio Pascual)
En el diario trayecto de casa al colegio y del colegio a casa, Drito y sus hermanos coincidían con las mismas salidas y entradas de las niñas del colegio de las carmelitas del Campo Grande. Rodrigo (recuerden, el hermano inmediatamente mayor a Drito) se fijó en dos hermanas que, como ellos, hacían y deshacían parecido trayecto. Más decidido, no tardó en entablar conversación con la mayor; a Carmelina, la pequeña, Drito sólo la miraba. Pero por motivos que entonces casi ignoraba, se le ocurrió a la criatura decir a su confesor que pidiera informes de los dos hermanos a los frailes del colegio de los que a su vez era confesor y amigo. El fin de tales informes parece que eran, saber con certeza las niñas qué clase de personas eran los dos hermanos y con qué intenciones las “cortejaban”.
¡Madre mía la que se armó!: el día en que el hermano director iba clase por clase repartiendo los boletines con las “notas”, comunicó a todo el alumnado que Drito Aguirre salía con chicas de las carmelitas. Además, le llamó luego a su despacho donde le echó una bronca descomunal, pensando que así se daría cuenta del enorme delito cometido...
No tengo ni idea qué le diría Drito, pero sí, que el hermano director, tan grave siempre él, estalló en un fenomenal ataque de risa, que se oyó hasta en los pasillos contiguos, o no, a su despacho.
No es que Carmelina le “gustase” demasiado a Drito, que algo desde luego, pero fue otra primera experiencia de la que el adolescente se sintió ciertamente halagado. Cuando hoy, ambos ya maduros, se cruzan por la calle, todavía colorea las mejillas de Carmelina un ligero rubor que le hacen, si cabe, más interesante y atractiva.
Habrá observado el lector, que pese a haber dejado constancia de ser seis el número de hermanos, parece como si algunos para Drito no existieran. Por supuesto que no era así. Sencillamente, que al ser Rodrigo el que le precedía en edad y dada su personalidad y carácter, tuvo con él más trato que con los otros. Hermanos y muy entrañables todos, pero Rodrigo, además, amigo; amigo como jamás tuvo ninguno. Los casi dos años de diferencia, eran más que suficientes para que, en casi todo, fuera Rodrigo el espejo donde Drito se miraba.
Llegado a este punto, es obligado hacer un paréntesis en la narración de éstos primeros y casi cronológicos amores y proseguirla con otros nuevos, que aun compartidos con Rodrigo, dejaron en Drito profunda huella. Son principalmente los referidos al campo, la caza, la pesca y otras actividades, que sin desmerecer las primeras, “imprimieron carácter”.
No creo que le importe demasiado a Drito perder protagonismo, pues si Rodrigo era en casi todo el espejo donde se miraba, en él se reflejaba su imagen. Con íntima satisfacción de que así fuera, me permitiré dar al relato la extensión que a mi entender merece, para el lector tal vez excesiva. Le pido un poco de paciencia hasta que volviendo sobre mis pasos, retome el hilo conductor que nos llevará a esos otros amores que a edad muy temprana, mejor diría precoz, vivió Drito con enorme intensidad.
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