Desde la orilla. La primera caceria
25.11.08 @ 08:00:06. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Edward Wesson, en el libro sobre su obra The Master´s Choice, de S.Hall y B. Miles)
Imposible hablar de Drito, sin hacer mención a como se inició –junto a su hermano Rodrigo- en los amores (apasionados) por la caza y el campo. Aunque vagamente, con la ayuda del propio Drito a mis recuerdos, trataré de comunicárselo, aunque a buen seguro se me cabree…
En cuanto los segadores abrieron un carril con los hocinos en el cacho del Moral, entra impresionante la gavilladora. Con volteo de brazos como aspas de molino, comienza la siega. Envuelta en una nube de polvo, avanza aparatosa la máquina con estrépito de bielas, cuchillas y engranajes. La mies cae fulminada sobre la plataforma de madera y luego, accionado el pedal, queda en gavillas sobre el perfecto rastrojo segado a ras del suelo.
Un curioso grupo, multicolor por la impedimenta, pasa en este momento por la ribera en dirección al lugar denominado La Playa.
-Superior la herramienta ¿eh? –dice Mariano “Fogato” deteniendo la siega. Aprovecha la parada para dar un tiento a la bota y, aclarada la garganta, se dirigió a los chicos con expresiones castellanas, propias de Traspinedo, su pueblo:
-“Aquí hay mu bien de conejos”-; “si sos aguardáis, una miaja, añadió, a escape vié el cachicán con el Musilas”.
Dada la noticia y orgulloso de la máquina nueva que maneja, reanuda la siega que, a cada vuelta, merma notablemente la extensión de cereal en pie. De pronto, irrumpió en el cacho el perrazo lobo de Rufo, el cachicán, dando saltos espectaculares por encima de las espigas, para seguir desde arriba con la vista la huida de los roedores aterrorizados por el estruendo que producía la máquina, que no conocían, y por la rápida desaparición de la masa vegetal que les prestaba protección.
-¡ Vele ahí va, vele ahí va! ¡¡Perroo, peerrooo...!! –vocea Fogato, que salta de la máquina y pesca a correr tras un conejo. Viene en dirección a la ribera, justo hacia donde, Drito y Rodrigo, atónitos, observaban el espectáculo. El conejo corre y salta torpemente, molesto por las pajas que, punzantes, le hieren en la barriga. Entre risas, voces, jolgorio y caídas del personal, sortea como puede el peligro; ciego, se aproxima hacia el lugar en que ambos contemplan lo nunca visto. Cuando en su torpe huida el conejo pasó junto a ellos, ambos se lanzan sobre él en plancha. Pero el conejo con un vigoroso quiebro, burló a ambos y se hubiera ido a “a criar”, si no hubiera llegado como un huracán Musilas, que se lo llevó prendido de la temerosa dentadura.
-¡Ya está, ya está! –exclama ahora gozoso Fogato. Los segadores vocean con alboroto la salida de otra pieza al rastrojo... Decididamente, los dos hermanos corrieron a la par hacia el lugar donde, ahora sin interrupción, se repite la escena y donde Musilas resuelve de forma expeditiva la cuestión. Uno tras otro, los conejos van a parar a las alforjas de los segadores.
-¡Vele ahí va Rodrigo! –gritó Drito a la usanza, entusiasmado por la salida de otro más. A trompicones, el animal se le aproximaba entre las pajas. Mas aquí, ni el perro ni Drito llegaron a tiempo; en una estirada fenomenal lo atrapó Rodrigo.
Esta primera cacería, todavía muy chicos –cuasi niños-, despertó en los dos una afición incontenible. Desde entonces y con la pasión por la caza en aumento, asistieron, sin perder una, al remate de la siega en todos los cachos; modalidad de caza un tanto primitiva, que se convirtió en protagonista principal de momentos inolvidables para ambos y añoranza interminable durante el invierno que tuvo en los veranos, muy cortos, el más gozoso, ¿y amoroso?, cumplimiento
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