De poesía y hortalizas
22.11.08 @ 07:30:33. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Espárragos. Acuarela de Pedro Cano en galleriadelleone.com/artistes/cano/lemons.htm)
Imagine el lector que Dios le ha bendecido con el soplo del arte y de la inquietud creativa, y que, como fruto de aquella capacidad y de este impulso, se propone traducir en palabras las sensaciones y los sentimientos que brotan en su desasosegado interior. Pues bien, estoy por asegurarle que, llegado a tal trance, encontrará en la naturaleza, no sólo su inspiración, sino también una buena parte de su repertorio de imágenes, hecho que atribuyo a que, como toda artificialidad ha sido añadida por el hombre, sólo aquélla posee la fuerza fecundadora de lo esencial.
Quizás radique en ello el prestigio poético de ese repertorio. Brisa, viento, nube, lluvia... son palabras siempre bienvenidas, que no sólo encajarán a la perfección en cualquier poema sino que añadirán a éste un vuelo lírico que difícilmente podrá conseguirse con otro tipo de nombres y, además, gozarán de la indudable ventaja de identificarse con una amplísima variedad de emociones que, por cierto, poco tienen que ver con la meteorología. Río, arroyo, mar, valle, cima, barranco, ladera, piedra incluso...: he aquí términos tradicionalmente manejados a la hora de hacer fluir la poesía y de construir unas metáforas que casi siempre vendrán más o menos al caso. Y es que, efectivamente, la naturaleza se nos muestra como un manantial proveedor de palabras a la vez inspirador y útil, que traslada a quien se dispone a degustar la poesía a un imaginario donde podrá encontrar el mayor y más auténtico disfrute.
Pero, naturalmente, si hablamos de naturaleza en estado puro no podemos prescindir de la vegetación, puesto que ésta añade al paisaje la primera señal de vida. Una referencia a los olivos, los álamos o las encinas caerá siempre bien sobre los versos y nos transmitirá una imagen de fuerza y de equilibrio, y también de belleza plástica y sonora. No rechazaremos a la retama, la jara ni la enramada, e incluso la traidora zarza que acecha escondida entre las breñas será excelentemente aceptada en términos poéticos.
En cuanto a las humildes plantas aromáticas, su limitada presencia será superada con creces por su sugerente capacidad de estímulo olfativo, que las situará en el más honroso puesto de la aristocracia poética. El olor del espliego, de la menta y de la lavanda, del tomillo y del romero, nos llevará con poco esfuerzo desde las áridas laderas mediterráneas a las más excelsas cimas de la lírica, y bastará su mención para que nuestros versos adquieran los matices más atractivos para quienes en ellos buscan un encuentro con lo sublime.
Todas estas consideraciones me conducen a la sorpresa cuando intento añadir al repertorio los nombres de las hortalizas que con tanto esfuerzo cultivo. Me pregunto: ¿Cómo es posible que ninguna de ellas merezca un lugar medianamente decente en la poesía? ¿De verdad puede comprenderse que su utilidad sea precisamente un obstáculo para incorporarlas al elenco de las palabras sugerentes?
Al fin y al cabo, ¿no son ellas carne de nuestra carne, puesto que ésta está hecha en gran parte de su sabor y su sustancia? ¿Cabe mayor ingratitud y más descomunal vileza por parte del hombre?
Inténtelo, por favor. Intente usted, querido lector mío (y poeta vocacional según parece) encajar una simple mención a la patata, al pepino, a la lechuga o al calabacín, por no decir al puerro, al ajo o la berenjena, en un verso cualquiera, se hable en él de amor, de desamor, de sueños o de decepciones, y estoy seguro de que acabará por desistir de tal empeño. Y pienso que hasta tal punto es esto cierto, que si a Miguel Hernández se le ha perdonado el atrevimiento de escribir una “Nana de la cebolla”, ha sido gracias al toque snob que siempre acompañó a la desdichada figura de nuestro pastor-poeta, y a la desgarrada imagen de militante republicano con que su recuerdo ha llegado hasta nuestros días.
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