Desde la orilla. Riski y Nadia.
21.11.08 @ 08:00:57. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Nina. Acuarela de Agustín Serrate, en Hispacuarela.com)
Era el primer día de vacaciones de Navidad y nadie en el mundo iba más feliz que Drito por tantos y diferentes motivos: vacaciones, un mes precioso de invierno, y en la Dehesa. Por si esto no fuera bastante, había que añadir el enorme aliciente de aquellos dos lobillos. (los que en el artículo anterior les dije habían regalado a Drito). El viaje en el tren fue espectacular. Seguro que de hambre o frío, los cachorros no hicieron otra cosa más que quejarse durante todo el trayecto, que pese a ser corto, dice Drito que no duró menos de tres horas para 25 kilómetros que separaban a la capital de la Dehesa. En el vagón atestado de gente, había expectación por ver a los causantes de quejidos tan lastimeros procedentes del interior de la caja de zapatos. No necesitaba el dueño otra excusa para sacarlos del encierro. Arrebujados en su regazo, se los enseñó sonriente a los curiosos. Les explicó luego, que eran lobos de pura raza y que los iba a criar a biberón. El hambre no pudieron saciarla, pues allí no tenía los ingredientes; pero el frío puede que se les pasase con el calorcillo que desprendía el cuerpo de Drito en total contacto con ellos. Lo cierto es, que con tan fácil y para él agradable remedio, callaron hasta llegar al caserío de la Dehesa.
La madre de Drito les dio el primer biberón, sin que él perdiera ripio de cuanto hizo para, en lo sucesivo y porque a él se los habían regalado, convertirse en su humano cuidador. Hubo discusiones más tarde sobre quién debía darles el alimento, pero haciendo valer los derechos de propiedad y repitiendo la operación igual, igual, que había visto hacer a su madre, al fin fue Drito, su dueño, el que dio allí el biberón siguiente a los perrines. Con la barriguilla llena y el calor que despedían varias estufas, además de la cocina “bilbaina” en las que ardía fuerte la leña, los lobillos, sin nombre, dormían sosegadamente sin enterarse de la ternura –amor- con que su amo vigilaba tan plácido sueño.
A la pregunta de Rodrigo, el hermano inmediatamente mayor a Drito, de cómo les llamarían, barajaron todos los nombres de los muchos animales (caballerías y ganado vacuno) que por entonces había en la enorme cuadra. Importante, Drito rechazaba las propuestas, acaloradas, que se proponían. Mientras tanto, la santa madre leía un libro en cuyas pastas se veía un trineo deslizándose por la nieve seguido de una jauría de lobos con peligro inminente para los ocupantes: Riski... y Nadia..., o así. Un matrimonio ruso, que no parecía pasar por un buen momento.
Cuando el dueño de los perrines propuso a la concurrencia que así podrían llamarse, hubo exclamación de sorpresa:
-¿Riski y Nadia...? –dijeron a coro todos los hermanos. Como a su madre tampoco le pareció mal, desde entonces así se llamaron los que hasta el momento decían simplemente lobillos o perrines.
Tanto cariño ponía “el amo” en su cuidado, que sin apenas darse cuenta del tiempo, se le pasaban las horas mirándoles fuera de la caja y colocados sobre la mesa al agrego del calor de la cocina. Con los ojos aún sin abrir, Riski y Nadia dormían horas y horas siempre vigilados. Hasta que un día, arrastrando la barriguilla por la mesa, se acercaron al humano cuidador. Tenían una casi imperceptible línea negra en el lugar de los ojos; con ellos sólo un poquito abiertos, fue a su amo Drito lo primero que vieron de un mundo nuevo en el que hasta entonces sin enterarse habían comenzado a vivir. Nada, de particular, pues, que desde entonces y mientras Riski y Nadia vivieron, el cariño fuese mutuo en cantidad y calidad entre los animales y Drito.
Entre los juegos a los que Drito se entregaba con gran ardor en cuerpo y alma, comenzaban a tener importancia los estudios; lo que dicho sea de paso y con toda verdad, no le hacían excesiva gracia. Menos mal, que intercalados entre unos y otros tenía otra actividad (Riski y Nadia aparte)¨, que esa sí, comenzó por entonces a calarle hondo: se trataba de las clases de canto a las que en el colegio se daba extraordinaria importancia. Por ser un colegio de frailes (Hermanos de las Escuelas Cristianas), eran muy numerosos los ensayos de cánticos en la capilla, destacando entre todos los que se referían a la Virgen, Virgen de Lourdes, cuya imagen en el retablo del altar mayor hacía que todos los alumnos –en mi opinión más y mejor Drito- se esmerasen en infinidad de oraciones cantadas. Desde más arriba, a buen seguro que la Virgen se sentía complacida.
Tanto mientras fueron niños, como a lo largo de los años hasta la mayoría de edad colegial, Ella fue un gran Amor que, en parte al calor que ponía en los cánticos, las “cuerdas” en el diapasón del alma de Drito niño vibraron cantidad de veces. Las mismas que tal vez lo hagan ahora con solo los gratos recuerdos de los que, gracias a Dios, soy relator.
En las aulas o en el salón de actos, los alumnos del colegio, también aprendieron a cantar a todas las regiones de España; y por ello, cantando a Asturias, Galicia, Castilla… fueron todos más amantes de su Patria, que encerraba tanta belleza como se decía a coro. Mentada la palabra, cómo no recordar, con emoción incluso, numerosas actuaciones del orfeón del colegio (del que Drito, claro, formaba parte) los días de fiestas solemnes en la capilla, en el salón de actos el día de santa Cecilia, en el teatro Calderón con inolvidables cánticos como solista…
Sensible a tanta belleza, en los afectos más íntimos de Drito quedaron gravados para siempre los inolvidables “amores”. Mas no suponía en absoluto que pasados los momentos concretos del canto viviera el resto del día como en otro mundo; pues, “desmelenado” en los juegos, bien sabían los amigos y compañeros de clase lo que era el escozor del tremendo pelotazo no parado con el escudo, o el impacto con el balón que salía de sus manos.
Al temperamento fogoso de Drito, le iban más estos recios desahogos que, encerrado en el aula, la complicación de los enrevesados quebrados cuando resultaban mucho más sencillos los números “lisos” y en su debido orden.
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