Desde la orilla. Los amores primeros
18.11.08 @ 07:41:28. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Anita. Acuarela de J.M. Arévalo. 42x33)
Con sólo cuatro años, Drito dio comienzo a los estudios asistiendo a la primera clase elemental en el colegio Nª.Sª. de Lourdes. La condición para inicio tan temprano, fue que supiera hacer solo sus necesidades sin tener que ayudarle nadie a quitar o poner los pantalones; y una de dos, o de verdad sabía, o tuvo que aprender sobre la marcha. Como es natural a esa edad, la mayor y casi única dedicación del niño en el colegio era el juego. Por la diferencia con los actuales, cito las luchas a pelotazos con bolas de trapo y la protección de pequeños escudos; guerra de mentirijillas, pero muy acorde con los tiempos en que se vivía. Las carreras de zancos, de madera, que esperaban dueño en los “armeros” situados en el gran patio de tierra a todo lo largo de la fachada principal del enorme edificio para competir encaramados en ellos durante las horas de recreo; el balón-tiro..., y tantos otros, que a medida que pasaban los años, se iban asemejando cada vez más a los de nuestros días.
Aunque amigos todos, ya desde entonces tuvo Drito el primer y verdadero gran amigo: “Richi”; que lo es –me consta- y muy querido hasta el día de la fecha. Como Drito, también era el pequeño entre varios hermanos mayores y, como ellos, también amigos; por tal motivo, les secundaban en intrépidas actividades durante los días de vacación, desarrolladas en el campo: “La Ribera” (hoy zona céntrica de la capital), en los Montes Torozos... y en las aguas, ¡ay por entonces muy limpias!, del Pisuerga. Actividades e intrepideces que en absoluto correspondían a la edad, como tampoco era propio que los hermanos pequeños se fijasen, con curiosidad al menos, en la notoria atracción que sentían los hermanos mayores hacia algunas de las niñas que rondaban por sus dominios.
“Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores, ni temeré a las fieras
y pasaré los fuertes y fronteras.”
Así rezaba la estampa que Richi le regaló a Drito, con alusión clara en la oración de no sé qué santo (probablemente San Juan de la Cruz) al Monte y Ribera, lugares habituales de alguna de las muchas correrías.
Por ciertas discusiones entre los dos amigos relativas a la profesión militar -sagrada para Drito-, llegaron incluso a las manos y la amistad entre ambos se enfrió. Luego, aunque tal vez sin decírselo, por supuesto que hicieron las paces y la amistad es ahora (y bien que me consta) tan abiertamente entrañable o más que lo fue antes. ¡Hay que ver qué cosas!
Drito cambió de amigo. Federico, el nuevo, además de compañero de colegio, era vecino del mismo barrio en la ciudad antigua, en lo que ahora llaman casco histórico. Como ocurrió con Richi, la amistad con Federico fue profunda y total, pero no muy duradera.
Integrados en las actividades de la Parroquia, Drito, que tenía buen oído y excelente voz, enseñaba villancicos a las niñas. Un poco por imitación de lo que hacían los hermanos mayores, comenzó a estudiar la posibilidad de hacerse amigo de alguna de sus discípulas. ¿Por qué no? Sin saber muy bien el motivo, me dijo que “se fijó” en una que se llamaba Rosarito que solía jugar a la “tanga” en la Plaza Mayor después de los ensayos con Drito en la parroquia . Tenía los ojos azules y, mientras jugaba, reía y hablaba, hablaba y reía, como si llevara dentro cascabeles. Le hacía gracia. Pero no tanta como que pensara en dejar a Federico, con quien se lo pasaba fenomenal, y hacerse amigo de ella. Era una “materia” en la que no tenía ninguna experiencia. Además, ahora sí se fijó bien y no la encontró verdaderamente guapa; y en que, además, tenía las piernas algo torcidas. Total, que no, que de Rosarito nada de nada ¡A ver…!
También Federico desapareció de su amistad íntima, sin que Drito recuerde ahora exactamente el motivo.
Empezaba a vivir la pubertad, cuando pasó a ser Zósimo el nuevo y mejor amigo. Impulsado por algo indefinible, lo fue tanto o más que los muy queridos anteriores. Si en lo físico Drito le superaba claramente pues casi le doblaba en estatura, en experiencia y “conocimiento de la vida”, era mucho más del doble lo que Zósimo le aventajaba. Por supuesto que no es que perdiera con sus conocimientos la inocencia, pero sí, que como él y los dependientes de una tienda propiedad de su familia, comenzó a mirar a las chicas ya no como a niñas, sino eso, sencillamente como a “chicas”.
Zósimo acompañaba con frecuencia a una de la que contaba y no paraba las excelencias que tenía; aunque Drito no sabía qué excelencias podían ser, porque a él la niña le parecía horrorosa. Pero aquella tenía una amiga que sin ser una belleza, tal vez resultase “mona”.
No sin sonrojo y cierto malestar por parte del inexperto, un día fueron los cuatro al cine a Pradera: el desaparecido teatro de bella traza en la entrada del Campo Grande . La amiga mona sacó las localidades, sin que Drito acertase con lo que tendría que hacer para que le aceptase el importe. Comenzó la película...
Ni ahora, ni entonces, dice que supo nunca cuál era; recuerda, que sudando a mares, quiso aprovechar la oscuridad para entregarle el dichoso dinero que ya le quemaba en las manos. La niña mona extendió la suya tímidamente, Drito puso en ella las ¡dos pesetas! y con una sensación jamás experimentada, retuvo mano y pesetas hasta que encendieron las luces en el descanso. Cuando como asustado, o sin cómo, las retiró rápidamente, tales eran los sudores (sin saber si de él o de ella), que las pesetas, de papel, pringaban como una extraña pasta. Nunca hasta entonces había “tocado” a una chica, y la verdad, en absoluto le gustó la experiencia que encontró ciertamente extraña.
“Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas”..., porque lo de Drito –niñas aparte a las que, la verdad, comenzó a no hacerlas ningún asco- no era el cine o el paseo por la calle Santiago o Acera de Recoletos lo que realmente le gustaban, sino los grandes espacios y la vida al aire libre en pleno contacto con la Naturaleza.
En cuanto daban comienzo las muy largas vacaciones de verano e incluso más de una vez las de Navidad, la madre de Drito llevaba a todos sus hijos a la Dehesa: explotación agrícola familiar cuyo nombre completo era Dehesa de Peñalba “la Verde”.
Con la ayuda y experiencia de la madre, también campera de nacimiento, crió con biberón dos cachorros de perro lobo que le regaló un compañero del colegio que vivía en una finca próxima a la capital. Una perra loba suya había parido ocho o diez perrillos y, al no poder criar a todos, pensaban tirarlos al río. Aceptó encantado el ofrecimiento de una parejita. Los metió en una caja de zapatos y ese mismo día viajaron con toda la “familia” hacia la Dehesa en el tren de Ariza... Como ya está bien de “peñazo”, otro día más. Vale.
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