Seducidos
15.11.08 @ 08:00:55. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Fifth Avenue. Acuarela de John Salminen, en johnsalminen.com. 37.5x24.5)
Muchas son las cosas que se han dicho y escrito sobre la elección de Barak Obama como nuevo presidente de los Estados Unidos, pero no me resisto a añadir a ellas algunas reflexiones personales. Éstas se refieren, sobre todo, a la creciente importancia de la seducción para triunfar en la política y sobre hasta qué punto la capacidad para aprovecharla llega a superar dificultades casi insalvables. Dios me libre siquiera de insinuar que se trate de un fenómeno nuevo, pues el liderazgo siempre incluyó ingredientes misteriosos de carácter psicológico. La cuestión es la importancia determinante que la seducción ha adquirido en estos últimos tiempos.
Hasta hace bien poco el señor Obama era un personaje casi desconocido y sin experiencia en la gestión. Por añadidura, se trataba de un hombre de color, y esto constituía un handicap a la hora de pretender un cargo tan importante para el futuro de su nación y del mundo entero. Otros obstáculos formidables se acumulaban ante él: por una parte, la competencia presentada por la esposa de un presidente anterior de su propio partido y por el prestigio y el poder que de éste había heredado; por otra, el aparato del partido contrincante funcionando en apoyo de un admirado y experimentado héroe de guerra. Realmente, el reto parecía insuperable por mucho que su adversario cargara con una onerosa herencia.
Pero por si tamañas dificultades no fueran suficientes para bloquear sus pretensiones, aún había que superar un problema de carácter psicológico que podía actuar en el subconsciente colectivo de una forma determinante, y éste era su propio nombre. Sólo siete años después del apocalíptico atentado del famoso Once de Septiembre y de la guerra de Irak., es decir, a pocos años de dos hechos que han marcado al pueblo norteamericano hasta el punto de producir en éste una profunda cicatriz que todavía está por cerrar, presentaba su candidatura a la presidencia de la nación una persona cuyo nombre de pila incluía el de Hussein, y cuyo apellido era Obama. Nombre y apellido evocaban inexorablemente los de Sadam Hussein, el tirano de Bagdad, y el de Osama Ben Laden, el enemigo número uno de los norteamericanos y autor intelectual de la masacre de las Torres Gemelas.
Pues bien, todos estos obstáculos fueron arrasados por el poder de seducción del señor Obama. Su tarjeta de visita fue un discurso idealista y patriótico impregnado de seguridad en sí mismo y de esperanza en el futuro, todo ello dentro de la más pura tradición norteamericana. En esto no se advierte ningún cambio apreciable. Es cierto que existía una mayor duda en cuanto a la consistencia de sus ideas, pero esta duda no afectaba a su habilidad para describir el desafío que tenía enfrente como una tarea ilusionante que serviría de referencia para cualquier asunto que pudiera debatirse con mayor o menor detalle. Para ello no le faltaban al señor Obama ni la presencia, ni las tablas, ni la fuerza de la oratoria.
Esta es la realidad es que vivimos hoy, al comienzo del segundo milenio. Curiosamente, cuando parece que sólo se admite la razón de la razón, la política se ha convertido predominantemente en una cuestión de marketing. No podemos olvidar que ésta es la civilización de la imagen. Hoy, cuando el grado de perfección organizativa llega al extremo, ésta se aplica a conseguir una influencia de base psicológica. En una impresión se confía, en una buena sensación nos jugamos el futuro; la estatura y la mirada de un hombre son suficientes para ilusionar a un pueblo; no valen tanto ni el fondo ni las soluciones que se proponen a las cuestiones concretas como esa voz que suena bien, esa expresión convincente. Hoy es más importante que nada la buena presencia, el contar con un equipo de profesionales de la política que vendan bien el producto y una buena red de medios de comunicación. A estas alturas poco vale por lo que parece, ofrecer algo tan importante, por ejemplo, como el sentido común, y no quiero decir con ello que éste le falte al señor Obama.
Lo que quiero decir es que la política se ha vuelto superficial, petardeante. A ello contribuyen poderosamente los recursos tecnológicos: los sms, los blogs, la televisión, la creación de buenos eslóganes, el convencimiento o la fascinación que produce la repetición hasta la saciedad en la pantalla de los instantes más expresivos. A través de todos estos artificios se transmiten pequeñas emociones, pequeñas sensaciones acumulativas en apoyo de un poder de seducción que se pone al servicio de la persuasión. Y nos preguntamos qué es esta curiosa mezcla de materialismo y de romanticismo de masas en la que nos hallamos inmersos.
Una última reflexión: en esta hora en que la amenaza busca motivos nostálgicos y morales para descalificar y amenazar a Occidente, el pueblo norteamericano ha optado por un líder que podría representar en sí mismo la imagen de una “fusión” de civilizaciones. Pero la formación y la expresión de Obama son puramente occidentales, y para los radicales islamistas el nuevo presidente podría tener bastante de apóstata, es decir, de merecedor de una “fatua”.
Consecuentemente, no nos engañemos con Obama pensando que su imagen va a favorecer esa entelequia que se ha venido en llamar “alianza de civilizaciones”: un concepto imposible e innecesario si lo relacionamos con el islamismo radical, puesto que las alianzas se establecen entre quienes comparten un objetivo o un planteamiento, y para el caso contrario ya se inventó hace tiempo en Helsinki una solución que ha dado excelentes resultados y que, por cierto, también se fundamenta en determinados mecanismos psicológicos: el establecimiento de medidas generadoras de confianza.
Pero, por lo visto, estas nimiedades no preocupan gran cosa al pueblo norteamericano. Y es que el pueblo norteamericano ha sido seducido por Obama como la mayor parte de los europeos, y eso que éstos, vacunados por la historia y acostumbrados a las decepciones, parecían estar a salvo de tamañas debilidades.
Si señores: aunque parezca mentira, también muchos de nuestros compatriotas más escépticos, muchos de aquéllos que se jactan de su colmillo retorcido y de estar de vuelta de todo, han acabado por caer bajo la seducción de un político norteamericano. Y si lo dudan ustedes, díganme si son capaces de imaginar lo qué dirían muchos de nuestros compatriotas hoy entusiastas “fans” del nuevo presidente de Estados Unidos, en el improbable caso de que un presidente español pronunciara una frase como ésta en su primer discurso: “nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de autonomías socialistas, populares o nacionalistas. Somos, y siempre seremos, España.”. O que lo acabara con estas hermosas palabras: “Que Dios os bendiga a todos. Y que Dios bendiga a España”.
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