Desde la orilla. Más sobre Drito
11.11.08 @ 08:00:46. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Wamba en otoño. Acuarela de J.M. Arévalo. 34x45)
No creo que la familia de Drito fuera una familia corriente. Fue, sí, una familia numerosa, como eran entonces la mayoría de las familias, que tuvo la suerte o desgracia de vivir los numerosos avatares por los que pasó nuestra España desde las primeras décadas del siglo XX. Era el tercero de seis hermanos, e importa resaltarlo, el pequeño de los mayores y el mayor de los pequeños, de manera que imitó a los mayores y sirvió de ejemplo para los menores; sucedió así desde muy temprana edad, porque ya tenía uso de razón cuando no había cumplido cinco años.
La suya fue siempre una familia unida como una piña. Tanto más, y esto le valió, cuando le llegaron grandes pruebas. El padre, militar de profesión y de linajuda estirpe montañesa, casó con la mujer más hermosa, pero también más entera, de los parajes castellanos de “tierra Medina”. Todo fue gloria y ventura para la familia, según se lo oí relatar a ella, hasta que los sucesos se precipitaron de forma incontenible y sometieron al grupo a durísimas pruebas.
Como el fuego prueba al oro en el crisol, así fue probada la familia que se fundó apenas terminada la guerra de África; vivió feliz y creció, hasta que otra guerra, posiblemente tan cruel como inevitable, rompió a la sociedad española y a innumerables familias que la constituían. La de mi amigo y confidente, familia Aguirre de las Moras, fue una de las muchas maltratadas gravemente por esta guerra, por lo que hubo de soportar una larga y dolorosa prueba.
Herido el padre de extrema gravedad (once veces, once, una de ellas en el pecho), hubo de iniciar un doloroso peregrinaje por hospitales y sanatorios en busca de la improbable curación, ya que los médicos y cirujanos, que tanto aprendieron en la guerra curando a multitud de heridos y enfermos, no disponían todavía de remedios eficaces para sanar las heridas de los pulmones.
El peligro de contagio de los hijos, impidió que la familia pudiera agruparse en torno al padre, lo que hizo más desgarradora la tragedia.
Drito era muy pequeño y apenas pudo ver a su padre en estas circunstancias. Por esta razón fue su madre, la castellana recia y tierna de Tierra Medina, quien se vio en el triste compromiso de sacar adelante, sola, la familia; y lo hizo con el coraje y valor de la mujer fuerte de la Biblia. Esto sí que caló en la memoria de los pequeños de la familia, y en la estima de los mayores, que siempre se sintieron orgullosos de una madre que ponía buena cara aunque sufriera, para que no sufrieran los hijos.
Ella, sin ningún alarde, aceptó hacer las veces de padre y madre, para que las criaturas que asomaban al mundo no echasen de menos lo que es normal en una Creación sabiamente dispuesta.
Y, como no podía ser de otra manera, su madre fue el primer gran amor de Drito, de la misma manera que también el de todos sus hermanos.
De su padre me dijo numerosas veces, que oyó contar y contar, y que se sentía orgulloso de cuanto decían de él; pero no lograba asociar las alabanzas con la figura doliente del herido.
Nunca podría olvidar sin embargo, la imagen enlutada pero valiente, activa, risueña y desviviéndose por sus hijos, para que la austeridad con que había de vivir la numerosa familia fuera en un hogar luminoso y alegre.
Sí, alegre, porque era una mujer cristiana de una pieza. Cristiana, diría, más en valores que en rezos, y no porque rezase menos de lo debido, sino porque entendía que era obligación suya que los siete miembros de la familia –ella incluida-, no viviesen pensando que faltaba el padre y que había una guerra triste, muy triste, sino que era preciso sacar adelante seis nuevas vidas, tan gozosas como la suya cuando las cosas fueron bien y segura siempre, con una fe “que se podía cortar”, de que lo que juzgamos nuestros caminos, no coinciden siempre con Sus caminos.
Ahí se basaba semejante temple y fortaleza; la misma que se esforzaba por infundir a sus prole. Los tres mayores sobre todo, lo entendían perfectamente, porque veían a su madre fuerte y valiente, como la encina atalaya que se recorta en el horizonte, sobre el cerro, tras el que se extiende, imponente, la inmensidad del páramo castellano.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


