El auténtico final de la guerra fría
08.11.08 @ 07:56:56. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de John Salminen, en johnsalminen.com.)
Si el lector pensará que mi intención al dirigirle estas breves líneas es abordar un tema histórico relatando los estertores del largo conflicto que ocupó una buena parte del siglo XX, debo decirles que no va por buen camino, pues lo que yo realmente pretendo es hacerle caer en la cuenta de algo que considero interesante para comprender lo que nos está ocurriendo ahora mismo.
Como es sabido, la Guerra Fría fue el enfrentamiento sui generis de origen ideológico entre la libertad y el totalitarismo - o dicho de otra forma, entre el capitalismo y el comunismo - que se produjo cuando éste trató de imponer su modelo al resto del mundo por la vía de la fuerza y de la agit-prop. Los Estados Unidos y la Unión Soviética lideraron cada una de las dos opciones ideológicas, y detrás de ellas se produjo el alineamiento a escala mundial de dos grandes bloques de países. El desenlace, de todos conocido, resultó favorable a la libertad. El descrédito del “socialismo real” fue tan espectacular que hubo quien, como el profesor Fukuyama, llegó a hablar del “final de la historia”. Pero a lo largo de todo este tiempo, en el seno mismo de las naciones democráticas se mantuvo un pugilato entre quienes propugnaban un sistema de carácter capitalista y quienes militaban por un socialismo más o menos radical, y no fue infrecuente que estos últimos declararan su simpatía, e incluso cierta admiración, por el impresentable régimen soviético, y que, en contraposición, exteriorizaran su animadversión más enconada contra quienes representasen la quintaesencia de aquel sistema socio-económico que ellos detestaban por principio.
Así vivimos aquella época en lo que dentro de lo “políticamente correcto” se incluía el arremeter contra el odiado sistema socio-económico de Occidente, y en el que las palabras “capitalismo”, y no digamos “Banca”, provocaban el inmediato y mayoritario rechazo de una buena parte de la población. Las ideas revolucionarias seguían latiendo en nuestra sociedad, y la picasiana paloma de la paz encubría falazmente la verdadera vocación de muchos ciudadanos, cuyo desideratum sería la contemplación de un vociferante mar de banderas rojas bajo sus ventanas. Entonces esta predisposición era astutamente manejada por los enemigos de la libertad, y el régimen soviético aún se mostraba capaz de vender por el mundo unos eslóganes que ensalzaban precisamente aquello de lo que su propio pueblo carecía, es decir, la libertad y la igualdad.
El derrumbe del imperio echó por los suelos el prestigio de tan arteros mercaderes, sobre todo por haber sido los mismos líderes soviéticos quienes declararon el fracaso de su régimen, cuyas culpas y crímenes acabaron por reconocer. Mientras tanto se iba consolidando la unidad de Europa, donde la sociedad avanzaba con gran rapidez en la creación de un espacio modélico de paz y prosperidad. Esta sociedad se basaba en los principios y valores que solemos adjetivar de “occidentales”, y también, muy especialmente, en un mercado común impulsado por un sistema socio-económico de carácter capitalista.
El efecto anestesiante del bienestar ha hecho que ahora demos por sentados muchos de los logros que exigieron el esfuerzo y el sudor de nuestros antecesores y coetáneos, y así hemos ido cayendo en la desunión y en la atonía. Como si no hubiésemos aprendido las lecciones de la Historia, algunos de los viejos demonios familiares han iniciado su retorno. Por esa razón, desaparecida la política de bloques, nos preguntamos si esas sombras del pasado vendrán a unirse a los residuos de aquella confrontación que permaneció viva en nuestra sociedad como reflejo del enfrentamiento ideológico de la Guerra Fría. Nos decimos: “¿Cuál será hoy la actitud de quienes con tanta insistencia y de forma tan agresiva anatematizaban desde sus posiciones políticas al sistema capitalista y, no digamos, a la Gran Banca, a la que consideraban la suma de todos los males y de cuantas perversiones pudieran imaginarse?
Y nos quedamos necesariamente atónitos cuando, ante un sistema capitalista aparentemente patas arriba y una Banca culpable, observamos la docilidad con la que aquellos entusiastas paladines aceptan ahora sin remilgos que los ciudadanos vengan en su salvación aportando unos dineros que proceden de sus propios ahorros y que ahora se necesitarían más que nunca. “Es la única solución posible”, afirman todos: todos están de acuerdo en ello. Más aún, abogan, en perfecta identificación intelectual con los que siempre defendieron “el Establishment”, que lo que hay que hacer es, nada menos, que salvar al capitalismo, e incluso, dicen, “refundarlo”. Ver para creer.
Por eso digo yo que éste sí que es el final - supongo que definitivo - de la Guerra Fría. Se acabaron las pintadas que decían “abajo el capitalismo opresor”. Quienes antes lo denostaron acuden ahora en su socorro. Ya no quedan residuos. Se acabó la confrontación ideológica, por lo menos en este punto que antes concentró los desacuerdos incluso en el ámbito mundial, y en el que todos somos ya, afortunadamente, los mismos. Quizá por eso ahora parece que necesitásemos nuevos desacuerdos, nuevos conflictos. Y aquí se encontrarán en la interpretación de nuestro pasado, de nuestras raíces espirituales, de nuestro concepto de la vida.
Claro que la imaginación todo lo puede, el papel todo lo aguanta, y al fin y al cabo éste es una forma como otra cualquiera de buscar los votos.
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