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Desde la orilla. Preámbulo sobre Drito.

Permalink 07.11.08 @ 08:00:26. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Casa de Zorrilla, Valladolid. Acuarela de José Mª Arévalo. 42x34)

Escribir sobre Drito y no comentar de sus amores –muchos e importantes- sería labor poco menos que imposible. Paso pues a ser relator de ellos (no seré exhaustivo) con una nueva serie de artículos que, en mi particular archivo, he titulado “BUSCANDO MIS AMORES”. Hay muchas maneras de hacer las cosas y cada cual es libre de hacerlas como quiera o pueda. Con desgana, porque te lo mandan, porque hay que hacer algo para no aburrirse... Pero también se pueden hacer con todo el corazón y con toda el alma; sencillamente porque uno es así y no sabe actuar de otra manera. Suele ponerse en este caso, toda la carne en el asador para intentar la propia superación, aun tratándose de una labor que a los demás les parece que no vale la pena.

Mi amigo y confidente Drito fue de esos chicos, de esos mozos y de esos hombres que hicieron las cosas, siempre, de manera que resultaban importantes aunque no lo fueran; pues lo que hacía, lo hacía con los cinco sentidos, con todas sus potencias y facultades. Era así y no podía remediarlo. Pero, además, le gustaba ser como era, aunque tal vez no se diera mucha cuenta, porque tampoco era de los que se miran el ombligo.

Como es natural, yo le admiraba, le imitaba y le envidiaba un poco, y siempre me gustó ser su amigo y confidente. Era de uno de esos amigos que te enriquecen en algo que vale más que el dinero y que te ayudan a ser de una manera que te sientes a gusto en ella.

Ahora, que ya estamos de vuelta, quiero ser, no su historiador, ni su hagiógrafo (porque tampoco hizo hazañas o milagros de libro), sino simplemente quien cuente sus andanzas, siempre llenas de decisión, de fuerza de voluntad, de corazón y limpieza.

Ahora que la gente parece que se avergüenza de ser un buen cristiano, Drito nos brinda un ejemplo lleno de espontaneidad y sencillez, como deben ser los buenos ejemplos, para personas que no nos sentimos llamadas por una vocación heroica, que a lo mejor sí. Con el “no” quiero decir, entiéndaseme bien, a la vocación de cura fraile o monja, en la clausura de un monasterio o para cuidar enfermos o ir a misiones dentro de una Orden religiosa. Y con el a lo mejor sí, me refiero a los que metidos de lleno en el torrente circulatorio de la sociedad laica, viven en el mundo con el listón puesto, como los otros, en las muy altas metas para las que todos, unos y otros, hemos sido creados.

A quien parezca una exageración lo que digo sobre la forma de hacer las cosas que tenía Drito, que me culpe a mí (el relator), porque no he acertado a reflejarlo bien. Porque él era capaz de amar todo lo que hacía sin que le obligasen –es decir, cuando se obligaba él mismo-, y de discurrir “lo que no está escrito” antes de renunciar por más o menos dificultades a sus intensos amores, fueran con o sin mayúscula. Siempre estaba dispuesto a aceptar por ellos los sacrificios que fueran necesarios. Como aquéllos (con minúscula) en que recorría con la renqueante bicicleta de Julián el cachicán cincuenta kilómetros entre ida y vuelta, por ver a “su pelirrojilla”. Seguro que a la tal bicicleta se la habría llevado mejor a cuestas que dando pedales, porque la biela derecha “mancaba” a la horquilla trasera, que protestaba a cada pedalada; y la rueda delantera rozaba en la zapata del freno, y todo el viejo armatoste, en fin, gemía y chirriaba como si quisiera descansar en la paz que ya se había ganado.

Él iba en la vieja bici, sudoroso, jadeante, pero tan contento como si estrenase una moto de carreras. Todo el esfuerzo que fuera preciso hacer le importaba un bledo. Lo único que le importaba, y mucho, es que iba ver a “su pelirrojila” ; y cuando se proponía algo, tenía que ser muy grande, muy grande, grandísima, la dificultad que pudiera pararle.

Por eso Drito, que tenía, un corazón de león (dicho en el mejor sentido), hacía suyos amores serios de cosas que, para alguien que no lo tuviese como él, podían parecerle triviales y no merecedores de grandes esfuerzos o sacrificios.

Allá cada uno con su modo y manera de ver la vida. Lo envidiable, digo yo, de Drito es que sabía poner cuerpo y alma en cosas que se podían hacer y que además, se podían hacer en casa, sin necesidad de salir por el mundo a “desfacer entuertos” o en busca de grandes hazañas.

Otro colegial de su edad se habría aburrido como una ostra, todo un verano en una finca(la Dehesa), que no estaba preparada como lo están hoy las urbanizaciones, con piscinas, campos de tenis o de fútbol, salas de juegos y, sobre todo, con vecinos entre los que poder encontrar amigos afines con los que organizar diversiones.

Drito nunca suspiró, deseando que acabase el verano para volver al colegio con los amigos y las comodidades de la casa en la ciudad, ni con la oportunidad de elegir entre un montón de cosas lo que se iba a hacer ese día.

Drito sentía enormemente que terminase el verano y tener que enfrentarse a la aburrida sujeción que suponían las matemáticas, las declinaciones y conjugaciones, e incluso unas Ciencias Naturales, que contaban muchas menos cosas de las que él sabía sobre los animales; u otras, áridas e insulsas, sobre los minerales y las plantas.

Justo es también anotar, que cuando descubrió que la vida no podía ser toda domingo, se amarró los machos aplicándose enteramente a ser como tenía que ser y a readaptarse a la nueva serie de amores que cuadran a un hombre responsable... en ciernes. Pero no adelantemos acontecimientos, no vaya a ocurrir que nos falten luego asuntos que contar.


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