Algunas reflexiones sobre el final
01.11.08 @ 07:45:53. Archivado en Artículos
Por Carlos Palacios

(Acuarela de Vicenc Ballestar. Exposición del Simposio Nacional de Acuarelistas celebrado en Santiago de Compostela en Septiembre de 2004)
Cuando yo era pequeño, recuerdo que en medio de nuestros juegos, oíamos de pronto un toque de campanas, distinto al de la llamada a misa. Era triste y con una cadencia lenta y distinta. Duraba un buen rato y todos sabíamos que la campana estaba anunciando que alguien de la parroquia había muerto.
Quizá por mi edad o por alguna lectura de hace algunos dias, me ha llevado a reflexionar sobre la muerte. Y recuerdo una frase: “La grandeza del hombre consiste entre otras cosas, en que es la única criatura que sabe que tiene que morir”, ¿Lo sabe de veras?. Todos lo sabemos pero muchos vivimos como si “ESO” a nosotros no nos va a ocurrir nunca, sobre todo si somos jóvenes y llenos de vida, aunque la experiencia nos diga que muchos seres queridos se van de esta tierra no precisamente en la senectud.
Tengo un consuegro a quien admiro por su vitalidad. Aparte de que su salud es muy buena, él piensa estar presente en la boda de nuestra nieta mayor. Yo también lo deseo, pero pienso, como es lógico, que con mis 72 años es mucho más lo que he vivido que lo que me queda por vivir. Y tengo otro consuegro que se siente tan joven, que está haciendo de padre ejemplar con mis dos nietos, hijos de mi hijo Rafael fallecido; además de joven es una de las personas más buenas que he conocido.
En fin me estoy apartando de las reflexiones que me he propuesto hacer. La vida es breve y cuando eres más viejo, más deprisa va. Y al amparo de mis recuerdos infantiles voy a dividir estos pensamientos en toques de campana como los que oía cuando jugaba en mi barrio de Granada, procedentes de mi Parroquia de Nª Sª de Monserrat.
Primera campanada: Morir es descansar. Descansar de la lucha de la vida que todos de alguna forma hemos de sobrellevar. Frío, calor, trabajo agobiante, preocupaciones por los padres, por tus hijos, por la familia. Por los dolores físicos y morales. Enfermedades, pérdidas de seres queridos, y sobretodo las angustias y anhelos que acompañan a los momentos previos a la muerte. Y esto sirve, tanto para los creyentes como para los no creyentes. Unos porque sabemos que hay otra orilla que nos espera; los otros porque no esperan ninguna sensación y por lo tanto las malas desaparecerán.
Segunda campanada. La muerte nos despoja de todo. Un cheque no se puede cobrar después de muerto. Por eso dan pena los avaros. Nada se pueden llevar. No hace falta ser creyente para entender que es una insensatez creer en los planes futuros a muy largo plazo. La Iglesia nos advierte que no pongamos el afecto en las cosas de la tierra pero seguimos haciéndolo. Nos comportamos como si las cosas de este mundo, tan efímero fueran a ser eternas.
Tercera campanada. La muerte nos iguala. Cuando sonaba la campana no sabíamos si el que había muerto era el Gobernador Civil, el maestro de escuela o el mendigo que pasaba todos los dias por el barrio a pedir limosna. Es cierto que hay diferencias entre nosotros. Uno son más listos o más guapos o más divertidos y esto no es malo. Pero hemos de pensar algo en la muerte cuando estamos valorando al prójimo por sus cualidades o suerte en la vida y marginando a otros. En la otra vida no habrá esas diferencias.
Cuarta campanada. La muerte puede llegar en cualquier momento. Es evidente que para un ateo que no cree en la vida futura no le importe morir repentinamente. (¿Y si Dios existe?). Pero para un creyente cristiano la muerte repentina es distinta. Quisiéramos tener algún tiempo para prepararnos , aunque si frecuentamos la confesión sacramental, lo normal es que estemos en estado de gracia y entonces hay que preocuparse menos. Yo, no obstante, pido tiempo, aunque me confieso todas las semanas, porque siempre queda algo por arreglar. Un ejemplo puede aclarar mi idea; cuando sabemos que nos van a hacer una fotografía, instintivamente nos arreglamos la corbata y alisamos el pelo. Sabemos que esa imagen va a quedar grabada para siempre. Pues al morir el estado de nuestra alma queda definitivamente como estuviera. Ya no hay tiempo para merecer ni para arrepentirse. Conviene estar preparados.
Quinta campanada. La muerte puede ser una experiencia dolorosa. Convendría estar algo familiarizados con el dolor. Este es el sentido de la mortificación que recomienda la Iglesia. Y no en cosas grandes. Sonrisas a la persona pesada, no enfadarse demasiado, perdonar rápidamente las posibles ofensas, generosidad en la ayuda a los demás, a las obras buenas, a evitar muchos caprichos, a soportar un pequeño dolor de cabeza o de espalda, es decir un entrenamiento, como el de los atletas, y esto con perseverancia nos ayudará al momento previo que acompaña a la muerte.
Sexta campanada. Morir es entrar en la Vida. Nos sorprenderá mucho, que al separarse el alma del cuerpo, resulta que seguimos vivos, porque el alma es inmortal, nunca muere y más tarde, a la finalización de este mundo terreno, se volverá a unir al cuerpo, aunque éste haya sido incinerado, porque para Dios no hay nada imposible y será un cuerpo glorioso, sin sufrimientos, y lleno de tanta felicidad que es imposible imaginarla con nuestra pobre inteligencia. Aunque algo podemos atisbar. Por ejemplo, para mi, será maravilloso encontrarme con mis seres queridos que me han precedido, mis hijos, mis padres, mis amigos del alma y todo ello si no soy tan tonto que abandono mi fe, mi seguridad en un Dios que me quiere con tanta locura como para mandar a su Hijo a morir por mí, para que consiguiéramos ese cielo nuevo y esa tierra nueva de la que habla la Escritura.
No, no es una tragedia definitiva la muerte, es el comienzo de una nueva Vida, es cambiar de Casa, es un vuelo hacia arriba ayudado por ángeles y presentarnos ante la majestad de Dios. Que así sea.
Comentarios:
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


