Desde la orilla. En la capilla de La Dehesa
31.10.08 @ 16:04:37. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de J. Martinez Lozano; www.martinezlozano.cat)
Todos los castellanos de una y otra orilla, se encuentran sanos y salvos en la capilla o aledaños; todos al fin sonrientes y dispuestos a oír Misa. Nada tiene que ver la capilla de la Dehesa con la vetusta iglesia de Peñalba. Aquí todo, bueno, casi todo, es moderno y exquisitamente cuidado: la nave, no muy amplia, es una construcción por encargo “del ama”, digna, pulcra, pero sin más historia que “siglos enteros” de cariño puestos por Dª Eugenia. El retablo si, ése es otra cosa: se lo regaló a “el ama” don José Mª Arévalo, sr. cura del arzobispado y muy amigo de la casa; pertenecía a una vieja parroquia de un pueblo engullido por el pantano. Es del siglo XVI y una verdadera alhaja. Hoy se luce en la parroquia San Vicente de Paúl en la Huerta del Rey de Valladolid. ¿Lo ven?: les dije que algo podía ser verdad y esto, como mucho de lo narrado, de verdad lo es.
Como para tantos no había sitio en el interior, abiertas de par en par las preciosas puertas, todos los castellanos varones, se agrupaban en el exterior bajo enormes acacias de amplia sombra, fijos los ojos de todos en el náufrago (el Sr. Cura , supongo, que ya ni me acuerdo). Las mujeres vecinas de la Dehesa, muchas con reclinatorios en propiedad, cada cual ocupaba el sitio habitual; así lo hacían a diario para rezos y novenas que allí, sin cura, se organizaban. Naturalmente, previo toque por Peduco de la campana: bien a tirones secos de la maroma, más movidos otros, o con alegre volteo, encaramado el “Alguacilillo” en el pequeño campanario. Con la cabeza “a pelo”, o sea, sin gorra, la nobleza de los rostros curtidos en contraste con las partes blancas tapadas por la prenda, denotaban mejor que cuanto es posible explicar con palabras, la nobleza de los castellanos: austeros, recios, sufridos… y pobres…, pues sin quitar lo cortés para lo valiente, sin más medios que alguna “cuarta” o media “obrada” de terreno el que más, tenían que sacar adelante familias por lo general numerosas (signo impresionante de generosidad, digno de elogio para el que “tiene”; y así, heroico, para estos “ejemplares” castellanos, que apenas tenían otra cosa que singular nobleza).
Surgió la sorpresa: acabadas de recibir nuevas normas, propuso don Ramón que alguno se acercara al altar para hacer las lecturas. Todos se miraron indecisos y timoratos; todos menos “la Natalia”, mujer de Francisquillo el pastor; éste, claro, de las ovejas. Francisquillo, menudo él, que se niega; mas la mujer, muy poderosa, medio le saca a empellones por el pasillo central; fijos en él los ojos de cuantas matronas ocupan los bancos. Le “entriega” el libro don Ramón al tiempo que señala con el dedo -para el pastor asustado de forma inexorable- la lectura correspondiente a la festividad.
Tembloroso como las hojas blancas y verdes de los álamos en la ribera, aquí blancas y tostadas, toma el libro y, “rilándose” (aunque Francisquillo “tié mu bien de letras”), duda sobre lo que ven sus ojos revirados. Al fin, “páice” que se arranca: ¡Epístola… de san Pablo… a los… a los …, duda…, a los ¡¡ “adefesios”…!! Luego, sonriente, miró al público tan oreado. Los hijos del ama salieron de estampida al exterior con un fenomenal ataque de risa. Don Ramón, más cuerdo, apenas sonrió. Los demás, casi todos sorprendidos, apenas si se enteraron del curioso desliz. Luego leyó el cura el evangelio ¡en español! El sermón después –que ahora dicen homilía- no tuvo desperdicio: “Se sosieguen señores”, que sólo les cuento una cosa de él:
“Vusotros”, creo que dijo, con enseñar las manos “allí riba”, creo que dijo también, poco “tenís” (esto lo pongo “ó”) que decir. ¡A ver,-añadió- enseñar las manos! Y todos, de dentro y de fuera (menos lo efesios, claro) con las palmas boca arriba. Con esas manos callosas fruto del honrado trabajo que “hacís”(hacéis)-continuó- tenéis (“tenís”) medio cielo ganado. Los hijos del ama, colorados como un tomate, miraron al suelo, sintiéndose, de verdad, muy inferiores a cuantos les “arrodeaban”. Al final, a don Ramón se le escapó el consabido, y ya anticuado, “itae misae est”, tantas veces repetido durante su larga vida de cura de pueblo antes del Concilio.
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