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La falsa paz del desorden.III. Amor (con mayúscula)

Permalink 28.10.08 @ 08:00:21. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de J. Martinez Lozano. www.martinezlozano.cat)

Dicho de otra manera: palabras mayores sobre el Amor. Sé de antemano, que más de uno torcerá el gesto ante esto, que “no se lleva”. Pese a que en más de un ordenador esté ya mi artículo de hoy en la “papelera”, no desisto: o sea, que continúo. Puesto que somos hombres y no ángeles, di preferencia a mi anterior comentario al amor humano. Mal podrían entenderse palabras mayores sobre el Amor, si no se entiende del anterior amor, pero ordenado y limpio. Así pues y pese al título, mezclando ambos, tal vez se complementen y entiendan mejor los dos.

Es nada menos que el propio Cristo quien señala en diversas ocasiones cómo la fuente de los actos humanos está en el corazón, en el interior del hombre, en el fondo de su espíritu; y esta interioridad ha de mantenerse pura y limpia de afectos desordenados, de rencores, de envidias… En el corazón se origina todo lo bueno que luego se hace realidad en la conducta externa de la persona. En él se consolidan, con la gracia, una piedad sincera para tratar a Dios, y el amor limpio, la comprensión y la cordialidad en las relaciones con el prójimo. La pureza de corazón agranda la capacidad de amar, mientras el aburguesamiento, el egoísmo, la ceguera espiritual son consecuencia de una interioridad manchada.

“No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón”. Supone una trasgresión de este precepto todo afecto desordenado, aunque aparentemente parezca limpio y desinteresado, si no está de acuerdo con la voluntad de Dios en las circunstancias de cada uno. Conservar el alma limpia significa cuidar la intimidad, los afectos, ser prudentes para que la ternura -¡ay!- no se desborde cuando y donde no debe; ser consecuentes, en fin, con la propia vocación y estado.

Consciente del “tronco” descomunal, no obstante prosigo: quienes hemos sido llamados al matrimonio, deberemos, pues, guardar el corazón, para conservarlo ¡siempre! entregado a la persona con quien nos casamos. Y esto, tanto a los comienzos como cuando pasen los años. Los esposos, digo, no debemos olvidar “que el secreto de la fidelidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños (…)”.

Sería, pues, un lamentable engaño dejar el corazón enredado en pequeñeces (y aunque no nos lo parezcan casi siempre lo son) que, aún sin quererlo directamente, ahogarían -¡ahí es nada!- el amor humano y divino. Me parece oportuno traer a colación el consejo escuchado hace años y que, más o menos, venía a decir que para evitar que se desborde la afectividad, buena si es debidamente ordenada, no es necesario suprimirla (no sería posible ni quizás, ¡o sin quizás!, humano), sino ordenarla y encauzarla “según el querer de Dios”. Resultado: ¡paz! Sigo con el recuerdo de que con la guarda del corazón, está relacionado el control de la memoria, para rechazar escenas, diálogos, imágenes que pueden encender los rescoldos ¡en llamaradas! de una afectividad que impide tener el corazón donde se debe. Quiero decir también que, en mi opinión, cuando se cede con alguna frecuencia a esta tentación –que quizá se agudiza en momentos de cansancio, de desgracias profundas, de aridez interior…, o como compensación a los pequeños fracasos de la vida normal- se va produciendo una falta de unidad de vida entre este mundo interior, tumultuoso, y la vida real, austera; única válida para hacer el bien que Dios espera de cada hombre.

Con la mano en el corazón podríamos preguntarnos ¿Cómo es posible vivir de fantasías, o no tanto (probablemente pasajeras), sin descuidar los propios deberes? También es posible tener el corazón apegado –atado- con personas con los que apenas si se ha tenido trato. Y el corazón así atado -¡quizá, y de manera más o menos consciente, manchado!- no puede subir hasta el Señor.

Como lo expresado no es cosa de novelas rosa sino de la vida misma, bien podríamos preguntarnos, ustedes y yo, dónde tenemos el corazón puesto a lo largo del día. En quién pensamos. Quién es el personaje central de nuestro mundo interior. Si coincide o no con el querer noble y limpio:¡¡ordenado!!, sacrificado, que Él también desea para cada hombre y para cada mujer, según la propia vocación. En cualquier caso y para rematar el “tronco” en condiciones, todos tenemos el recurso de acudir a quien más sabe de amores divinos y humanos: “Regina pacis”. La antítesis de la falsa paz del desorden. “Cuando el corazón (y para terminar)-dice Fco. Fdez. Carvajal- te haga notar sus bajas tendencias, di despacio: ¡No me dejes…no les dejes,…no le dejes, Madre mía”!


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Comentarios:
Releo ahora sus dos artículos sobre la falsa paz del desorden. Como siempre en temas opinables no le digo que esté al 100% de acuerdo, pero en este caso, casi. La calidad y pureza, que viene del corazón, del amor que sienta cada persona ella sólo lo sabe. Sí se sabe que cuando el amor se sacrifica al 100% (y no más por no existir un porcentaje mayor) ese amor viene y vive del Amor, fuente de todo amor verdadero y limpio. Hoy me viene a la memoria una novela de Graham Green (The end of the affair) que retrata la sublimación del sacrificio en uno de los miembros de una pareja que se ama.
Hace poco que he empezado a opinar en este blog, sobre sus artículos y los de su compañero habitual. Es estimulante estar al día. También me interesan enormemente los artículos de otro blogger de su periódico, Octavio Cortés, que he descubierto hace poco.
Que sigan Vds. bien. Saludos.
Enlace permanente Comentario por airanoigel 08.11.08 @ 13:39

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