Regreso a la orilla. El fin de La Dehesa.
23.10.08 @ 07:47:35. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Otoño en la Cañada Real. Acuarela de J. M. Arévalo. 17 x 24)
Creyó que con la cosechadora de remolachas, comprada con antelación, tendría un año tranquilo sin llegar al hondón de los más que menguados caudales. ¡Inocente don Pedro...!, ¡no sabe bien , o sí, lo que le espera!. En la reunión de costumbre con el ahora único cachicán, para concretar la alternativa de cultivos en la campaña, el panorama se presenta –como ya es normal- muy oscuro. Lo es tanto, que sin saber qué hacer ni qué decir, Vidal calla con un silencio que, paradójicamente, lo dice todo.
Le guste al “jefe” o no, pueda o no, o se embarca de lleno en lo que es una gran aventura, o por el contrario y dicho en términos deportivos, abandona, tira la toalla. Como en tantas y tantas ocasiones –incluso más acuciantes-, Drito tampoco se arredra. Si el esfuerzo realizado hasta el momento fue en verdad importante, y tal vez por él salió airoso, ¿por qué acobardarse ahora? Motivado por la verdadera necesidad de “cuartos” (para otros más que para él y los suyos), más escasos que nunca, se trata de incrementar los cultivos más rentables; precisamente aquellos que siempre necesitaron mano de obra abundante, de la que, por supuesto, carece en absoluto y que, aun teniéndola, sería imposible pagar adecuadamente. O sea, como es de justicia.
En un tiempo increíble por lo breve, todos y cada uno de los cachos quedaron vertebrados con kilómetros de tubería de presión; no había más testigos de ella en la superficie que pequeñas salidas a intervalos regulares con llaves de paso, cuya misión es dirigir el caudal que circula vertiginoso por el interior. La vertebración oculta se completa con otra red importante de tuberías externas que redujo al mínimo la necesidad de traslados.
Cuando el maestro (Vidal, claro) pulsa los mecanismos de puesta en marcha, todas las tierras de labor quedan bajo los efectos de la “lluvia”, y cesa automáticamente cuando se cumple el horario programado. Es un espectáculo en verdad hermoso contemplar al contraluz la bendición del agua bajo un sol de justicia que baña con serenidad el campo con un cielo, sin embargo, azul, muy limpio.
De poco le valdría hoy a Divino pescar o correr a por la manta; cualquier dirección que hubiese tomado, no le libraría de quedar a merced de la nube... Definitivo o no (hoy nada lo es), el riego por aspersión en “cobertura total”, fue una realidad asombrosa a la que Peduco se acostumbró “a escape” pues, sin duda, como varias veces he dicho, y más ahora que ya no necesita regadores, Vidal –“manque” tal vez le pese (como Drito, digo yo) está con el progreso.
La siembra de remolacha se hace ahora con tal precisión, que la nueva máquina deposita ¡una a una! cada pequeña semilla (“monogermen” y “pildorada”) encerrada en cápsulas como perdigones. Desaparecieron las grandes cuadrillas de hombres y mujeres de las tierras, y si las hierbas nocivas, con las que los castellanos sostuvieron lucha a muerte tuvieran voz, pronunciarían aterrorizadas la palabra ¡herbicida! Descubrimiento espectacular que, tímidamente y con asombro primero, sistemáticamente luego, se emplea en todos los cultivos.
Es, por lo general, tan preciso el nacimiento de las remolachas con la combinación semilla pildorada- herbicida- aspersión, que con un mínimo de personal (casi se puede decir que ninguno), las plantas nacen, crecen y se desarrollan exuberantes. Sin competencia ya con malas hierbas, sobre remolachas vigorosas llueven las bendiciones –antes del cielo- en el momento oportuno, con la cantidad de agua y frecuencia precisas. Nadie, sin embargo, dice ahora que la agricultura esté vencida. Sólo Antonio (Pico Arriba) comenta con la clientela en la panadería...
-“Áhura” sí que se han preparado unos “arroces en condiciones allí bajo”. Además de la lluvia, al cabo no son elegantes -dice- las nuevas abonadoras, las sembradoras de precisión, o las cubas que echan un líquido “isqueroso”, pero que “es maravilla” pa las remolachas-. ¡Cuál! -prosigue-, “diquiá” el otoño, y antes de que llegue el “ivierno”, la cosechadora habrá sacado “cuasi”, o sin cuasi, las ¡cien toneladas por hectárea!
Nadie hace exclamación alguna, porque nadie se asombra ya de nada; incluso diría, que apenas nadie le escucha. Y es que en el campo no hay alegría, porque las herramientas -necesidades fisiológicas aparte (preocupación que fuera de Alejandro el cuadrero)- no sienten ni padecen, ni por supuesto ríen. Enmudeció el cántico en las cuadrillas de antaño, que marcharon sólo Dios sabe dónde. En poco afortunado cambio musical, cantan sólo los tractores, que recorren el terreno que ya no necesita la mano del obrero. Fuera de este ruido a ráfagas, el campo, espléndido, está triste, silencioso, deshabitado.
Sin embargo el caserío cobró nueva vida: apriscos más grandes para nuevos y mayores hatajos que apenas si salen de los grandes recintos; silos de torre o de zanja para el forraje; sala de ordeño..., y como si se tratara de ovejas, ganado vacuno en abundancia, estabulado en cuadras, también nuevas, al igual que varios corrales. Y como los “inginieros” de antaño, los “empleados” de la nueva “empresa”, visten monos azules, tocados con viseras en los que se lee el nombre de la fábrica que elabora los piensos.
Luego -¡ay¡-, tanto y tan repentinamente cambiaron las cosas, que es tarde para preguntar si este edificio tan imponente se cimentó sobre roca. No daré yo la respuesta. Digo, sí, que sin ser nadie en particular culpable, todo es distinto. Sin dejar de ser verde, la Dehesa en absoluto es lo que era.
En la “raqueta” de una carretera extraordinariamente asfaltada, la que durante siglos tuvo nombre propio, un rótulo, signo de modernidad (¿progreso...?), indica terrible, inequívoco: URBANIZACION DEHESA DE PEÑALBA.
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