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Regreso a la orilla. Vidal, el llamado “Peduco”.

Permalink 19.10.08 @ 08:00:14. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Tronco seco. Acuarela de José Mª Arévalo. 32x43)

Hablar o escribir de la Dehesa y no nombrarle, es poco menos que imposible. Si el lector tuvo a bien seguir esta narración desde diferentes orillas, habrá comprobado que es raro el capítulo (en “desde” y “regreso” a la orilla, siempre con Drito de protagonista) en el que Vidal no deje impreso el sello que le caracteriza. Su carácter queda reflejado en palabras que, aun sin ser muy ortodoxas, al igual que las de los demás “castellanos”, quise que fueran fieles al milenario modo peculiar de expresión de las gentes del valle del Duero. Por tanto, para aquellos que vivieron día a día los avatares de la Dehesa, ¡sesenta años! fueron testigos de su trabajo más que generoso en cada rincón de la entrañable labranza. Y junto al sello inconfundible, una fidelidad absoluta a la tierra en la que se hizo hombre y que a pesar de los cambios radicales de modos, medios y personas, perdura firme hasta un fin que se barrunta ya próximo. Nada tiene, pues, de extraño que le dedique unas líneas -anteriormente anunciadas-, palabras en ellas que, en nombre de Drito, lo son de amistad y agradecimiento a las que sonreirá desde un mundo mejor

Cuando debido a su corta edad y tamaño más bien menguado, baja por primera vez desde Traspinedo a la Dehesa para pedir trabajo, no se le niega como nunca se le negó a nadie que bajara a pedir “corte”; aunque por las razones dichas, le encomendaron un oficio “aparente”: el arrapiezo (todo figura en el escrito de Drito: “Recuerdos”) recibe la misión de espantar los grajos de los sembrados que, sobre todo en invierno, causan verdaderos estragos. Sus andanzas –dicho con toda propiedad- comienzan, pues, de grajero. El apodado Peduco (a saber de qué antepasado y por qué motivo le viene el mote), recorre incansable el terreno de alto en bajo. Aprende a vivir del todo compenetrado con la naturaleza en caminatas continuas, normalmente solitarias, por lo que entre otras cosas y debido al espíritu observador, sabe pronto predecir el tiempo. De tanto mirar al cielo para descubrir las bandadas negras de los pájaros insaciables y hambrientos, conoce, mejor barrunta, el calor extremado, los aires portadores de lluvias, la inminencia del granizo o del hielo; cuantas variaciones de clima, en fin, se suceden por estos pagos. Un clima realmente duro, propio de la estepa, y por lo general adverso.

Aprende desde niño, cómo aprovechan los segadores el estado amoroso de las mieses con la fresca de la mañana para, paso a paso, puñado a puñado, dejar una tras otra las gavillas en el rastrojo sin que se desgranen las espigas.

Y Vidal se hizo segador con los segadores.
Observa una y cien veces los carros que, en muy diversos acarreos, pisan con llantas de hierro, cantarinas sobre el cascajo, los caminos de esta porción del valle.

Y Vidal se hizo mulero con los muleros.

Conoce todos y cada uno de los hoyos y cotarros por donde los regadores conducen el agua en recorridos de filigrana, para que las plantas reciban la bendición que hace de lo más apropiado el calificativo de “la Verde” para la entrañable labranza. Observa, escucha y aprende de los mejores por dónde el agua discurre mansa, y dónde necesita la ayuda de los “almorrones”, regaderas, refuerzos, detenciones, “malecones...

Y Vidal se hizo regador, el mejor, con los regadores.

Acompaña al pastor que conduce las ovejas a carear los rastrojos, las hojas y coronas de remolachas, pequeños ribazos, perdidos, riberas..., cuanto terreno es apropiado para mantener lustroso el hatajo. Y con el pastor, aprende todo del terreno que pisa, hasta conocerlo tan bien como la palma de la mano. Conoce los mejores prados en los que pasta el ganado vacuno; y sin ser nunca pastor ni vaquero, sabe igual o mejor que ellos cuanto conviene a uno u otro ganado.

Puso una y mil veces la mano sobre el arado y, sin volver la vista atrás “tira” cientos de surcos en perfecta “derechura”. Y Vidal, deja en cada cacho la huella de maestro en la arada.

Ganada su confianza, conoce y aprende de varios amos en cuyo “poder” estuvo la Dehesa: escucha de ellos los pequeños o grandes problemas que sucesivamente tiene el campo. Conoce con antelación las alternativas de cultivos en cada cacho y cada año. Aprende de los proyectos, mejoras y cambios que en su tiempo fueron tan frecuentes; necesarios paras las labranzas en general, y más intensos, si cabe, para ésta en particular. Con la formación continua y progresiva, adquiere la gravedad y el aplomo del hombre maduro, aunque por edad todavía no le corresponda.

Por todo lo expuesto y según pasa el tiempo, acumula el no poco saber de regadores, muleros, sembradores...; la experiencia de todos ellos, ya sean amos, (“jefes”) u obreros (“castellanos”). Lo mejor de cada uno. En este caminar continuo por la tierra donde bien se puede decir que nació a la vida, todo lo piensa, medita y asimila.

Pese a la madurez y gravedad dichas, Vidal no es triste en absoluto. Su voz aguda y bien timbrada, que hizo competencia al viento en varios años de vocear a las bandadas de pájaros negros insaciables o hambrientos, se deja oír muy a menudo en coplas de altura. Canta con frecuencia cuando camina, solitario, por las tierras; y canta sobre todo en las “Mañas”. Nombradas las fiestas de la recolección, durante ellas también fue asador. Aún adolescente, prepara de modo siempre nuevo por lo exquisito, el tradicional “lechazo asado en barras”; el asado peculiar de Traspinedo y sus aledaños.

Y Vidal –repito- fue asador. El mejor; el maestro de asadores.

Cuando el llamado Peduco entró de grajero, la caza era muy abundante. Compenetrado con los secretos de la naturaleza, ve en ella con inteligencia muy clara, lo que las cazas sólo alcanzan por instinto.

A fuer de reiterativo, mas no por ello menos cierto, también fue maestro de cazadores.

Es él, con autoridad que nadie discute, -mejor, por desgracia, y perdonen el aparente contrasentido- discutía, (porque no ha mucho falleció) quien organiza y dirige las cacerías más famosas del valle cual son, precisamente, las celebradas durante las “mañas”. Sin querer excederme en alabanzas y sólo con afán de justicia, debo decir que aprendió primero del señor Rufo cuanto debe saber un cachicán; tal era la categoría del mentado. Sigue en la misma línea con el señor Romualdo, labrador de una pieza a la antigua usanza y sucesor de Rufo. No le pasaron inadvertidas las sentencias llenas de sabiduría y prudencia del siguiente cachicán, prototipo de honradez, cual fue el señor Santiago, apodado (quién sabe por qué) el Sábanas. A contrapelo, como creo haber dejado escrito, y por tanto con mayor mérito, asimila con el señor Julio las ventajas del progreso que irrumpe con fuerza en el campo en general y de la labranza que él conoce en “poder” de don Pedro –Drito-.

Cada día con un nuevo sobresalto, vivió durante varios años junto al habilidoso cachicán. Como ya quedó claro, las atribuciones del señor Julio eran generales. A Vidal le correspondieron, por el momento, las relacionadas con el riego, cuya importancia también es conocida.

Y Vidal, al fin, fue cachicán. El mejor de los cachicanes, claro.

Cuando “Desde la orilla” toca a su fin, es posible que estas líneas puedan parecer exageradas, incluso empalagosas. Permítasele decir al relator, como descargo, si es que lo necesitan, que están escritas con el corazón. El corazón de un castellano viejo, ya maduro, que rebosa añoranzas; las mismas que sintió muy de veras el llamado Peduco por este rincón del valle al que tantas veces el relator llamó, y Drito siempre, la Dehesa. Dehesa de Peñalba “la Verde”, cabe el padre Duero.


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