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Regreso a la orilla. Un “equipo” impresionante.

Permalink 16.10.08 @ 07:42:41. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Girasoles. Acuarela de José Olivé)

Nos habíamos quedado arrancando cuantas remolachas se podían cargar en el día, y en que estaba ya próximo el cierre de la fábrica por fin de campaña; pese al esfuerzo, no había posibilidad humana de terminar el cacho en el plazo fijado. Es Ahora cuando Vidal siente de veras cuántas veces la “lluvia” le puso a escurrir por desatrancar una y otra vez los aspersores; y es ahora también cuando más le pesa a Antonio “Pico Arriba” la tubería que tanto “mudó” -¿para nada?- durante todo el verano.

-Me da la “ansión” dejar en la tierra las remolachas, que eran como las niñas de mis ojos –dice el hombre compungido.

Pero según la sabiduría popular –y nada más cierto- “Dios aprieta pero no ahoga”. Gracias a las relaciones de buena vecindad y a la ayuda generosa que siempre se prestaron entre sí los labradores en momentos difíciles, a falta de tan solo unos días para cerrar la fábrica, apareció don Pedro. Viene tras él un artefacto monstruoso, seguido de un tractor con otra máquina de aspecto no menos extraño.

Puesto a trabajar “el equipo” impresionante, los castellanos abandonaron los picos, las garias, la arrancadora, y, perplejos, apenas si pueden dar crédito a lo que ven sus ojos: entra el monstruo en el corte de remolachas descoronadas, y a una velocidad que ni Drito puede seguir con sus “zancas”, arranca con enorme facilidad ¡seis surcos a la vez!; las remolachas quedan reunidas en una descomunal “chasconera”. El otro aparato, una cargadora que lleva otro tractor, se traga sin dificultad la chasconera y vierte remolachas sin cesar en el remolque que marcha a un costado, hasta llenarle en un tiempo increíblemente corto.

Se acerca Drito a los hombres atónitos y pretende explicar...

-Esto se llama..., se llama –interrumpe rápido Vidal- ¡la Divina Providencia!

Tal fue el trasiego de remolques y camiones que, en verdad, aquello parecía la guerra. Una guerra que al fin se ganó, si bien con la inestimable ayuda de un vecino, a pesar de que la primera batalla se perdiera en toda regla.

Porque de bien nacidos es ser agradecidos, y aunque don Pedro aseguró que lo agradeció en su momento, también yo doy aquí las gracias por la fenomenal ayuda prestada por ésta y tantas vecindades extraordinarias entre labradores.

Por difícil que parezca, sin necesitar los dedos de una sola mano para contar los días que restaban para el cierre de la fábrica, doy fe de que con aquel equipo tan soberbio, aún sobraron. De la primera derrota, Drito sacó consecuencias provechosas; una vez más quedó patente que, una de dos, o subes al tren del progreso, aunque sea en marcha y con riesgo, o lo pierdes para siempre.

Poco tiempo después de lograr este triunfo tan importante gracias al “equipo” -inimaginable en este cultivo- de ¡cosechar remolachas! Y en previsión de futuras campañas, Drito trajo la “cosechadora” que él estima apropiada para la extensión de su labranza familiar. Los castellanos rodean con expectación la nueva herramienta; y cuando el jefe (ya sobran las comillas) les explica que, aun habiendo otras de más rendimiento, extraordinarias para grandes extensiones o “cooperativas” (término cuyo significado por el momento ignoran), ésta solamente arranca un surco, se nota en todos la decepción en la cara; decepción que se torna bien pronto en sonrisa franca, cuando enseguida añade que si bien sólo lleva un surco, a la vez descorona, arranca y carga en la propia “tolva”; desde ella, vierte las remolachas directamente al remolque, al camión, o a un gran montón para, con la pala, llenar rápidamente los vehículos de transporte. Al fin, todos opinan que es, efectivamente, la herramienta más propia.

-¡“Áhura” sí que “me se” cura “la réuma”! –exclama Pepe satisfecho. El señor Julio recoge los picos y las garias al tiempo que dice muy serio:

-¡Ajuares, que éstos no son más que ajuares...!

A los pocos días Pepe marcha a Bilbao con las hijas, y Divino a Vergara con los suyos. En el caserío ya sólo queda Vidal. Perdida la vista en el camino, aguarda a Antonio, que aún baja cada día desde Traspinedo en bicicleta.


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