La falsa paz del desorden. II El amor humano.
12.10.08 @ 07:19:27. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Con la última luz de la tarde. Acuarela de Antonio H. Martín)
Nunca vio la luz una novela que escribí con el título “Buscando mis amores” en la que trataba de cuantos amores humanos y divinos tuvo el protagonista. Sin perder el punto de vista sobrenatural –no veo motivo alguno para ello y lo trataremos otro día, si Dios es servido- pretendo repasar, considerar desde mi perspectiva, por supuesto más que opinable y breve (eso quisiera que fuese), diferentes aspectos maltratados en nuestra azarosa vida ordinaria y que me parece fundamental tener muy claros.
Me referiré, pues, al amor humano. Es algo que, con mayúscula o minúscula, a todos atañe e interesa. Puede que sea como el motor que nos impulsa a vivir. De que se viva bien, regular o mal, puede depender, nada menos, que tener “aquí abajo” –y no digamos “arriba”- la felicidad que todos ansiamos. Así pues, creo que merece la pena detenernos en asunto de tamaña importancia, para el que, aún sin estar suficientemente preparado, escribo en la confianza de que mis errores u omisiones sean ustedes mismos quienes sobre la marcha los corrijan siquiera en el pensamiento. No excluyo recibir con agrado cuantas críticas me haga acreedor, por duras que éstas sean.
Nace con la persona. ¿Hay algo más tierno y conmovedor que la imagen del niño amamantado por su madre? Instintivamente, la criatura se aferra con ansia al pecho de su madre, de la que depende, nada menos, que la supervivencia.Aunque ese amor sea tal vez egoísta, nada que reprochar, puesto que, a falta de responsabilidad, es el propio instinto por el que el niño ejecuta lo que le viene impuesto por la propia naturaleza y que es común al recién nacido, tanto se trate de animales como de personas. No así el de la madre humana, que tiene conocimiento y libertad para amamantar o no a la criatura desde su nacimiento.
Nada que objetar del comportamiento del más débil y, salvo imposibilidad física, tampoco entro en el amor de madre, cumplidora o no de lo que es, repito, de ley natural. “Contra natura” si no procediese, siendo posible, como le indica tan elemental norma.
El que fue infante, crece y se va haciendo hombre, al tiempo que brotan sus primeros amores: si éstos son ordenados, en la primigenia familia habrá paz. Si no lo fueran, inevitablemente se producirá la falsa paz del desorden.
Hoy, más por desgracia que por suerte, tenemos más ejemplos de los que en las familias numerosas de antaño –tan escasas hoy- se dan con frecuencia.
Niños que nacen, crecen y maleducan, con la obsesión paterna del “no privarles de nada”. Se piensa de forma alarmantemente general que es un bien para ello. Sinceramente creo que error. La austeridad brilla por su ausencia. Y cuando la vida les llega dando palos –en mayor o menor grado, de forma inevitable- los encuentra tan desprotegidos por capricho tras capricho y desorden tras desorden, pues se les educó -¡ay ya tarde para “enmendallo”!-en la falsa paz del desorden. Amor equivocado ¿no?
El amor ¿erróneo? volcado en ellos: “para que no les falte nada de lo que yo carecí”, ha desembocado en seres humanos dependientes: incapaces del menor sacrificio, egoístas que no se ven más que el propio ombligo…; dependientes, en fin, de las delicias de una vida en la que, por supuesto, no todo es dulzura. Incapaces de apretarse el cinturón cuando las cosas vienen “mal dadas”. Sin preparación para, a su vez, transmitir tantos valores, fruto de la disciplina y orden, que nunca tuvieron.
Y, también muy grave, incapaces del menor desprendimiento –todo lo necesitan ellos, que nunca carecieron de nada-, para favorecer a los más necesitados. En definitiva: insolidaridad. ¿No es claramente ya un mal de nuestro tiempo? Ahí, creo, reside el “quid de la cuestión”. ¿Un hijo más? No, no. Que a los, o a “el” otro, no les, o “le” puede faltar de nada. ¿Un hijo más? No, no. Que necesito el dinero para que el o los otros vayan al extranjero… Interminable la lista de razonadas sinrazones, fruto del flagrante egoísmo: prototipo del desorden. Y con él, la falsa paz.
¿Un hijo más…? No, no, que desatenderíamos ¡la educación! del o “los” otros ¿Seguro? ¡Qué equivocación la mía tan imperdonable…! ¡Y yo, infelice, creyendo que es todo lo contrario! Se ve que no estoy con los tiempos. Pues mire, va a ser que no. Lo raro, es que quienes predican las bondades del no privarse de nada, de restringir y facilitar el menor número de hijos, son los mismos que gritan ¡¡paz, paz!! y ¡solidaridad! Nuevo y descomunal error. ¿Dar al que no tiene mientras yo me lleno bien la andorga? Pues no me lo creo. ¿Ingenuo? ¡¡Narices…!! Respeto a las opiniones diferentes, por supuesto. ¿Pero decir que lo blanco es negro porque lo afirmen uno o muchos seudointelectuales?: ¡Nones! ¿O sí? Les cedo la palabra. ¿O es que porque lo digan quienes rigen los destinos de nuestra maltrecha España, que dos y dos son tres, vamos a asentir como los burros con la cabeza? Pues ya he dicho que “servidor” se niega. O sea, que ¡basta ya de la falsa paz del desorden! ¿Y han visto ustedes desorden mayor del que nos ha tocado vivir? Y para remate por si algo faltara, hay quien, con perdón, “más papista que el papa” pretende enmendar la plana a los sabios de la RAE, con expresiones como miembro y ¡¡¡¡miembra!!! Y el aparato me lo subraya, claro. ¡De locos señores, de locos de atar! “quosque tandem”…
Si hablamos, ahondando aún más, de lo que suave y falsamente llaman estos mismos, interrupción voluntaria del embarazo para no privarse… con el brutal asesinato del aborto, ya no digamos. Pero eso ya es otra historia, que, si Dios es servido, trataremos otro día. Y del Ejército, y del divorcio y de la homosexualidad, y de la parejas de hecho, y de la democracia y de las comidas basura y del nudismo en lugares públicos… Tantas y tantos temas, actuales, que de ésta no salgo sin el apelativo de “Rezongón”. Pues lo seré, pero el infierno, que existe, ¡vaya si existe!, dicho sea de paso, esta “lleno de bocas cerradas”. Y “servidor”, huye de él como de su indigno gerifalte.
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