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Regreso a la orilla. Una batalla perdida.

Permalink 05.10.08 @ 07:39:48. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Simancas. (Acuarela de Isabel Menéndez, en su actual exposición de Caja Círculo, de Valladolid)

Muy atareado anda el señor Julio metido las horas muertas en la fragua. Le gusta anticiparse a las necesidades, y próxima ya la campaña, aguza con prisa los picos de sacar remolachas. Con los hocinos viejos, prepara los útiles necesarios para que todos los hombres disponibles puedan “escular”, pues esta labor que antes correspondía a las mujeres, no la hacen porque ya no baja ninguna a trabajar en el campo.

Cuando don Pedro pasa por la fragua, el cachicán interrumpe la faena.

-Digo jefe, que si no nos sorprende usted con una de las suyas, ahora sí que nos coge el toro... ¡y además de verdad!. Drito sonríe, y sin que medien más palabras…

-Baaah..., ajuares, que esto no son más que ajuares...! –dice para sí el cachicán; pues aunque el jefe sigue su camino, está seguro de que no tardando habrá sorpresa. Crepita el fuego en la habitación inmediata a la fragua; en ella esperan los castellanos recibir el “lapicero”, con el que escribirán enseguida las páginas más duras del trabajo en el campo, cual es el de sacar remolachas. Habían recogido ya algunos picos, cuando “el Pequeño” (hijo también del señor Julio, el cachicán) detiene su tractor frente al cuarto; viene más sonriente que de costumbre, aunque al buen tractorista rara vez se le vea serio. El potente vehículo que conduce lleva suspendido un aparato de lo más extraño: es un conjunto de cuchillas y correas dentro de una gran caja, parecida a los baúles antiguos. Tan extraño resulta, que después de mirarlo bien mirado, todos guardan silencio.

De allí, enseguida al corte. Si fue expectación lo primero que produjo la herramienta que trajo el Pequeño, en cuanto la puso a trabajar, se convirtió en asombro. Estuvieran altas o bajas, sobresalieran más o menos, el aparato “escula” remolachas (desde ahora dicen descorona) con la precisión del hocino más afilado manejado por la más habilidosa de las mujeres. Aunque las cuchillas dejen alguna hoja sin cortar, o aún siga prendido algún resto de ellas, las correas, que giran a gran velocidad, fustigan de tal forma a la corona, que cuando el aparato pasa a lo largo de los surcos, las remolachas quedan del todo limpias ante los ojos atónitos de los castellanos.

-Nada más untarlas con una “mieja servus”, de seguro que las salía más brillo que a las botas altas de mi “tiniente” que ó tenía en la mili –dijo Pepe del todo serio.
Es ya la hora del almuerzo, pero los hombres miran tan perplejos, que más uno de los que arrancaban muy “agudos” remolachas a pico, ni siquiera se acordó de echar un mal trago.

Otra vez quedaron los hocinos clavados y olvidados junto a la encina donde estuvieron los “hatos”. Está muy claro, que por muchas vueltas que se le dé, semejante herramienta ya no tiene el más pequeño porvenir.

Pero en un cacho con la extensión del de la Encina, el problema es que media docena de hombres, son del todo insuficientes para arrancar tal cantidad de raíces como descorona el nuevo invento, y cargarlas luego en el “volquete”; problema más grave aún si se tiene en cuenta que el riego recibido con “la lluvia” dio tan buenos resultados, que todas las remolachas se criaron “como cántaros”. En cualquier caso, es forzoso dejar la posible solución para más adelante, pues el “temporal” se puso metido en aguas, y no es cuestión de preparar tales barros como los que aún recuerda alguno de los allí presentes, y en los que al fin sólo los trillos fueron capaces de moverse sobre una tierra convertida en laguna fangosa.

Por el momento, y para no tropezar dos veces en la misma piedra, sobre la tierra encharcada queda una franja importante de remolachas descoronadas. Demasiadas para que si Dios no lo remedia, y para mí que Dios no se mete en lo que con medios propios podemos hacer los hombres, cuando se vaya a "comer el turrón", aún seguirán “esculadas” en cantidad, pero clavadas en el cacho de la Encina.


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