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Regreso a la orilla. Surcos de la vieja Castilla

Permalink 28.09.08 @ 07:46:52. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Surcos y almendros. Acuarela de Clemente Martín)

La saca de patatas finalizó con éxito gracias a la mecanización que revolucionó el sistema. En torno al “veranillo de san Martín”, con días hermosos, soleados, y el terreno con tempero, ninguna labor más propia que dar comienzo a la arada. A falta de movimiento en las cuadras, el ajetreo ahora es grande en el pequeño taller situado junto al cobertizo de los tractores y denominado la fragua, porque, entre otras cosas, la tiene. El señor Julio se encuentra allí en su elemento: suelda piezas, aguza formones, prepara los grandes arados..., sin más espectadores que Alejandro el cuadrero, que, sin mayor ocupación, fisga, el hombre, cariacontecido. Después de repostar los tractores con la bomba, nueva, claro (como antaño lo hiciera el ganado en el abrevadero con la centenaria del pozo), salen raudos –con prisas- por la trasera del corral. Al estrépito de los motores, se une el cacareo, escandaloso por el sobresalto, de las aves bobaliconas que no se acostumbran y cada día huyen más aterrorizadas.

El acero de los arados, con rejas y vertederas aún mayores que las del “bravant” de los bueyes, hiende poderoso en surcos profundos el cacho de la Portillera en los que levanta “túrdigas” de tierra virgen. A diferencia del mulero, el tractorista apenas si mira adelante, pues le preocupa la labor del arado al que vigila de continuo; dará más o menos profundidad a la arada, según sean las betas y dureza del terreno.

Los tractores caminan con potencia uno detrás de otro, y cuando al anochecer regresan al caserío, son muchas las obradas (ahora hectáreas) alzadas. Tierras en las que los surcos de la vieja Castilla que otrora abrieran los “pares” sobre ellas, son ya la antañona nostalgia de un recuerdo. Removidas ahora por el acero del progreso, acogerán lluvias, nieves y hielos, para, llenas de vida en primavera, brotar en ellas, ahora si cabe más generosas, cosechas más abundantes.

Si durante la recolección se añora la alegría que, momento es de decirlo y no es sólo opinión del relator, también marchó para siempre con los castellanos, son continuas las mejoras con trabajos más humanos en los que tal vez las circunstancias hicieron que, no sin riesgo, se aventurase el labrador; terrateniente en la capital para los de asfalto, mas siempre menguado de caudales. Si son considerables los “cuartos” que coge con una mano, iguales o mayores son los que casi siempre suelta con la otra: dineros que, por lo general, no bastan para tomar ese tren, ya mentado, al que el labrador subió en marcha, y que aún hoy sigue en carrera desenfrenada a ritmo de continuo sobresalto.

Aunque falta poco para terminar la arada, con prisa antes de que vengan los hielos, no se encierra la maquinaria. Bien sabe Drito y con él el relator, que cada día que pasen los tractores en el cobertizo, pierden tiempo y dinero, del que tal y como hoy se vive en la Dehesa, y en otras tantas dehesas, ni de una cosa ni de otra, como ya dije, se anda en absoluto sobrado.

Fuera de los períodos de riego que es lo suyo, Vidal parece que anda errante por las tierras. Mas no pierde el tiempo el maestro (del que llega la hora de hablar largo y tendido), pues cada día escribe en la memoria parte de un libro extraordinario de agricultura y que al igual que él, guardan en ella tantos labradores castellanos sin figurar en librerías, listas, ni catálogos. El hombre lleva tantos días recorriendo el terreno de alto en bajo, midiéndole con la vista y observando cada cacho con tal detalle, que no pudo por menos de llamar la atención de “don Pedro”.

-¿Se puede saber, Peduco, qué es lo que te preocupa, tanto mirar las tierras como si no las hubieras visto nunca? –pregunta el que ahora llaman jefe, seguro de que Vidal se trae algo entre manos.

-“Anque” la “lluvia” que “trajon” no respeta cotarros –al fin se arranca-, digo, que mejor sería quitarlos-; quitar donde sobra –añade- y echar la tierra en los hoyos que es “ande” falta-. ¡Vamos, digo ó...!

Si estas palabras fueron en verdad atinadas, las que a continuación “tiró” Drito y que yo oí, fueron sorprendentes:

-De aquí a unos días –le dijo Drito-, tendrás maquinaria en condiciones para que niveles el terreno como creas conveniente-; pues para eso, mejor que tú, nadie.

-¡A ver...! -le contesta Peduco complacido. Podrás quitar –prosigue don Pedro- todo cuanto estorbe para las labores o para el riego. Cuanto más llano y despejado esté el terreno, mejor trabajarán los tractores y el trabajo “rundirá” mucho más ¿no te parece? –termina “el jefe” ante la perplejidad de Peduco, tan halagado el hombre como sorprendido.

-¡Uy Dios...! -sonríe satisfecho-. ¡“Quisió”...! Pero sabía, ¡vaya si lo sabía!. Lo veremos en el capítulo siguiente.


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