Cofradía de pescadores
21.09.08 @ 08:00:00. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Edward Wesson, en el libro sobre su obra The Master´s Choice, de S.Hall y B. Miles)
En la afortunada “Lancelot” (Lanzarote), el domingo amaneció espléndido. Si espléndido es siempre el Día del Señor, éste aún más, si cabe, en Playa Blanca. Y cupo…
El tañido de las campanas en repique alegre de singular reclamo, congregó en pocos minutos un abigarrado concurso de fieles católicos de diferentes nacionalidades, para asistir a la Santa Misa, hoy más solemne, pero tan importante como lo es de por sí todos los días del verano que, felizmente, g.a D., pasa el foramontano en los privilegiados dominios de los alisios: Lanzarote mentada (Lancelot) de Playa Blanca.
Don Sixto a la puerta de la iglesia, recibe a cada cual en su propio idioma, como si el Espíritu Santo le hubiera concedido don de lenguas. Había allí “partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia”... Aunque habrá sin duda a quien le extrañe, el impecable “cleriman” en el joven sacerdote, anima a la variopinta feligresía a cumplir con el precepto y, sobre todo, recibir los diferentes Sacramentos: Comunión, confesión, bautismo, matrimonio… que imparte de forma abundante el que es “y lo parece” cura cien por cien. Si el sr. Cura viste con el rigor que aconseja el Magisterio, no sucede lo mismo con el numeroso personal; tan variopinto en su vestimenta como del lugar de procedencia. No porque escasee el tejido, sino porque, de sobra “la calor” que se desprende de sol tan radiante, brillan por su ausencia pantalones largos, faldas, mangas, zapatos… pero de ninguna manera en la misma medida, el respeto, la atención y devoción, en fin, con que todos siguen las normas rituales de la Misa. No en vano el incansable don Sixto, había confeccionado hojas de diferentes colores con las que seguir atentamente en ¡14 idiomas! lecturas, oraciones…: ingleses, alemanes, franceses, orientales, italianos… y españoles, claro (no de Panfilia…).
A pesar del aspecto moruno de “la misión” y edificios del lugar plenamente canario, aunque el más próximo al Sahara, no había hoja escrita en árabe, por innecesaria, aunque el que fuera “Quivir” africano, se ofreciese para editarla en el dialecto cherja-árabe, que por desgracia, ya dije, no era preciso.
Detalle significativo de la universalidad católica (y perdonen la redundancia) es el frecuente uso del latín en gran parte de las oraciones, seguidas con facilidad por ¡todos! (partos, medos…). Lo apunto como detalle, que explica, creo, la reciente recomendación del empleo del idioma universal, tan propio de la Iglesia durante siglos.
La playa, dorada, con las doradas arenas procedentes del cercano desierto, se llenó enseguida, de bañistas jóvenes (niños, muchos niños) y mayores, en pacífica disputa por cada palmo del terreno en oro molido. Las aguas atlánticas, limpias, transparentes, tibias, muy quietas, no se llenaron de personal, que la mar es inmensa, pero sí hervían contagiadas del alborozo con que todos disfrutaban de ellas. El foramontano hubo de chapuzarse en la piscina del hotel con fácil rampa de acceso; también climatizadas sus aguas con la siempre suave temperatura ambiente y sumamente cuidadas, con agradable sombra en su derredor producida por cantidad de sombrillas, además de la procedente de abundantes palmeras, ficus, y demás vegetación tropical exuberante, ya descrita en ocasión anterior.
Visitados en años pasados lugares típicamente canarios donde bien yantar, nuestra familia “conejera” tuvo reservada para el actual domingo una sorpresa por demás agradable.
Cuando descabalgamos del coche –que no “guagua”- el fuerte olor a mar y pescado recién desembarcado, incitaba a ocupar asiento en el sorprendente local del más puro estilo marinero viejo: COFRADÍA DE PESCADORES, rezaba el rústico cartelón colgado a la entrada. La mesa reservada con no pocas horas de anticipación, acogió aún más entrañable por lo sencilla a la familia gozosa. Y la enorme fuente con la gran parrillada de pescados del país, amplió aún más la sonrisa de los que, inmediatamente a la bendición de la mesa, fueron comensales agradecidos.
El entorno e interior del local, bien merece algún comentario que justifique siquiera el haber dado título a mi escrito veraniego tan diferente a los de los habituales lugares castellanos en el Valle del Duero.
Cantareros, samas, viejas, corvinas, salmonetes, cuasi se ponen en pie en la gran parrillada al sonido largo, potente, en la sirena del “Bocáina Express” que, majestuoso catamarán, se aproximaba al Puerto Viejo. El sorbo de un fresquísimo malvasía (exquisito vino de Lanzarote), y el posterior bocado de blanca y turgente “sama”, envolvieron a todos los comensales en un incomparable ambiente marinero. Viejos pescadores apoyados en la barra del bar y la vista cargada de añoranzas fija en el infinito, trajeron a la memoria del nada joven foramontano recuerdos de otros lugares junto a la mar océana de su querida Cantabria.
Los grandes cuadros (como relicarios) que adornaban las paredes del local en la Cofradía de Pescadores, eran minuciosamente observados por un anciano marino de tez aceitunada-canaria, apoyado en una sola pierna, perdida la otra de muy joven en la gran batalla que en su modesto barco de pesca librara contra la mar embravecida por los inusualmente cabreados vientos alisios.
Junto a los que contenían banderines perfectamente enmarcados, con las diferentes graduaciones de los miembros de nuestra Armada bordados primorosamente en ellos, otros contenían miniaturas de numerosos nudos, tan familiares en el cordaje para las gentes de mar, como desconocidos para los de tierra adentro; otros, en fin, instrumentos empleados en la navegación de viejos veleros con tantos recuerdos con el “sabor de la tierruca”, que hizo inevitable y gozoso contemplarlos junto al viejo lobo de mar.
El forastero (no “guiri”) pudo escuchar dentro mil y una historias de impresionantes batallas marineras contra los elementos. Fuera del local de la Cofradía, la bocáina que separa Fuerteventura de Lanzarote, quedó marcada por la estela espumosa del catamarán que varias veces al día une ambas islas, a cuál más afortunada.
Cuando el domingo tocaba a su fin con una impresionante puesta de sol sobre la mar totalmente en calma, la multitud de turistas abigarrados en el paseo marítimo, pudo contemplar un espectáculo insólito: cientos de pequeños barcos de pesca –antiguallas de otros tiempos, junto a potentes lanchas motoras- daban escolta a la joya más preciada de la Cofradía: “Lancelot”, el pesquero vencedor de mil batallas cuyo capitán ¡con una sola pierna! sujetaba con el mayor cariño a la verdadera “Reina de los Mares”,Virgen del Carmen, mecida suavemente sobre pedestal cubierto de flores en la cubierta del Lancelot, relimpia como los chorros del oro, para acoger a la que es Reina de marineros y mares. Recorridos los cuatro puntos cardinales, en solemne “procesión”, el Lancelot se acercó cuanto pudo a la playa.
Los últimos destellos del sol que se perdía en alta mar, iluminaron la blancura del alba de don Sixto, en perfecta zambullida desde la proa al agua, para ayudar al traslado de la Virgen, del Lancelot a la barcaza que trasladaría a tierra firme a la “Stella Maris”. Momento solemne en el que la Patrona de la Cofradía de Pescadores recibió un homenaje singular: Himno Nacional por la banda de música, ovación cerrada de los asistentes enfervorizados y zumbido ensordecedor de todas las sirenas de las embarcaciones, reforzado con el más potente del Bocáina Express, que entraba “casualmente” en puerto. Nunca la Virgen estuvo mejor acompañada que con el sr. Cura aún chorreando, la sonrisa puesta en todos los que contemplamos el espectáculo, y los cofrades roncos de vitorear a su Patrona, que lo es, también, de Playa Blanca.
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