Regreso a la orilla.¡Ya vendrán... y si no, al tiempo!
18.09.08 @ 07:25:03. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Simancas. Acuarela de J.M. Arévalo. 43x34)
Los castellanos comen animados al amor del rescoldo de la hoguera. Todos acompañan la “merienda” –relator incluído- con buenas hogazas de pan hecho en el caserío; todos, menos Antonio, que como tiene en su casa la panadería de Traspinedo, trae en las alforjas una “barra” tan elegante como las de la capital y que, en silencio, más de uno envidia. Aunque no sean muchos los comensales, solamente uno saca una cazuela pequeña con guisado. Vidal ( o sea, Peduco), asa a las ascuas “una mieja carne” de lechazo, ensartada previamente en un sarmiento seco cogido del majuelo inmediato.
Los demás, hacen el “gasto” con unas latillas cuyo contenido de seguro es picante. Fruta de postre, de la que trae el “fresquero” de la capital en la DKW; y luego, comentarios a cual más expresivos sobre las herramientas que “trajon de quisió dónde”. Cosas de los demonios según Pablo, o la mejor herramienta que hay en la Dehesa, que lo es cada una, según el señor Julio. Para Vidal, que como quien dice anteayer “no lo había como la mano del obrero”, reconoce ahora, que no lo hay como el tractor, aunque recuerda divinamente lo que dijera Alejandro referido a las basuras... (que los tractores, con perdón dice el relator, no cagan)
A la puesta del sol, y en cuanto éste se oculta tragado por el páramo, al igual que una hucha lentamente las monedas, enseguida anochece. Como nadie viene ya al corte, como antes, en burro, suben todos a la galera y, silenciosos –sólo canta con estrépito el motor-, en pocos minutos entran en Traspinedo.
Los perros, que dormitan junto a las casas de sus amos, despiertan con sobresalto y corren tras el intruso escandaloso al que ladran con furia e intentan en vano, mas no sin riesgo, morder las ruedas. Julián detiene el tractor a la misma puerta del bar de Pedro (antes en cá Pedro), donde, ahora alegres, bajan todos a escape. Mientras echan un vaso, informan al corro de curiosos sobre la arrancadora, pala y volquete, y lo “extrordinarias” que son estas herramientas para “aviar” las patatas.
-¡Entonces, qué falta hace ya el personal! –pregunta a la vez que afirma Esteban.
-¡“Quihacer”...! –responde seguro Nicolás el Croner-, que “entodavía” no han sacado los ingenieros –sentencia- la herramienta que haga con las manos, que no tiene..., lo que el obrero piensa con la cabeza, que la maquinaria tampoco tiene. “Anque”… –duda- “quisió”..., porque visto lo visto, no diré ó “quihaiga” nada imposible.
Discuten los castellanos, y a medida que vacían uno tras otro los vasos, sube el tono de voz.
-Pues ó digo –tercia Pepe- que ó no me muevo del pueblo; y que todos los que se fueron a la capital “ande” creen que se ata a los perros con longaniza, ¡ya vendrán, ya!; y a escape si no les diera vergüenza. Si no, ¡al tiempo!
No hace tanto que los castellanos pronunciaron estas palabras “cuando Drito en la Dehesa”. Digo, si comenzaron ya a cumplirse... ¿o no? O sea, “quisió”.
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