El mejor maestro
16.09.08 @ 08:00:15. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Casa de Las Muertes, Salamanca. Acuarela de José Mª Arévalo. 33x42)
Hemos tenido una conversación familiar en torno a la conclusión de la carrera de uno de mis hijos, donde han salido interesantes opiniones sobre quien ha sido el mejor maestro que cada uno hemos tenido, si el que más nos ha exigido o el que mejor explicaba, el que nos hizo entusiasmarnos con su asignatura, el que tenía libro o el que daba buenos apuntes, etc. Varios de los contertulios son profes de distintos niveles, con lo que la conversación resultaba francamente enriquecedora y útil. Me alegró ver el esfuerzo que uno de ellos está poniendo en sacar adelante a un alumno en clases particulares, para que pueda salir airoso en los exámenes que ya están ahí encima, y a pesar de que el chico no corresponde mucho. Pienso que ese es otro tema a analizar, quién sea el mejor alumno. A veces lo que tenemos son los maestros que nos merecemos. Quedó para otra tertulia, así que queda ahora para otro artículo.
Todo empezó porque el mejor profesor del recién licenciado, decía éste, el que mejor explicaba y tenía más prestigio, daba la asignatura tan trabajada por él, tan asequible a los alumnos, que al final aprobaban o sacaban nota alta con facilidad, pero no profundizaban más, acosados por las dificultades para sacar otras asignaturas. Siempre pensé que ese era el paradigma del maestro, que consigue un alto porcentaje de alumnos que superan los conocimientos medios exigibles de su asignatura. Y sin embargo mi hijo se quejaba de que la materia que había dado con aquel gran profe, era de la que menos sabía, porque –dentro de las troncales- era la que menos había trabajado. Recordaba asignaturas en las que, por ser ininteligibles las explicaciones del profe, había tenido que manejar por su cuenta varios manuales, y había profundizado mucho más. Pero finalmente se inclinaba porque el mejor maestro es el que explica bien y además pone muy alto el listón, que te hace trabajar duro facilitándote que lo hagas.
Lo de los manuales siempre fue un problema. No se me olvida el primer día de clase con don Manuel Alonso García, con el que llegué a hablar para que me dirigiera la tesis, en aquella la Facultad de Derecho Barcelona. Por cierto, ¿podría haber estudiado ahora allí, treinta años después, creo que en catalán, que entiendo poco a pesar de mi ascendencia valenciana?. Por razones familiares no pude quedarme, y siempre lo he lamentado. El gran profesor de Derecho del Trabajo empezó, aquel primer día de curso, preguntándolos si preferíamos que solo explicara y exigiera su manual –magnífico por cierto, pero no muy claro, para nuestro nivel-, con lo que seguramente nos quejaríamos de que repetía lo que estaba en su libro. La alternativa que nos ofrecía era que nos estudiáramos nosotros el libro y él se dedicaría a ampliar, pero entraría todo en el examen. Naturalmente hubo unanimidad en reducir al máximo la materia, o sea que se dedicó a resumir su libro. Nos facilitó bastante el trabajo porque su manual era, como suele decirse, un “tocho bien gordo”.
El año anterior habíamos tenido la experiencia inversa: el grandísimo civilista Villavicencio, nos recomendó estudiar el Espín – citó otros, pero creo que la mayoría nos quedamos con este manual, famoso por su reducido contenido – y se dedicó a explicar todo el curso el “saneamiento por evicción”, tema en el que estaba trabajando y del que no cayó nada en el examen final. Otro gran maestro que tuve ocasión de conocer, porque vivía en el Mayor San Batolomé, como yo, en mis años de Salamanca, fue el penalista Antón Oneca. Daba unas clases geniales, verdaderamente magistrales; se le entendía perfectamente y te iba llevando al nudo de las cuestiones de forma muy atractiva. Nos abría el apetito de saber más. Pero claro, además de que me dio sobresaliente, en cualquier Facultad el Penal es más atractivo que el Procesal, por ejemplo. En Barcelona éste era el coco, también impartido por un figura, el profesor Fenech, con un manual más grueso aún que el de Alonso García, que me resultaba imposible de asimilar. Llegó el día del examen y antes de dictarlo advirtió que como celebraba ese año sus bodas, no recuerdo si de plata o de oro, como profesor de la asignatura, estábamos todos aprobados. Eran otros tiempos. Ni mejores ni peores, creo yo, sí distintos.
Para valorar quién fue o es mejor maestro quizá haya que distinguir por asignaturas, y desde luego, por carreras. A pesar de que tuve tan grandísimos maestros, siempre defendí –en mis artículos en revistas universitarias y después en la prensa diaria, donde por entonces era tema de gran interés la Universidad, a punto de abordarse la autonomía universitaria en la que cifrábamos tantas esperanzas- que las cátedras, o los departamentos, deberían contar no solo con investigadores , sino también con docentes. Que las asignaturas las impartieran sobre todo profesores especializados en pedagogía, que nos hicieran llegar el trabajo, desde luego indispensable, de los investigadores. Pesaba en mí la gran dificultad con que el alumno se encuentra para entender la mayoría de las asignaturas de Derecho. Cuando regresé a Salamanca encontré que uno de los profes que había tenido cuando empecé la carrera, había publicado en ciclostil –no había fotocopiadoras entonces- un diccionario con su terminología propia, porque nos quejábamos de que no se le entendía nada.
Y recuerdo también cuando aparecieron los primeros fascículos de lo que sería ese año el libro, de Administrativo, de Entrena Cuesta, otro maestro, ¡que podía entender a la primera lectura¡. O quizá la entrega por fascículos facilitó mi interés. En fin, que ahora, al cabo de los años, veo esta cuestión de quién sea el mejor maestro, que sigue siendo crucial, como muy subjetiva, afectada demasiado por la experiencia de cada cual. Es por ello muy difícil generalizar, pero habría que hacerlo, a ver si mejoramos.
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