Regreso a la orilla. Pala cargadora y remolque volquete
14.09.08 @ 07:29:15. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Paisaje rural. Acuarela de J.M. Arévalo. 31x39)
Con estrépito de cadenas, confundido con el rugido potente del tractor, el acero de la arrancadora de patatas deja cernida la tierra a lo largo del surco, Sotillo de alto en bajo. Y las patatas encima, muy blancas, en “chasconera” hermosa, que se pierde a lo lejos.
Aún se limpia Vidal del latigazo que dio a la bota después de comer “un cacho pan”, cuando, sacado ya el primer surco, el tractor vuelve ligero. El maestro del riego baja luego al corte, remueve con el azadón que siempre tiene a mano, y por más que insiste, comprueba que la máquina no dejó allí ni tampoco una patata para “la rebusca”. Aunque tiene en el pensamiento las cuadrillas alegres de antaño y ahora sólo oye ruidos de cadenas y motores, se encoge de hombros y, seguro de que nadie le observa, exclama en voz alta: ¡“extrordinario”!
En ese mismo momento, baja la cuesta del Sotillo el tractor nuevo que conduce Julián, el hijo mayor del señor Julio; remolca una galera también nueva, metálica, grande, última adquisición de don Pedtro (nuestro Drito). Por delante del vehículo sobresalen unos brazos muy largos que terminan en un gran cazo. Julián detiene “el equipo”, muy vistoso, junto a Vidal que mira atónito.
-¿Y eso...? –pregunta intrigado, que no sorprendido, pues de un tiempo acá, superó con creces la capacidad de sorprenderse.
-¡Cuál!; ¿ésta...?: ¡la mejor herramienta que hay en la Dehesa! –contesta Julián al tiempo que mira de reojo hacia las máquinas que ya le son familiares.
-Es una pala cargadora y “remolque volquete” -le dice, orgulloso del moderno material que maneja. Saca Vidal la punta de la lengua, en gesto repetido tantas veces, a la vez que suelta un ¡aah...! que, como “velay”, “quisió”, “quihacer”... en su momento, también lo dice todo.
Después de arrancar con la máquina que lleva el otro tractor las patatas (“palogán”, claro) de varios surcos lo que se dice en un verbo, hombres y mujeres, todo el personal (“cuatro de ellos”) que baja de Traspinedo, las recogen en “conachos” y de éstos, sin interrupción, a la pala que Julián lleva en el tractor muy cerca de la menguada cuadrilla. Lleno el cazo, que es de una capacidad considerable, las voltea dentro del remolque, que espera no muy lejos del camino. Mientras tanto, el señor Julio no para de sacar más y más patatas con la arrancadora.
Cuando acuden todos al “hato”, ya a la “hora oficial” del mediodía, son varios los viajes que, sin apenas personal, descargó el volquete en el almacén; local en que, a falta de ganado, se convirtió la cuadra.
En el último viaje de la mañana, llega Divino sentado en el pescante del remolque volquete. Enseguida se acerca al corro de cuantos esperan hacer el “gasto” junto al rescoldo de la hoguera, una vez que se asen las patatas enterradas bajo las cenizas ardientes.
-¡Igual ya está llena la cuadra! –pregunta Pablo que, desorientado con tanto ajetreo de maquinaria, parece que le fallan los “cárculos”.
¡¡“Alante”...!! –contesta “negativamente” Divino-, ni con todas las patatas del valle-; que “quisió” los vagones que hará “la nave”!
-¿Qué nave...? –pregunta de nuevo Pablo, al que no le entran las palabras que ahora “tira” el personal desde que “trajon” las nuevas herramientas.
-¡Qué nave va a ser, “inorante”! –replica resabido-. ¡La nave que “tié” la cuadra, no te jode…! (exigencias del guión…)
¡¡Aaah...!! –exclama Pablo por todo comentario.
Y el volquete, ¿ya le has “exprimentau”? –insiste Divino, que maneja “superior” los nombres de cada máquina que llega.
-¡Cuál!; ¿eso?, ¡“quitesustihombre”, “quiahacer”...!, que eso es una co-sa de los de-mo-nios –contesta entrecortado por la impresión que le ha causado el volquete..., y por la patata recién sacada de la lumbre que le abrasa la boca…
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