Los bravos pimientos de Zamora.
09.09.08 @ 08:00:02. Archivado en Artículos
Por Manuel Prieto Hernández (colaboración)

(Caserío Aceñas_de_Gijón, en Zamora. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 31.5x47)
Ya me gustaría saber, José María, cómo se pudo originar un producto que tiene bastante de original y, desde luego, de autóctono. No digo ya de suculento, porque, para quien lo conozca, sobrará todo comentario. Quiero hablarte un poco de los pimientos de Zamora, como tú me solicitas y no sé negarte; pero lo tengo muy difícil, porque siempre que he intentado entrar en averiguaciones me he topado con la misma ignorancia. Y es lógico, pues su presencia en este mundo me antecede y no creo que haya nadie que pueda resolver la incógnita. Este mismo mes de agosto, durante mi estancia en Zamora, una de esas muchas mañanas que he dedicado a investigar en los secretos de la acuarela, trababa conversación en las ruinas de las Aceñas de Gijón, lindantes con el Campo de la Verdad, en la dicha Zamora, con el ocupante del caserío que las colinda, un hombre serio, cordial, educado, bastante entrado ya en edad.
Este caserío, que es lo que yo pintaba, es un precioso conjunto unido a lo que fuera una explotación harinera que, si no me falla la memoria, perteneció algun tiempo a una conocidísima familia zamorana, la familia Rubio, de la que alguno de sus miembros fue conocido catedrático en la Universidad de Valladolid.
El hombre del caserío tiene allí mismo, al mismísimo pié del Duero, una exhuberante huerta que, mientras yo me aplicaba en mi acuarela, él regaba atentamente y conversaba conmigo con no menos interés en lo yo que hacía. Nuestra conversación fue largo rato un puro contrapunto, porque yo sólo me interesaba por su huerta y él sólo lo hacía por mi mundo acuarelístico y con un interés muy poco corriente. No tardé en conocer la causa de tanta curiosidad, pues apareció un poco después su nieto, un chaval moreno de ojos brillantes y curiosos, lleno de candor y curiosidad, que se unió a mí hasta el remate de mi faena. El muchacho no tenía desperdicio y charlamos lo indecible. Creo que llegará a acuarelista algún día.
Fue una mañana bien aprovechada, excepción hecha de lo que comentábamos al principio, los orígenes, pues el casero, suavemente interrogado, me fue informando de lo que cultivaba en su apetitosa huerta. Y ya puede suponerse que no faltaban los pimientos e incluso, oh paradoja, alubias verdes blancas, es decir, fréjoles blancos. En Zamora. quizá lo recuerdes, no se habla de alubias verdes, sino de fréjoles. Y existe una variedad, aunque ya escasea mucho, de fréjoles blancos, cualificados por su especial finura y sabor más intenso.
Allí los tenía el casero, claro. Hablando de ellos y de los pimientos, tratamos de su vieja raigambre y de cómo se iba perdiendo su cultivo clásico, a cielo abierto, consecuencia del empuje de las nuevas fórmulas, es decir, los invernaderos. Este hombre, según me decía, se prepara su propio semillero y se hace sus plantones, por lo que selecciona cuidadosamente lo que luego cultivará y disfrutará gastronómicamente. Esto es ya todo un origen, en realidad.
Ya recogiendo mis bártulos, le pregunté a este hombre enormemente despierto, menudo, rugoso, de pelo abundante y cano (interesado -me contaba- en las técnicas audiovisuales) le pregunté, digo, cuánto tiempo llevaba practicando esta faena huertana, explicándome que, realmente, toda su vida, porque empezó viéndoselo hacer a su padre, a cuyo lado disfrutaba regando la huerta, y todavía no había parado. Me lo concretó así: "Esto no es trabajar, hombre de Dios. Esto es una afición como lo es pintar para usted". Y es cierto. Yo mismo, de niño, en la huerta que había en una finquita que compró mi padre en el año 1946 en las afueras de Zamora, en el Alto de los Curas, me pasaba las horas muertas viendo regar al huertano que nos la cultivaba primorosamente, mientras en el caz o canalillo del agua preparaba carreras de barcos con mis hermanos. Se llamaba Lázaro y, a su lado, fui aprendiendo muchos secretos de esta actividad. No te quiero contar la enorme cantidad de pimientos de Zamora que se cultivaron en "Villa Teresa", que es como se llamaba este lugar, a lo largo de cuarenta años de veraneos.
La fritura de pimientos era diaria en casa de mis padres y, durante estos días de agosto pasados allí, ha seguido manteniéndose esta tradición. Cambié, como sabes, hace un par de años la playa por la querida Zamora y, reunido con mis hermanos en la casa familiar, el olor a los pimientos fritos la invade cada mañana. Yo me voy a pintar; pero, a la vuelta, me espera la sartén implacable y la voracidad de los comensales, algunos de los cuáles resultan insaciables en esta costumbre de los pimientos zamoranos fritos. Hay que esconderlos, para que lleguen a su hora a la mesa.
Lo que me contaba el hombre del caserío de las Aceñas de Gijón es una realidad que no deja de tener ventajas e inconvenientes. Me refiero al cultivo de los pimientos a cielo abierto o en invernadero. Antiguamente, el invernadero era un invento inglés para cultivos de ornato, pero no de carácter industrial, como lo es hoy. El ejemplo de otros lugares harto conocidos, se ha extendido a todos los rincones. En Zamora había una serie de huertas próximas al Duero y a lo largo de un buen tramo de su orilla. Llegabas a éllas enseguida, pues no existían las grandes distancias, bajando hacia el puente de hierro. Hoy ya no existe absolutamente ninguna, pues la ciudad ha crecido extraordinariamente y sólo en determinadas zonas hay cultivos, aunque ya son de invernadero.
Para el pimiento , como para tantas especies, este cultivo, ha conducido a un tipo de ejemplar que ha disminuido en intensidad de sabor -y de picor, claro está- y, salvo que seas buen conocedor, puede llevarte a variedades que se caracterizan por su insipidez. Esto, en un pimiento de Zamora, en un crimen de lesa tipicidad. La ventaja anterior era la clase tan extraordinaria del género, absolutamente soberbio, que ha cedido en beneficio de una abundancia antes desconocida. Es el progreso.
Como la compra de estos pimientos la hago personalmente, me intereso siempre mucho por el pedrigrí de lo que voy a mercar y solemos efectuar la familia más de una cata, porque los tiempos no son halagüeños en la materia, desgraciadamente. El pimiento de Zamora, para el personal indígena, es un material muy preciado, cosa que sabe el comerciante y de la que sabe aprovecharse, igualmente. A mí es muy fácil engañarme una vez, pero ninguna más. Me ocurrió con un proveedor, que me vendió género "equivocado" -veinte kilos de pimientos "picantes" que no picaron- y, como es lógico, nunca más me volvió a vender nada.
Su precio no es el mismo al comenzar la temporada, al principio de junio (o antes, con esta historia de los invernaderos), en que es verdaderamente estratosférico; luego, va disminuyendo un poco con la llegada de los veraneantes -abundantísimos, por cierto-, estancándose hasta que éstos reinician su diáspora, momento este en el que el precio pega un bajón importante y se va manteniendo lentamente y más o menos hasta que se difumina a lo largo de septiembre. La temporada se acaba y el estómago descansa, porque forzoso es reconocer que no es lo mismo comer inocentes pimientos italianos que estos bravos e incluso bravucones ejemplares de mi tierra. O sea, todo lo contrario de como es la suave y dulce gente zamorana.
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