Regreso a la orilla. Nuevas gentes, nuevas labores.
31.08.08 @ 07:34:53. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Árbol seco. Acuarela de José Mª Arévalo. 32x43)
Dejo los “Recuerdos” de Drito, para hacer realmente de relator de cuanto, las más de las veces, fui testigo audiovisual de esta nueva etapa en la Dehesa. Aunque el tiempo en el campo, digo, no se mide por el mismo rasero que en la capital (tardó incluso en aceptarse la llamada hora oficial), los años pasan. Pasaron muy deprisa para el señor Rufo y don Nuño que, labradores hasta el fin, marcharon a recoger la nueva “presura”, la definitiva. Cumplido con total sentido el mandato divino –y no castigo- de trabajar la tierra, fueron llamados, como tantos otros castellanos, a rendir la última cuenta: a presentar ante el único Amo y Señor, hoja por hoja, el libro completo de su vida.
Junto con el nuevo “amo”- Drito- y un nuevo cachicán –el señor Julio-, corren por la Dehesa aires nuevos, renovadores. Además del relincho de las caballerías y las diferentes voces de los ganados, se oye cada día un sonido nuevo en el corral del caserío: son las explosiones del tractor, que al ponerlo en marcha el señor Julio a la salida del sol, sobresalta a las aves bobaliconas, que escarban incesantes en los montones de basura junto a las ventanas de la cuadra.
Mariano Fogato, el tantas veces mentado mayoral de muleros, se estableció por su cuenta con una pequeña labranza próxima a la capital en tierras del vino clarete. Los vaqueros Aurelio y Basilio, marcharon con sus respectivas mujeres e hijos a las provincias del norte donde trabajan en industrias florecientes.
Y muchos de los jóvenes que acudían a la Dehesa, aunque por la noche regresaran a Traspinedo, están ahora empleados en fábricas de la capital. La mayoría de ellos, en las relacionadas con el automóvil; actividad que nace impetuosa.
En el cuarto que fue testigo de los más diversos aconteceres, cada vez es más reducido el grupo de obreros (castellanos) que esperan las disposiciones del cachicán, para acudir al corte que les asigna cada día. Son regadores con los que Vidal, el maestro del riego, se las ve y se las desea para atender a su debido tiempo las necesidades de agua en los diferentes cultivos, que ahora todos son ya de regadío.
El problema es menor en aquellos que se riegan “a manta”: Vidal lo soluciona acoplando a las salidas de los sifones mangueras de plástico, moderno material que Drito (don Pedro) trajo de la capital. Por conocer como nadie hasta los más pequeños hoyos y cotarros en cada cacho, las coloca, infatigable, en los lugares más apropiados desde los que el agua se extiende gracias a la pendiente suave y al caudal fuerte que empuja. Sin ser perfecto, el riego es aceptable sobre todo en tierras sembradas de alfalfa o cereal, en las que él solo lleva a cabo tal labor; riego que si no fuera por su tesón y maestría en el trabajo, “quisió” los regadores que serían necesarios. Vidal apenas si descansa desde que nace el día hasta que anochece. Incluso entonces, es frecuente que tampoco interrumpa el riego, pues deja las mangueras en lugares –que sólo él sabe- donde el agua tiene espacio por delante para toda la noche.
El problema serio se plantea, pues, en el riego por “tornas”; en él no vale la sentencia que el cachicán repite de continuo: “¡nada hombre, agua, agua y agua!” Porque los grandes caudales de los que a Dios gracias la Dehesa anda sobrada, rompen las “tornas”, surcos, “malecones” y detenciones. Allí el maestro se multiplica, mas al final de la jornada, derrengado y descontento por labores que no le gustan porque no están bien hechas, exclama malhumorado:
-¡“Ajuares”, que no son más que ajuares! ¡La “risión” del pueblo –añade de verdad dolido- eso es lo que “semos”!
-Nada “jefe” (lo de amo, desde entonces pasó a la historia), como yo digo: ¡agua, agua y agua! –insiste el señor Julio a don Pedro, pese a estar de acuerdo con Vidal en que parte del riego –como éste dice- son ajuares, aunque, por necesidad, lo considera un mal menor sin otra solución.
La primavera se presenta sombría para el maestro del riego: patatas, remolachas y achicorias regadas a corros, bien se “marrotan” en los hoyos por exceso de agua, como por falta de ella en los cotarros. Y es que cada día hay más agua en la Dehesa, pero menos personal que la dirija como es debido. De forma lenta pero continua, los obreros cambian el azadón por las herramientas de las fábricas; los grandes espacios, la quietud y serenidad del campo, por naves y cadenas de movimiento continuo, ajetreo incesante y ruido ensordecedor.
Sabe Drito y lo saben también ambos encargados (cachicán: otra palabra en desuso definitivo), que ya es urgente tomar determinaciones importantes para solucionar el problema, más complicado cada día. Mientras éstas llegan, cada vez ha de ser mayor la extensión de los cultivos que se puedan regar “a manta”. Libres las tierras de “almorrones” gracias a las obras de don Nuño (q.e.p.d.), se pierde la vista en el verdor de cereales y alfalfas.
Comenzó a segar Eugenio “Carreño”, y la guadaña que maneja con destreza, roncha hora tras hora grandes bocados de alfalfa, que alinea perfecta a un costado; pero cuanto más siega Eugenio, parece que la alfalfa se multiplica.
-¡Que no “jefe” –se lamenta el hombre- que “nian” segando de noche, da uno a vasto pa tanto forraje!
-¡A ver...! –es todo el comentario, significativo, de Vidal. Tampoco se arregla la cuestión con varios “guañinos” que “vinon” de “quisió” dónde, pues cuando terminan los segadores por una punta del cacho, la otra ya está en flor, pasada de siega.
El “fergusón”, primer tractor en la Dehesa, trae en la “galera” –remolque que sustituyó a los carros- a cuantas mujeres quedan libres en Traspinedo; y cuanto más duro es el trabajo, más cuentan lo “superior” que están las compañeras que se colocaron en la capital o “sirven” en “la capital”, Madrid, Bilbao...
Seca ya la alfalfa, aunque todavía “amorosa”, enrollan las hiladas que dejaron perfectas los “guañinos”. La tierra se cubre pronto de promontorios: pequeños haces huecos, esponjosos, sin cuerda que los ciña. Cuando el tractor entra en el cacho para acarrear, los regadores dejan su corte; aunque “muden” el agua a las “tornas” más largas, al fin es Vidal el que intenta arreglar los desarreglos, porque sola, el agua se va por donde no debe. Cargan la galera con “garias” de mango largo, y los regadores vuelven luego a lo que debiera ser su principal labor.
-¡Que no “pue” ser, que no pue ser..., que esto no son más que “ajuares”! –repite Vidal cariacontecido una y otra vez.
Descargan con rapidez el remolque en el almacén del caserío –ahora todo son prisas- para aprovechar la capacidad al máximo y no “parir” en el camino. El cacho del Olmo es, no obstante, un mar de flores azules, que en vano tratan los “guañinos” de segar antes de que el forraje se endurezca con la hermosa pero perjudicial floración.
Sabe Drito y lo saben también el señor Julio y Vidal Peduco, que es preciso tomar determinaciones importantes. Cada vez bajan menos mujeres a enrollar alfalfa, y los segadores no dan ni con mucho a basto; menos con el remolque volando –ahora todo son prisas-, hacia el almacén del caserío. Para terror de los regadores, al poco tiempo entra de nuevo “la maquinaria” en el cacho con estrépito de cadenas. Dos regadores vuelven a “dar” los haces con las “garias”, y uno, subido en la galera, los coloca en condiciones para aprovechar la capacidad al máximo sin “parir” en el camino. Mas por mucho que el tractor vuele por los caminos, la alfalfa se endurece y, cuando menos, se pierde una corta de las siete que debieran darse.
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