Regreso a la orilla. Castilla es tierra viva.
25.08.08 @ 08:57:28. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Cerros al atardecer. Acuarela de José Mª Arévalo. 32x42)
No se me alarmen, que no les voy a endosar mi novela –inédita- que lleva parecido título. Sin que se dieran cuenta (o sí), ya lo he venido haciendo, si bien de forma puntual, y reducida a simples artículos en algunas de las narraciones pasadas. Quiero hoy cumplir, muy gustosamente, la recomendación de un extraordinario amigo, que me indicaba la conveniencia –puesto que tan bien conocía yo el campo castellano- de extenderme algo más en alguna descripción paisajística, estilo “delibiano”. Nada más grato, ya se lo dije, aunque me puso un listón demasiado alto. Como al que hace lo que puede no se le debe pedir más, lo intentaré. Espero que sus críticas –de él y de ustedes- a tal empeño, no sean demasiado severas.
Encuadrado en la tercera parte (“Regreso a la orilla”) de lo que algún año de éstos espero sea una novela, utilizo la imagen de Drito, que tantas veces contemplé en la Dehesa:
Cuando terminaba de cumplir sus “deberes labradores” o haciendo un alto en ellos, acostumbraba a sentarse en un sifón para el riego, desde el que dominaba la vista inigualable (para él y para muchos castellanos de estos pagos) de las laderas peñalberas, el cerro donde muere el páramo, el derrumbe del mismo en las míticas Derroñadas, donde Drito “recordó” o se inventó, que no lo sé, la famosa batalla que lleva su nombre en la guerra contra los invasores del Islam (Reconquista), o la cabaña que construyó su hermano Íñigo en un rellano de la ladera, contrapendiente del páramo. Lugar donde existiera y existen restos de un castro celta (Vacceos del valle del Duero). Como permanecía absorto, más o menos media hora de la tarde, un día le pregunté…
Me confesó su secreto, que, con su permiso, les transmito; aunque nunca con la belleza de sus palabras: Bendigo la naturaleza que contemplo, me dijo más o menos, porque veo en ella lo que nunca podremos hacer los hombres: las cárcavas que compartimentan la ladera (para él era única) con surcos profundos que labra (como al olmo viejo de Machado, creo que me dijo, que lleva en la corteza escrita en grandes surcos su historia de nobleza…). Ladera en que la lluvia torrencial, los toboganes de arcilla en colores de variados matices, rojo, verde, gris o blanco que, unidos a los fulgores del yeso cristalizado sembrado en ella, con el sol naciente u ocaso, son una perenne alabanza silenciosa y bella a la obra salida “muy buena” de manos del Creador; y a la vista de la línea continua que se dibuja nítida en el horizonte y que es el cerro, donde desde aquí comienza el páramo; también bendigo –añadió-, al tiempo que desde aquí recuerdo el asombro que a Rodrigo y a mi nos producía, contemplar la llanura sin fin, recorrida por nuestra juventud infatigable un día sí y otro también en largas andaduras de caza: para echar las perdices, tan bravas, a la ladera donde mejor batirlas.
En alpargatas y sin protección alguna en la cabeza – continuó con sus peculiares y no fáciles de reproducir y tan castellanas palabras- caminábamos durante horas, husmeando lo inmediato (hasta las huellas de la liebre solitaria) y, de vez en cuando, la vista a lo lejos, donde parecían unirse –como en la mar de nuestra añorada Cantabria- el cielo con la tierra. Caminábamos para alcanzar la conjunción de ambas bellezas singulares –cielo y tierra-, pero seguíamos siempre viendo lo mismo, sin alcanzar nunca el “finis terrae”. En los descansos mínimos, Drito pensaba, o por lo menos eso, creo, me dijo, que donde de verdad se unían (cielo y tierra) era en sus corazones jóvenes, enamorados aún sin saberlo, de la que por ser impresionante belleza cuasi infinita, llevarían siempre gravada. Ni un cotarro en ella –decía-, ni un ligero desnivel, sólo llanura y más llanura con las pequeñas protuberancias sólo de los “majanos” (piedras en montones). Por eso corrigió lo antes dicho de bendecir, porque no soy yo quien bendice a su Creador –afirmó seguro-, sino que es el mismo prodigio natural quien lo bendice con su belleza agradecida.
Cuando al fin - terminó las consideraciones que en absoluto me parecieron “troncosas”- alcanzábamos el cerro, como verdadero final de la mar tenebrosa, no contemplábamos el caos, no. Veíamos desde nuestra atalaya insólita un nuevo mar, éste de frescura cuasi insultante; una nueva naturaleza que bendecía a su Artífice, desde el verdor de extensas manchas de pinares, con olores a tomillo y romero, de una amplia vega gozosamente feraz, de cultivos regados por las aguas que afloraban abundantes, tras permanecer durante siglos ocultas en la panza del páramo. Y allá en la lejanía, donde apenas si alcanzaba la vista, nuevas laderas muy “pinas”, éstas cubiertas de robles centenarios; y en lo más alto de ellas, nueva línea marcada en un horizonte tan limpio como lo es el cielo castellano, y nuevo cerro, éste interrumpido por gigantes: atalayas dibujadas en forma de enormes encinas milenarias cuya belleza bendecía también al Creador del nuevo páramo y del valle contenido entre ambos.
Sin caer en el mentado “tronco”, escuché de sus labios estas impresionantes declaraciones, que tal vez por lo sencillas y que aún a riesgo de provocar alguna sonrisa “condescendiente”, no puedo dejar de relatar: Todo esto es lo que pasa por mi mente – no son, claro, palabras textuales- sentado en el sifón desde el que, como en una película, intento asimilar una doctrina nueva y vieja siempre, como la vida misma, como el Evangelio: la que sin voces, suave pero firmemente lleva a acercarme por ver a Dios en los elementos; los que en su día, sólo nos extasiaban. Son los mismos, pero la diferencia es notable. Es ahora una “contemplación activa”, que me adentra en el misterio de Dios, en el camino que lleva a Dios. Lo escuché, providencial, -añadió- de boca de un hombre que hoy está en los altares; por tanto, de nuestros días, San Josemaría Escrivá: “Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes (¿no lo eran para nosotros éstas?), que tocas a cada uno de vosotros descubrir”…Así –seguía diciendo- cuando un cristiano desempeña con amor (lo hacíamos, lo hacíamos) los más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día”.
Rodrigo y yo, Drito, teníamos a “huevos”, con perdón, hacer de los endecasílabos, verso heroico, con las menudencias –y vale creo, me dijo, para todos- de la tarea diaria, de los problemas y alegrías que encontramos a nuestro paso. Amábamos sí las bellezas de esta tierra, pero las valoramos ahora según su más justo valor: el que tienen para Dios. ¿Y cómo no lo van a tener siendo contemplativos con cuanto era y es obra suya? No se extendió Drito demasiado en tales consideraciones ¿troncosas?, pero sí lo suficiente para entender divinamente el relator el porqué de ese tiempo “perdido” y encaramado en un sifón mirando a lo lejos.
El páramo, la ladera, el valle, el cerro, ahora con más sentido sobrenatural, me parecieron aún más bellos. Y las criaturas inanimadas, al igual que las animadas, me hicieron “levantar” también la vista: allá donde el halcón dibujaba círculos muy amplios, sin mancillar nuestro cielo: inmenso y limpio el cielo castellano. O sea…
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