Regreso a la orilla.La guerra de las remolachas.
21.08.08 @ 07:54:59. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Hacia Boecillo. Acuarela de José Mª Arévalo.34x54)
Poco antes de amanecer, al fin cesó la lluvia. De nuevo el numeroso grupo de castellanos camina alegre hacia el trabajo con aceptación ejemplar en la dura brega que les ocasionan las remolachas, cuyo trabajo es raro el día que no depara alguna sorpresa, normalmente desagradable. Mariano Fogato, silencioso sobre la burra, es quien parece más preocupado; lo expresa en gestos significativos, cada vez que mira las tierras del todo encharcadas. La cuadrilla de mujeres se quedó en el pueblo, pues con el agua caída, les sería imposible “escular” remolachas. Mas no estarán inactivas las castellanas mientras haya alguna habitación que enjalbegar en la casa, cemento o baldosas en el zaguán donde dar almazarrón.
En el caserío, el señor Rufo advierte a los muleros que al cargar las remolachas de los montones, no echen muchas en los carros para que no se atasquen por el peso.
-¡“Quisió” si no nos quedaremos todos en el cacho! –dice Mariano, al que no se le ha quitado la cara de preocupación que ya traía desde que salió del pueblo.
Al poco tiempo dos carros marchan ligeros, con el ganado chapoteando en el camino que es todo un charco; de momento no tienen problemas, porque ruedan sobre el firme bien compacto de grava apisonada. Cuando llegan a la tierra, aquello parece una laguna, y los pequeños montones de remolachas, islotes dentro de ella.
Mariano entra decidido con la mula “de varas” cogida del ramal. En cuanto las caballerías pisan la tierra removida por los picos al sacar las raíces situadas a cortos intervalos, se hunden hasta media pata. La Capitana, mula que va en “tiros”, avanza a pechugones; y el carro, que por ser de capacidad considerable también lo es de peso, se hunde un poco más. Fogato mueve la cabeza y, aun sin estarlo él, anima con voces a las mulas que parecen llevar plomo en los cascos. Nada más adentrarse el carro tan solo unos metros, produce enormes roderones que dificultan el giro de las ruedas, en las que los radios baten el barro que les llega a mitad de su longitud.
Metido el buen mulero hasta casi las rodillas en el fango, está indeciso. Tiene el montón ya cerca, pero el ganado pierde fuerza y se inquieta al avanzar sólo a punta de látigo con repetidos “embites” dentro de un verdadero lodazal. Llegados al montón de remolachas, lo cargan al fin y aunque el peso no es grande, decide –prudente- salir de allí cuanto antes.
Una cosa es lo que Mariano quiere, y otra conseguirlo; pues el carro se hunde más y poco le falta para que el barro le llegue a los bujes. Al girar de cara al camino, la Capitana se anima con la querencia y da un pechugón tan impetuoso que rompe el tiro. El mulero lo repara sobre la marcha como buenamente puede, y enseguida vuelve al trajín.
El repertorio, lo más escogido y grueso del vocabulario particular de Fogato, y los chasquidos del látigo, excitan al ganado que tiembla y se fatiga con resultados muy pobres.
-¡ “Cagüen el sol pintau!, ¡arree muulaaaa!, ¡¡ay la órdiga”...!!
Avanzan unos metros, chapotean sobre el propio terreno, y la mula de varas, la Catalana, se niega. Mariano, que echa chispas, se ve obligado a “quincharla” con el palo del látigo en la barriga, a la vez que suelta otra buena retahíla de palabros. Más que tirar, lo que en realidad intenta la mula es salir de la trampa y, nerviosa, aturdida por las voces, la Catalana resbala y cae temblorosa al barrizal, prisionera con los propios arreos entre las varas del carro. Fogato entonces se desgañita, pero ya, ni “cagüen diez”, ni la “órdiga”, ni nada. Por más que fustiga el látigo y tira la Capitana por delante, haciendo el animal cuanto puede, no hay quien consiga mover a la mula que parece aplastada y con tal terror, que infla hasta casi reventar los ollares por los que echa “verrón”. Impotente el mulero, llama entonces a los hombres de la cuadrilla y, todos a una, pretenden lo imposible; lo que se dice levantarla, no lo consiguieron en absoluto; pero llegaron, eso sí, a ponerse todos de barro hasta las cejas.
Mariano, que vino silencioso por el camino desde Traspinedo sin comunicar a nadie sus temores, dice ahora pesaroso:
-¡Si cuando lo decía ó...!
En este momento, y siempre oportuno, Santiaguillo se acerca solitario con cara de guasa hasta la mula caída.
-¡Eso esperaba hombre, que vinieras tú a levantarla cuando no “tiés nian” las fuerzas de un gurriato en pelo malo! –le dice con buen humor Fogato, pese a la situación. Y enseguida:
-¡Anda, anda, quita, “quítatediahi”, mira que te, que te, que te...!, no se sabe si del todo serio o medio en broma. Y Cagaris, sordo a guasas ni amenazas, se acerca impasible a la mula. Después de no sé qué extraños manejos, la Catalana pega un bufido tremendo y se levanta de golpe “rilándose” hasta las orejas.
-¡Pa mi que la has partido el rabo Cagaris! –dijo Fogato con otras palabras, hablando mal y pronto, aunque reconozca la agudeza sin igual de Santiaguillo.
-¡¡Venga “áhura” todos a las ruedas!! –añade rápido el mulero, antes de que se le caiga otra vez el animal.
Si para entonces ya estaban embarrados, al agarrarse a los radios y empujar fuerte con todo el cuerpo, se pusieron que ni revolcados en el lodazal.
-¡Anda bonita!; ¡¡ahí, ahí!! –grita animoso cuando ve que, al fin, el carro, aunque lentamente, se mueve.
-¡Anda “agudo” Luis, “trai pa cá” la Molinera y engánchala “reseguida” también a tiros! –vocea al otro mulero que espera en el camino, sin atreverse a entrar hasta ver en qué paran los “ajuares” del mayoral.
Entre las tres mulas y empujando todo el personal, consiguieron sacarlo del atolladero; aunque tan fatigados, que no podían ni hablar tras el esfuerzo. Cuantos de verdad hayan vivido el campo en épocas tan difíciles, saben de tales “aconteceres”, que no por adornarlos con cierto tipismo nostálgico, dejan de ser ciertos y verdaderamente extraordinarios.
Sin que tras lo relatado, tal vez un poco adornado pero cierto, no sean precisas muchas palabras ni alabanzas, pues tantas penalidades hablan por sí solas, ¿no será bueno –me pregunto- que al menos se reconozcan, y mejor aún se tengan en cuenta los caminos del pan a la mesa de los españoles, los del azúcar a la hora del café, los de...?
Públicamente pido perdón –“recuerda Drito”- a Silviano, a Vidal Peduco, a Mariano Fogato, Nicasio, Leocadio..., y tantos otros, si con el relato de sus trabajos, manera peculiar de expresarse y de llevarlos a cabo, provoqué a su costa algunas sonrisas en los lectores. No es otra mi intención (ojalá lo consiga), que acercar al campo a las gentes de la capital; que se les agradezca con los medios necesarios para que al menos tengan una vejez tranquila (otros ya tendrán más y mejor premio) por las penalidades sufridas, y para que cuantos no hayan tenido ocasión de conocer tantos y tan duros avatares, ahora les profesen la consideración y respeto merecidos.
Me complace, sí, la sonrisa en la que también a veces participo, pero más me complace que se haga justicia. Es una deuda pendiente con el castellano sencillo, con el obrero a jornal sin otra ayuda que “cuatro cachejos” de tierras propias. Españoles de primera ante los que es preciso descubrirse.
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