Aquí no se queda nadie
17.08.08 @ 07:32:37. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Hacia Renedo. Acuarela de José Mª Arévalo.34x54)
No hace muchos días le decía a mi amigo Foramontano y compañero de blog, José Mª Arévalo, que había encontrado un filón de oro en bruto con el título general “La falsa paz del desorden”. Considerando múltiples aspectos que la podían producir, tenía “corte” -le decía- para todo el “largo y cálido verano” (según nos anticipan estos días los hombres del tiempo). Y que, si Dios es servido y como todos los años últimos -6-, paso con mi mujer en la españolísima y bella Lanzarote, tan afortunada entre nuestras Islas Afortunadas; y afortunado el que suscribe por estar en ella. Pues va a ser que no (lo del filón). De un “internetazo” (antiguamente llamado plumazo ¡o calamazo!), con el título de hoy, me cargo todos los temas y resumo (eso no me lo creo ni yo) todos los que me rondaban y sus consecuencias, con el presente artículo. De él espero al menos la virtud, de que su aburrimiento sea de una vez por todas, y no todo el santo verano dándoles la matraca con los que, le decía al antes mentado, me salían a borbotones. Sin más, comienzo:
-¿ No te digo que ahora va el Papa y dice que ya no hay infierno…? –me espetó quien hasta el presente me había manifestado importarle un rábano esto y tantas otras cosas “pías”. Como por lo general ocurre con los resabiados disconformes.
Y no fue sólo éste “pájaro”; sino que diferentes medios de comunicación verbal y escrita -“aves” también que se apuntan a un bombardeo-, los que se despacharon a gusto con las “mentiras temerosas” que nos habían inculcado los doctores de la Santa Madre (omitían, claro, títulos tan rimbombantes) Iglesia.
Si hasta el Papa (mía también la mayúscula) lo ha dicho, y ampliaban la noticia: el demonio, Lucifer, diablo, Mefistófeles y tantas ridículos apelativos –dijeron-, con cuernos tridente, pezuñas y rabo(cola), fueron engañabobos de niños asustados para que “no se tocasen la pilila”. Delito castigado con el fuego eterno del infierno que arde, entre tormentos insoportables, ¡siempre y sin consumirse! Y, tranquilos (¡narices!), se quedaron tan “oreados”.
¿Entonces…? En qué quedamos, ¿lo dijo o no lo dijo su Santidad Benedicto XVI?- Dijo – y corríjanme, por favor, si no es literal- que probablemente el infierno no sería el del fuego, y tormentos como podíamos haberlo entendido hasta ahora…
Y digo yo –corríjanme, por favor, mi posible deficiente interpretación-, que es muy posible que el infierno (que existe¡¡vaya que existe!!) –lean si no, cuántas veces lo cita el propio Cristo en los cuatro evangelios- no creo que sea sólo el de las “calderas de pedro botero”, que no es absolutamente descartable, sino que lo imaginaba de otra forma, tal vez más en consonancia con lo manifestado por Su Santidad. Procuraré explicar y explicarme desde mi opinable, claro, punto de vista.
La felicidad por la que nos despepitamos todos en la tierra, la mayoría de las veces tiene mucho que ver con el amor, del mismo que ya traté en algún artículo precedente. Con mayúscula o minúscula, pero amor.
Amamos, pues, según los casos, a nuestra mujer, a nuestros padres, amigos, “querida”, “amiguita”, Señor (con mayúsculas y perdonen el desorden de preferencias), Señora o tantas y tantas variedades, nobles algunas, no tanto otras, por no decir lamentables; pero todas buscando la propia felicidad o, mejor si fuera la de otros, nada menos que con el Amor o amor; siempre con y por el…
Malo, digo yo, sería que nuestro amor fuera “el vientre y nuestra gloria la vergüenza”. Yo me examino y me permito sugerirles que lo hagan ustedes, por dónde van nuestros amores… , porque convencido estoy que no hay fuego mayor, ni más inextinguible; calderas de pez hirviendo, tridentes más dañinos, tormentos, en fin más insoportables, que carecer de Amor y amor… y “amoríos”¿eh?, ¡¡para siempre!!
Como aquí -y eso no lo niega ni “Abundio que fue a vendimiar y llevaba uvas de merienda”- no se queda nadie, y puesto que ni el Papa, ni san Apapucio (con perdón), ha dicho que no existiera el infierno (que existe, ¡¡vaya si existe!!), no nos vendría mal, aunque sólo fuera “por si acaso”, examinarnos –como alguien importante dijo, lo harán “allí riba”- sobre todos los amores y si merece o no la pena prescindir ¡de todos ellos! y como ya dije, ¡para siempre!
Así pues, no me parece descabellado imaginar las penas del infierno desde esta otra vertiente, como más humana.
Alguien dijo también, que el cielo y el infierno lo comenzamos a “disfrutar” (las comillas donde procedan) “aquí bajo”. Pensando en la carencia o abundancia ¡total! de amores, ¿les sigue pareciendo tan descabellado interpretar de esta manera las horrorosas penas del infierno o las delicias del verdadero y definitivo Paraíso?
Aunque prefiera pensar en la segunda de las opciones (“a la que estamos tuertos”), no es excluyente. Porque existe, ¡¡vaya que existe!! ¿Que no? Pues mire usted, de verdad que no quisiera comprobarlo cuando ya no hay remedio. Y mire usted por cuanto, ni me llamo Abundio, ni voy a vendimiar (que uno está ya más bien… roto), ni llevo uvas de merienda.
Ya sé que mis argumentos no son del todo convincentes porque nada he razonado al gusto de los tiempos, pero yo que tú (perdona la familiaridad), tampoco lo “echaría en saco roto”…. Por si acaso. Y que conste, que no pretendo aconsejar, yo… ¡digo nada más! Nos vemos. Pero por fa, mejor “allí riba” ¿no? O sea: de acuerdo-¡faltaría más!- con Su Santidad.
Y no te preocupes, querido Foramontano, que desde la isla de Lancelot, la inspiración llega sola. Sólo pido, que el malhadado Zapa, no nos dé el verano con sus persistentes vuelos como cuando lo de la tristemente, y vergonzosamente, Mareta… “mente”.
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