Regreso a la orilla. Una maña improvisada.
12.08.08 @ 07:41:36. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante Alonso

(Canal de Castilla, en el barrio de La Victoria. Acuarela de Manuel Prieto Hernández.52,5x32)
El silencio durante el largo relato al amor de la lumbre, fue absoluto. Cada cual tiene ahora en las mientes lo que cree parte de su historia; aunque remota en el tiempo, viva y actual por el relato de don Nuño al que, sin serlo, consideran allegado al conde valeroso de nuestra historia.
El agua que cae incesante, golpea el cristal mugriento de la ventana en la habitación de los castellanos. Silviano saca con disimulo el que llama “moquero” y abre con él un “bujero” de limpieza; mira después hacia las laderas, y sin saber por qué, ve su “obrada” de tierra en Villabáñez y la modesta casa, recibidas ambas de sus padres y de los padres de sus padres, desde qué sé yo (“quisió”) las generaciones. Una “presura” modesta de la que el hombre se siente orgulloso. También se asoma por el mismo agujero alguno más de los presentes y en la expresión de los ojos se nota que corren por la imaginación escenas guerreras traídas por la vista de las Derroñadas, en las que el agua abre ahora numerosas cárcavas y torrenteras.
Cerca del mediodía, los pastores, el cuadrero, el cachicán, el tío de Drito (don Nuño) –todos vecinos del caserío-, se reúnen con los castellanos en el cuarto y deciden comer juntos. Cada uno de los de Traspinedo aportará la “merienda” que trajo en las alforjas; y los que viven en el caserío, su propia comida más alguna cosa que afanaron en la “razzia” por la despensa. Comienza el señor Rufo por colocar sobre la mesa algunos panes recién sacados del horno, tiernos, olorosos; antes de comenzar, se santigua en breve pero significativa (¿por qué hoy no?) bendición. De las alforjas salen gran variedad –que no cantidad- de viandas, ni con mucho tan exquisitas como para figurar siquiera en un modesto menú, pero con la ventaja considerable de ser lo mejor -y lo único- que cada uno trae “pal gasto”. Excelente comida por tanto, puesta a disposición de cuantos comparten ¡alegres! estrecheces, trabajos y descansos, en la mejor de las camaraderías.
-¡Coja “un poco fresco” don Nuño! –invita Leocadio-, que aun siendo comida de pobre y “anque” esté mal el decirlo, “la mi” Lucía lo pone como los mismos ángeles. Coge don Nuño un poco de pescado –chicharrillo- y para satisfacción de Leocadio, lo come con verdadero gusto y excelente apetito, sin que después omita las justas alabanzas al guiso.
-Pues yo digo, Leocadio, que el besugo no es comida de pobres ¿eh? –le dice con cierto tono de guasa después de dejar en el plato tan solo cuatro espinas limpias.
-También a mi me sabe a besugo, que no dejo “nian” las raspas-. ¡Que “tié” mi Lucía unas manos divinas! y mismamente no “páice” chicharro, “anque” lo sea; pues si el “fresquero” no lo trae de la capital, no creo ó que el besugo se críe entre los “candrejos” del arroyo pa poderlo coger... ¡vamos, digo ó...! –concluye Leocadio agradecido al elogio, al tiempo que esboza una franca sonrisa.
Los platos que trajo la señá Alberta –con la satisfacción en el rostro de “su hombre” el señor Rufo- con longaniza de la olla, son una delicia para los comensales. Y el queso que guardaba la mujer de don Nuño en la “fresquera”, también es troceado y puesto a disposición de los presentes, sin que, por supuesto, nadie lo haga ningún asco. Igual suerte corre la cazuelilla con “cuatro alerones” de pollo, a buen seguro la comida de toda la familia en “cá” Alejandro el cuadrero.
-¿Celebrabais ya la Navidad? –pregunta con cierta guasa Santiaguillo, mientras deja brillante de tanto “lameretón” el hueso de un “anteala” con el que pone los ojos en blanco.
-¡”Quihacer”...!, cuatro tajadillas que le “hiesquitau” al paquete de Emilio, que “dispués” del “premiso” ya se “tié quir” “pal” cuartel.
-¿Entonces...? –“reprocha” Cagaris con una sola palabra, pero con un tono que lo dice todo.
-¡Cuál!, allí comen de “primera en primera” y no le hacen falta-; que “páice “un “tasugo” “sigún” ha venido el “melitar” –responde y concluye Alejandro.
Cada uno con su navaja y la ayuda del dedo gordo, cogen todos buenas tajadas de escabeche; una lata que en vista del general apetito y lo poco con qué saciarlo repartido entre todos, también trajo don Nuño a la mesa común; escabeche con sabor fuerte a “vinagrilla” que llama bien al vino, del que escancian generosamente sin que repose mucho el garrafón. Pan y vino extraordinarios de los que, como excepción, allí no andan escasos.
Alejandro no quita el ojo a la lata, que es grande como la que tiene (“tié”) en la cuadra y sobre la que toca largas horas con palillos a modo de tambor, para tranquilizar al ganado.
-¡Ya “tiés” pa un tamboril de repuesto Alejandro! –le dice Lucio que se dio cuenta de las miradas insistentes del cuadrero a la lata.
-¡Anda “tontoanda”, “a vei” crees que lo del “envás” vacío que tengo al uso se lo han comido los perros! –responde el cuadrero muy digno, y orgulloso de la procedencia del más simple de los instrumentos.
Entre bromas y a fuerza de pan y vino, poco comestible queda sobre la mesa cuando la “señá” Alberta trae un puchero con café, sin que falte después anís del Mono y Veterano.
-¡Esto “páice” la maña! –exclama Basilio entusiasmado, los ojos colorados y excesivamente llorosos; lágrimas y color que se acentúan después del copazo de “sol y sombra”.
-Pa mi “quihace” algo de humo la chimenea ... –dice el hombre al saberse blanco de muchas miradas.
-¡No “tiés” tú mal humo! –replica, claro, Cagaris-. ¡Los jarrillos que “tihas” “enveredau”...!-¡A ver...! –remata Víctor.
Anochece sin dejar de “escañar” agua, por lo que el señor Rufo pregunta a don Nuño si enganchan los carros para llevar al personal a Traspinedo. Accede desde luego, e indica que pongan en ellos las lonas de la gavilladora guardadas en la panera.
Cuando los castellanos que trabajan en la Dehesa entran bulliciosos en el pueblo, se enciende la luz en algunas de las casas cuyos dueños, por la tristeza del día, de seguro ya estaban “enroscados” en la “piltra". Mañana, “digo ó”, será otro día…
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