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Regreso a la orilla. La batalla de las Derroñadas.

Permalink 08.08.08 @ 15:35:59. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Pinar y cerros. Acuarela de José Mª Arévalo. 34 x 43)

Aunque don Nuño hace una pausa en el relato (a veces no muy bien comprendido, que doy fe como testigo de ello), no sucede lo mismo con los elementos desatados; pues, como si no hubiera llovido nunca, el agua cae sin parar de forma torrencial. Imposible que los castellanos vuelvan por el momento a la saca de remolachas, tan bruscamente interrumpida por el descomunal aguacero. Ni ganas tienen –la verdad sea dicha- ansiosos de saber en qué acabará la historia. Es tan intrigante, que el tiempo pasa sin sentir tan ricamente en el cuarto, de lo más agradable por el calorcillo que brota de la chimenea. Después de que todos le dieran un tiento a la bota, escuchan atentos la narración que continúa :

“Don Nuño Núñez, fue uno de los capitanes valerosos que, como el conde don Pero González, prosigue victorioso la reconquista iniciada en Covadonga. Foramontano también, aunque por diferente itinerario, avanza desde los riscos de Cantabria”.

Sonríen los castellanos por la coincidencia del nombre, y don Nuño, el de la Dehesa claro, reanuda el relato: tras rebasar el Arlanza y el Arlanzón, su ejército se aproxima al Duero, siguiendo el curso de otros afluentes como Esla y Órbigo. El poderío musulmán se conmueve, y de nuevo otro ejército no menos importante procedente de Andalucía, progresa a marchas forzadas y arrasa cuanto se le opone hasta alcanzar el Duero en las proximidades de Peñalba.

Calla don Nuño en lo que refresca con un trago; los hombres se remueven inquietos, no muy seguros de que, mentado el propio terreno, incluso pudieran salir a escena...

“Los cristianos –prosigue-, dominan las alturas y esperan serenos el momento oportuno para atacar. Ambos ejércitos se vigilan estrechamente, uno a cada lado del río. Inferiores en número mas no en valor, los de don Nuño (no, claro, el tío de Drito) se preparan para la batalla que se barrunta inminente. De acuerdo con las órdenes recibidas de su capitán, los vigías observan con detalle todos y cada uno de los movimientos en el campamento de los moros que, instalados cómodamente en el valle, holgan tranquilos en la frescura.

El ya anciano monje Silviano (silencio y sonrisa en el de Villabáñez), infunde valor a los cristianos recordándoles la gran victoria en Covadonga. Una vez que conocen cuantos detalles les interesan del enemigo, los mandos se reúnen con don Nuño, y preparan el plan de ataque”. Breve pausa, silencio absoluto, nuevo trago de la bota, y enseguida:

“La víspera de la Virgen de Septiembre, cuando ya es noche cerrada, lo más escogido, la flor y nata de los foramontanos de don Nuño (nuevas sonrisas y silencio), se desliza con sigilo hacia el vado que está al pie de las Derroñadas. Con la mayor cautela, lo atraviesan como sombras sin que el enemigo se aperciba de ello. Agazapados entre el forraje de la ribera, se conceden un respiro (los castellanos ni a eso se atreven) y repasan el plan preparado con antelación. Los foramontanos están distribuidos en pequeños grupos y cada cual tiene una misión perfectamente estudiada y planeada desde la altura. La luz de una antorcha describiendo círculos allá arriba, es la señal convenida con la retaguardia.

De inmediato suenan amenazadores gran número de cuernos de guerra con la orden de ataque. A la llamada, sorprendente para los moros, se une el chocar de las espadas con estruendo infernal sobre los escudos de todos los cristianos apostados junto al cerro. Ante el fragor repentino e insólito, despierta sobresaltado el campamento de infieles. Es el momento esperado. Los de la avanzadilla, incendian y atacan por numerosos lugares a la vez, cual si el campamento estuviese rodeado por gran cantidad de cruzados. Entre las voces de alarma, el relincho de las caballerías aterradas por la vorágine de las llamas, y el ruido tremendo -incesante y en aumento- de las espadas sobre los escudos y que repite el eco en las Derroñadas, la confusión es total. En el desconcierto, viendo enemigos por todas partes, los moros se hieren unos a otros en la oscuridad, o al resplandor de los incendios que deslumbran.

Los cristianos vocean enardecidos por todos los lugares del campamento: ¡¡Castilla, Castilla y san Yagüe!!; gritos que incrementan el pavor de la morisma aterrorizada. El enemigo corre enloquecido en todas direcciones, con lo que se multiplica el ejército imaginario.

Con el día que ya amanece, las huestes moras se organizan con relativa calma y tratan de descubrir al invasor misterioso que, tan de repente como se lanzó al ataque, se lo tragaron las sombras entre los zarzales de la ribera. Una vez descubiertos -porque a posta se dejaron ver-, cruzan con rapidez el río, perseguidos (los castellanos se ponen de pie) por un ejército potente, pero tumultuoso y desordenado. El caudillo moro, lleno de furor al frente de los suyos, anima al exterminio del grupo reducido de cristianos que tras su osadía, trepa por los toboganes de arcilla hacia lo alto de las Derroñadas.

Aliados con los elementos, de pronto el cielo se cubre por completo, y como furia terrible de otros mundos, suena imponente el trallazo del trueno. Con él se rasgan las nubes y dejan caer verdaderas trombas de agua, que al no empapar en el suelo arcilloso, se desatan en torrentes por las laderas. Millares de guerreros infieles comienzan la ascensión por la pendiente escurridiza; pero hollada la arcilla como se pisan las uvas en el lagar, se pega al calzado de los sarracenos en calzos cada vez más altos, que les impiden el acceso a la posición de los cristianos. Si ya de por sí es grande la dificultad, se incrementa con el tumulto de gentes que se debaten inútilmente estorbándose unos a otros.

Don Nuño aprovecha esta circunstancia providencial, para dar la orden a los arqueros: infinidad de flechas surcan el espacio al instante y causan estragos entre los moros que, impotentes y en tremenda confusión, caen a cientos por los toboganes; desorden aún mayor al acudir nuevas tropas deseosas de medirse con los cruzados. Es cuando los foramontanos, montañeses en su elemento, aprovechan para despeñar tremendas moles de piedra y arcilla desde lo más alto de la cortadura. Entre el alud, la lluvia que no cesa, y el griterío, la confusión es total. Cunde el pánico y los moros son arrastrados en masa por la avalancha.

Herido de gravedad el propio caudillo moro, ordena la retirada. Pero el vado sobre el que poco antes reían las aguas, ya no lo es, pues ahora bajan recias, turbulentas, y les impiden el paso. Los cruzados con su capitán al frente se lanzan decididos al ataque para explotar el éxito –así fue de tremenda esta guerra-, pisando sobre innumerables bajas que cubren el barrizal.

El triunfo de los cristianos es completo (impresionados hasta el presente los castellanos, al fin sonríen), y en la tregua que sigue a la gran batalla –don Nuño parece que termina- el enemigo secular recoge los humanos despojos y procede a enterrarlos en terrenos inmediatos: el cacho del Camposanto, tal y como se le llama desde entonces hasta nuestros días.

Dicen las crónicas, que el día de esta gran victoria fue el que se conmemora el nacimiento de la Virgen (la Virgen de Septiembre), a quien don Nuño encomendó el buen fin de la batalla.

Unido luego el ejército victorioso al no menos importante en grandes éxitos de don Pero González, prosiguen juntos la reconquista con la que al fin conseguirá la expulsión total del enemigo invasor. Sólo algunos, “de las lanzas forjaron rejas para los arados y de las espadas hoces y podaderas”. Los que antes fueran bravos guerreros foramontanos, ahora con nuevas armas, éstas para la paz, se quedaron en la reciente “presura”: la que, como recuerdo, en principio llamaron Bardulia (“la Chica”) y hoy, Dehesa de Peñalba “la Verde”.


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