Regreso a la orilla. Foramontanos al amor de la lumbre.
05.08.08 @ 07:24:42. Archivado en Artículos
Carlos de Bustamante Alonso

(Acuarela de Trevor Chamberlain en su libro Light and Atmosphere)
Por aquellas calendas nunca se oyó hablar de gotas frías; pero si las hubo, aquélla fue en verdad temerosa. Don Nuño (como siempre, el tío de Drito y que, presente entonces, anotó en sus “Recuerdos”) entra empapado en la habitación donde los obreros (los “castellanos”) se secan junto al fuego. Nadie conserva prenda alguna seca después del aguacero que les cayó encima durante el camino del “corte” al caserío. En seguida le aborda Silviano, el cazador de Villabáñez.
-Se “alcordará” usted, que cuando hicimos la “sanja” en el cacho del Camposanto y salieron “quisió” las fosas, algo nos dijo usted de que eran de moros. Y digo ó que mientras escampa... –insinúa el cazador, en tanto que los demás sonríen recordando, sin duda, la broma de Santiaguillo Cagaris con el “esqueleto fresco”.
-No es mal día, no, para recordar la historia de tu bisabuelo... –dijo don Nuño con una miaja de guasa, pero complaciente. -¡A ver...! –da Silviano la rotunda conformidad. Se hace un profundo silencio y don Nuño comienza un largo relato:
“Hace ya más de mil años, la sangre derramada por nuestros antepasados, hizo posible reconquistar estas tierras a los moros, que por entonces dominaban gran parte de España. Fue una guerra sin cuartel, que tuvo en el conde don Pero González a uno de sus mejores capitanes.
Cántabros, astures y vascones, vencidos mas no sometidos, tuvieron que refugiarse y se hicieron fuertes en sus casi inaccesibles montañas. Tal era el número de los que se acogieron a ellas, que a duras penas podían sustentarse en los hermosos mas reducidos valles. El conde y otros no menos bravos, decidieron emprender la reconquista desde sus montañas o morir en el empeño. Al principio apenas si encontraron resistencia, pues los hijos del Islam (que así se les llama también a los que nosotros decimos moros), ante la salida impetuosa de los cristianos fuera de las montañas, cedieron el terreno que no les era favorable y se replegaron más al sur. Establecieron una línea de resistencia en las casi desérticas llanuras de la extensa región llamada Bardulia, de la que hoy forma parte ésta que hoy llamamos Dehesa de Peñalba la Verde.
Don Pero dio la orden de hacer presuras, es decir, que apresaran al moro todo aquel terreno que pudieran defender, primero con la espada, y cultivar luego con las armas capaces de someter la tierra: el arado y la azada. Los capitanes cristianos, tomaron con sus huestes caminos de progresión diferentes. Eran por lo general, antiguas calzadas romanas, como la que conocéis, hecha con lanchas de piedra, en el camino a Tudela y que termina en la puente hundida. Los guerreros cristianos sólo se unen cuando el enemigo común hace lo propio e intenta arrojarles de nuevo tras las montañas. Más importante incluso que las armas, fue su gran valor, la seguridad en la victoria, y la confianza en que de su parte estaba la Divina Providencia.
Una noticia formidable llega al campamento del conde; la trae un personaje singular: Silviano, un guerrero-ermitaño recio y valeroso”.
Pendientes de las palabras llenas de intriga con que les habla don Nuño y absortos los hombres, apenas si se enteraron del nombre pronunciado, coincidente con el del cazador de Villabáñez. Al sentirse mentado, sólo él muestra una franca sonrisa sin que hiciera ningún comentario.
“Caballero el monje en poderosa cabalgadura de combate –continúa don Nuño-, lleva un bagaje muy especial: un escudo de gran tamaño con la cruz de Santiago, espada tremenda al costado de la silla, el azadón sujeto al otro, hábito pardo descolorido sobre la cota de malla, y un crucifijo tosco de hierro pendiente del cuello con una cadena muy gruesa.
-¡¡Don Pelayo ha derrotado a los infieles!!, ¡¡don Pelayo ha derrotado a los infieles!! –repite gozoso a grandes voces.
Llevado a presencia del conde don Pero -capitán de los cristianos que salieron fuera de los montes, y por eso llamados foramontanos-, le informa con detalle de la gran victoria conseguida. El monje-guerrero dice, convencido, que don Pelayo y sus astures vencieron con la ayuda de la Santina (la Virgen de Covadonga) y del señor San Yagüe. O sea, Santiago.
Al grito de ¡viva el rey don Pelayo!, fue muy grande el regocijo en el campamento. Presto, los herreros forjaron cruces –la cruz de Santiago- sobre los escudos. Enardecidos los caballeros foramontanos, prosiguen el avance implacable por el camino elegido. Combatieron con tal ardor, que el moro no tuvo más remedio que retroceder. En esta progresión, llegaron hasta el Ebro, dominaron sus vegas y fundaron numerosos poblados. Confundidos en ellos iglesia y fortaleza –cruz y espada-, Bardulia se pobló de castillos y monasterios en los lugares dominantes.
Las azadas de los monjes, ayudados por los propios combatientes en los días de reposo guerrero, dieron como fruto el suave ondular de los trigales en terrenos ya cristianos de la extensa Bardulia. Tierras y cosechas bajo la protección del castillo inmediato, rodeado en apiñado cerco de paz por las viviendas del labrador-guerrero-artesano. Cuando la señal de alarma dada por el cuerno de guerra recorre la meseta, las campanas del monasterio en el castillo, llaman también a las armas. Descansa entonces la azada y, como por encanto, brota la espada en manos del aguerrido foramontano.
Alarmados los infieles que dominan Andalucía, mandan continuos refuerzos; con ellos, la resistencia que ofrecen los moros es cada vez mayor. No obstante, incontenibles los cristianos, avanzan sin pausa hacia el sur: un ejército poderoso sigue el curso del Ebro; y otro, no menos importante, baja en busca del Duero desde sus afluentes.
El conde don Pero González envejece; más por las heridas sufridas en cien combates que por los años, que también pasan. Ha vivido en continuo guerrear con sin igual bravura de fortaleza en fortaleza, y no pocas veces vertió su sangre por terrenos de su querida Bardulia. Ahora, Bardulia “la de los castillos”.
Florece la primavera en los campos de Miranda junto al Ebro. El cuerno de guerra y las campanas, lanzan llamadas urgentes de alarma: un poderoso ejército musulmán procedente de Córdoba, avanza implacable y arrasa todo cuanto se opone a su paso. Los cristianos, se ven forzados a ceder terreno y replegarse; más o menos ordenadamente, lo hacen hacia el desfiladero de Pancorbo. Reunidos foramontanos, cántabros y vascones en torno a don Pero González, pelean con bravura. Herido una vez más el mejor de los capitanes, aún tiene arrestos para, combatiendo sin tregua, llevar a los infieles a la terrible trampa del desfiladero. Embriagados por la victoria, que los moros creen segura, se lanzan en tromba sobre los cristianos con ánimo de exterminarlos.
De pronto, el cuerno de guerra transmite la orden a los cruzados para el ataque. Como nacidos de las peñas, surgen los foramontanos en su elemento, y caen sobre los infieles, aterrados dentro de la trampa mortal. Al poco tiempo, Pancorbo estalla en gritos de victoria (poco les falta a los de La Dehesa para que hagan lo propio), y las huestes moras caen aniquiladas en las tierras agrestes de Bardulia “la de los castillos”, o ya, simplemente Castilla”.
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