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Estrella del Mar, Camino seguro

Permalink 01.08.08 @ 16:00:26. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Edward Wesson, en el libro sobre su obra The Master´s Choice, de S.Hall y B. Miles)

Playa Blanca (Lanzarote), era un pueblecito de pescadores. Y como todas las gentes que a lo largo de los siglos han vivido del, con y para la mar, al tiempo de ser su medio de vida, como lo puede ser el campo para los de tierra adentro, fue la mar su mejor ayuda; medio de vida, aliado, y a veces enemigo. En definitiva, el medio donde desarrollar el trabajo diario.

No debo ni quiero pedirles perdón porque desarrolle el título “pío” con el que encabezo mi artículo de hoy desde este privilegiado lugar donde, si Dios es servido, pasaré “el largo y cálido – cuasi tropical- verano”. Precisamente hoy es el día de la Virgen del Carmen, Patrona de Playa Blanca, porque lo es de los marineros; y ya dije, que, desde hace siglos, éste es –era- pueblo de pescadores, marineros.

Desde la Creación del mundo: tierras, ríos, fuentes, aguas y mares…, el Señor entregó al ser por él también creado este Paraíso –nuestro Planeta Azul- (que a veces los propios hombres transformamos con maltrato en infierno), “para que lo custodiara y trabajase”. No fue, pues y desde el principio, un castigo el trabajo, sino por la desobediencia, el orgullo, el pecado del hombre en definitiva, lo que mereció: “ganarás el pan (y el pescado…) con el sudor de tu frente”.

¿Quién dijo la bobada ésa (con perdón) de lo lascivo en las mujeres como “oficio más antiguo de la humanidad”? Como para el labrador el campo y para el pescador la mar, fue en tales medios donde el ser humano desarrolló su trabajo: primeros, pues, “oficios” del hombre sobre la tierra o la mar.

Aunque oriundo de generación tras generación de lugares (cántabros, aunque nos gusta más llamar montañeses) y costumbres marineras, por circunstancias de las que no fue ajena la milicia y destinos, nací en lugares castellanos de “Tierra Medina”. Así pues, con cierto conocimiento de causa, me permito distraerles (ojalá lo consiga) con el campo “ayer” y hoy la mar, gentes, tradiciones y costumbres.

En tierra fue siempre la Virgen (¡¡acabáramos…!!) Camino seguro. Y cumbres, caminos, veredas, valles, páramos, ciudades y pueblos, tienen en Ella su Patrona. Infinidad de advocaciones y ermitas sembradas para su culto por ellos, dan fe de lo que afirmo. Lo mismo, digo, sucede en la mar: medio en el que a lo largo de los siglos millones de trabajadores-pescadores “ganaron su pan” con el pescado. Pues que eso, que, como la mar –y la tierra firme- de vez en cuando se “cabrean” con tormentas temerosas, tienen los marinos su Patrona en la Virgen del Carmen: “Puerto Seguro” donde guarecerse en los peligros de aguas embravecidas.

Desde que san Simón Stock, primer General de los Carmelitas en Inglaterra recibiera la “visita de la Virgen” un 16 de julio de 1251 (la misma del Monte Carmelo en Tierra Santa), la Iter Tutum (Camino Seguro) en tierra, fue Puerto Seguro en la mar, de los marineros, claro; ya sean “civiles” pescadores, mercantes o de nuestra entrañable Armada en la que tuve –dicho sea de paso y no sin cierto orgullo- todos mis antepasados, grandes marinos ilustres.

Incomparable el espectáculo cuando al alba sobre las inmensidades oceánicas, aparece espléndida la estrella de la mañana. Nada, pues, más propio, que sea Ella quien reciba el piropo cariñoso de las cariñosas gentes de la mar que en las dificultades acudan presurosos al Puerto Seguro. A sancta Mariae Stella Matutina, Stella Maris: Hermosa Estrella de la Mañana, “que anuncia el día”.

Eran las seis de la madrugada cuando, curiosa “pluma en ristre” y un vez visto el “lucero en su alborada”, tarareaba la canción que de colegiales escuchara la Virgen de Lourdes: “Como el lucero… brillas ¡oh Madre, oh Madre Inmaculada”! En llegando a este punto, interrumpió Carmen, mi mujer, claro; “claro”, por mi mujer y ¡por Carmen, en su dia!, con la que entablé el curioso diálogo de besugos, por las pocas palabras en sí, y por la hora (la de los besugos) a la que se produjo y que transcribo: “pero esa canción -me dijo, como molesta de celosa- se refiere a la Inmaculada ¿no?” Como no sé porqué las mujeres suelen tener razón, “manque nos pese” y me gusta quedar “de pie”, le contesté un tanto desabrido: “¿Pero es que acaso la Virgen del Carmen no es Inmaculada?”. Por una sola vez y sin que sirviera de precedente…, me dio la razón. Se acabó el diálogo con la complicidad de una sonrisa -¡menos mal!- y sin cesar el canturreo, comencé a escribir.

Con la vista del mar frente a la terraza de nuestra habitación, vislumbré, aún entre dos luces, la stella matutina, Stella Maris arriba, y las luces de los barcos de pesca aún encendidas abajo, enfilar la bocana del pequeño puerto.

No había terminado de repetir “Sancta Maríae Stella Maris, filios tuos adiuva” (que no necesita traducción dada la cultura de mis lectores) cuando otra Santa María, ésta el nombre de la campana de la Parroquia, recordó a los pescadores la festividad del día. Inmediatamente, Playa Blanca fue una curiosa mezcla de sonidos que los perennes alisios propagaron por el ambiente purísimo: tañido de campanas, sirenas de los barcos de pesca, cohetes desde el Ayuntamiento y, enseguida, la banda del pueblo en estudiado recorrido por calles y plazas engalanadas con profusión de banderas ¡de España y Canarias!, en brillante diana floreada en forma de “folías” y pasodobles tan españoles como las anteriores. Ambiente alegre. Extraordinario día festivo: Nuestra Señora la Virgen del Carmen. La Patrona de Playa Blanca.

En el jardín del hotel, bandadas de “tortolillas turcas” -¿Qué habrá sido de nuestras autóctonas?- huían despavoridas en continuo y precipitado vuelo, ora hacia un lado, ora hacia el contrario, según el origen de los estampidos horrísonos.

Sin inmutarse, los negrísimos senegaleses de impolutas vestimentas blancas, seguían con la sonrisa siempre puesta, la diaria labor de mantenimiento en el bosque, ya mentado en artículo pasado, y la limpieza absoluta del agua y entorno de las piscinas donde tal vez no me bañe, porque “de los cuarenta para arriba”… - ay dónde estarán ya!- y, cabreados los alisios, ¡hace “un ventarrón de los demonios”!

Se me acabó el tiempo; otro día, si Dios es servido, les contaré las procesiones terrestre y marítima, que no tienen desperdicio. Nos vemos…


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