Regreso a la orilla. Los últimos segadores.
13.05.08 @ 07:57:57. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Listo para la siega. Acuarela de José Mª Arévalo. 32 x 40)
Al llegar a este punto de mi relato, he de aclarar que, con permiso de Drito, utilizo sus apuntes que él tituló “Recuerdos” y que nunca vieron la luz. Sabrán así mis posibles lectores la situación en que se encontraba la Dehesa cuando recién venido de África, hubo de hacerse cargo de la labranza familiar. A partir de ellos, comenzará la andadura por los entrañables lugares; andadura, por demás azarosa –lo sé bien, que la seguí paso a paso-, y que al tiempo de recia añoranza, puede servir, para rescatar del olvido tantas labores. Para seguir también paso a paso, la evolución de los modos de trabajar e incluso hablar de nuestras gentes del campo. Hoy ya historia, que no debe ser olvidada, por cuanto es la nuestra. Serán, si Dios es servido, a la vez que anecdóticas por el enorme cambio (que no por lejanía en el tiempo), un justo y rendido homenaje al sacrificio de gentes ejemplares. Castellanos tan poco comprendidos por los de la capital, cuando no ofendidos o menospreciados, siendo, como lo fueron, quienes aliviaron tantas estrecheces de una España herida tras los horrores de una terrible guerra civil, e injustamente ignorada por países, que, pasados los años, hubieron de concederle la razón. ¡Mas ¡ay!, tan tarde, que, tras la sangría entre hermanos, hubo de añadirse calamidades y carestías sin cuento, de las que todavía hoy quedamos, g. a D., testigos.
Gentes nobles de nobles lugares, ejemplo para la actuales generaciones y deber, digo, de justicia para agradecer prosperidades disfrutadas gracias a ellos.
Poco añado de mi saber, que no es mucho. Serán primero recuerdos, e historia luego de Drito, para conocimiento y recreo de aquéllos que vivieron similares aconteceres y que la actual vorágine, hizo que pasaran a la historia “antes de conantes”. Muestra, en fin, significativa de nuestro patrimonio cual es nuestra cultura rural. Comenzamos, continuamos…
Las de la Dehesa son tierras de pan llevar. Aunque la primavera sin apenas lluvias ayudó poco, los oportunos riegos al fin obraron el milagro: la brisa que baja del páramo hasta el valle, hace que, en los sembrados, el cereal se mueva con suaves ondulaciones de las espigas, prometedoras de una cosecha excelente.
Por senderos entre pinares, con la fresca de la mañana y aún no amanecido, caminan los segadores silenciosos hacia la vega fértil que es esta tierra. En cuanto llegan a la ribera verde y plata de chopos y álamos, dejan los “hatos” junto a la fuente de la Teja. Al caer sus aguas al río desde la altura, cuentan propiedades medicinales en murmullo perenne.
Por el camino que se dirige a la puente –camino viejo de Peñalba- avanza con estrépito un extraño artilugio. La última adquisición de don Nuño (hermano del padre de Drito), al que aquí llaman el amo.
Juanillo, hijo de Rufo el cachicán, maneja la máquina, que si en apariencia es importante, la suya será una importante labor. Orgulloso y sonriente, la aproxima al lugar donde los segadores abrieron corte con el hocino. Tensa los ramales, y detiene a las dos mulas que tiran poderosas. Desciende de su atalaya –agujereado asiento de chapa- con aires de importancia, y engrasa con detalle las múltiples piezas que componen la que llaman gavilladora. Y enseguida:
-¡Colegiala..., Capitaanaaa...!, ¡arree muulaa!
Con el volteo de brazos muy largos, como aspas de molino, comienza la siega entre ruidos aparatosos de bielas, cuchillas y engranajes. La mies cae fulminada sobre la plataforma de madera. Luego, empujada por una de las aspas accionada a pedal, queda en gavillas sobre el rastrojo perfectamente segado a ras del suelo.
Con el sol en todo lo alto, los segadores enderezan con trabajo sus encorvadas espaldas, al tiempo que mueven la cabeza con expresión grave en el rostro perplejo. Sin que medie palabra alguna, es notoria la preocupación por el triunfo importante de la máquina sobre el hombre.
-¡Soo, Capitaanaa...sooo! –ordena de pronto Juanillo, enérgico, la detención del ganado. Y desciende a toda prisa de la gavilladora martillo en ristre. Con golpes recios sobre los remaches, cambia con rapidez una de las cuchillas de la sierra hecha añicos por el morrillo oculto bajo las pajas.
-¡Se “marrotó”!...-. Si ya digo ó que no “luhay” como la mano del obrero –se apresura a sentenciar Leocadio.
En cuanto pasa el relente de la mañana que mantuvo la mies en sazón para la siega, tierna y amorosa, una nube densa de polvo envuelve a Juanillo, ganados y gavilladora. Con la polvareda como referencia, don Nuño y el cachicán se acercan para inspeccionar una labor tan llamativa.
-De primera en primera ¿eh? -les dice Juanillo deteniendo la siega. Pausa que aprovecha para dar un tiento a la bota, que es el modo de brindar por el éxito indudable de la máquina. Beben también don Nuño y Rufo, el cual, después de limpiarse la boca con la manga de la camisa, dice muy serio:
-Digo ó, don Nuño, que con esta herramienta tan superior, la agricultura está vencida.
-Cosas mejores veremos, cosas mejores... –le contesta, no sin cierto aire de misterio.
Cuando ambos se dirigen a la fuente para refrescar, aparece el perro lobo de Rufo. Da saltos espectaculares por encima de las espigas, para seguir desde arriba con la vista la huida de los conejos asustados; tranquilos y seguros hasta el presente bajo la masa protectora de las mieses, pero aterrorizados ahora por el ruido tremendo y la caída de su protección en el cerco progresivo.
-¡Véle ahí va, véle ahí va...!; ¡perro, peerrooo...! –vocea Juanillo, que salta de la máquina cual si le quemase, y pesca a correr, trastabileando, tras un conejo que busca la salvación en las bocas de un bardo en la ribera. Corren también los segadores tras el pobre animal que, molestado por las pajas que le hieren en la barriga, salta y corre con torpeza. Entre risas, jolgorio, voces, tropezones y caídas del personal, el conejo sortea el peligro. Y se hubiera ido “a criar” en el laberinto de cuevas dentro del bardo, si el perro, que llegó en tromba, no se lo hubiese llevado prendido en la poderosa dentadura.
Los segadores, cazadores en una cacería singular, a cada vuelta de la máquina, vocean la salida de nuevas piezas. Junto a las voces, se repiten el jolgorio, las risas, y, por el afán ciego e instintivo de la caza, caídas espectaculares. Salvo gozosa excepción, el perro es el que de forma expeditiva acaba con la huida de los conejos, que terminan uno tras otro en las alforjas de los segadores.
La gavilladora terminó de segar el cacho. Terminó también la cacería. A la vez que descansan en la umbría de la fuente, el buen humor rebosa en los comentarios atropellados de los lances que vivieron durante la siega accidentada.
Fiel a su deber, Rufo tiene que desempeñar el cometido que tantas veces resulta ingrato.
-¡Áhura que ya no hacen falta los hocinos, vamos todos a las eras!
Con no mucho garbo, los últimos segadores recogen los hatos y toman el camino que lleva al caserío. Junto a la fuente, quedan docenas de hoces clavadas en la arena. Nadie presta atención a la sencilla herramienta, superada de forma tan rotunda por la gavilladora. Sólo Rufo se vuelve para mirarlas. Mientras camina, se rasca la cabeza con gesto habitual, y más que hablar masculla:
“Cosas mejores veremos..., ¿mejores...?, ¡ “quisió!”
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