A los hijos de Concha María
11.05.08 @ 07:15:02. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Mi hijo Antonio. Óleo de José María Arévalo.1997.55x46)
Quería haber acabado estos artículos sobre el fallecimiento de mi mujer, Concha María, con el dedicado, el domingo pasado, a médicos y enfermeras del hospital, y añadir solo, ya dentro de los habituales a mi afición a la acuarofilia, la caricia que recibí de ella cuando vi que habían puesto huevos los peces Disco en mi abandonado acuario, como conté el jueves pasado. Una carta de uno de mis hijos me obliga a escribir el último agradecimiento, precisamente a ellos. Ya se lo he dicho a todos, naturalmente, estos días, pero creo que el contenido tiene interés general, no solo familiar. Así, además, se cierra el orden natural de agradecimientos: a los amigos, a la cariñosa y profunda intervención de don Federico en el Funeral, a la carta de las alumnas de Concha María, a médicos, enfermeras y enfermos de la planta quinta, a la propia Concha María por su caricia, y ahora a mis hijos. En todos ellos he hablado de lo mucho que ha hecho por nosotros el Señor, o sea que no hace falta para El decir más.
Uno de mis hijos me ha escrito cosas profundas y otras que debo matizar -por eso titulo este artículo “A los hijos de Concha María” porque cuando le daban la lata a ella me decía que “tus hijos” han hecho esto o lo otro, eran míos, y yo a la viceversa- y me ha dicho que no tiene inconveniente haga con su carta un artículo, si bien omitiré los nombres que aparecen. E introduciré comentarios, como hice con la carta de las alumnas de Concha María. Comienza el “emilio” de mi hijo: “No es fácil contestarte, papá. Porque también yo pierdo la claridad de ideas. Sin embargo, creo que he recibido un empujón espiritual muy fuerte estos días y no quiero dejarlo pasar. Quiero… atesorar el regalo de mamá, como decía don Federico [en la homilía del funeral], porque "llenó nuestra vida". Ya lo de "… de ejemplo y buenos consejos" me parece un poco impersonal, casi tópico, aunque en lo profundo sea verdad. (Me acuerdo de que [uno de sus hermanos] se mosqueó, porque no reconocía a mamá en esa homilía).”
Mis hijos tienen un sentido crítico, imbuido por nosotros intencionadamente, a veces excesivo, y esa discrepancia que apunta el que me escribe, como las que después añade, no siendo, como no son, unos adolescentes ya, sino señores y señora casados o en edad de estarlo, me parece muy bien y un gesto de sinceridad, como lo ha sido que no a todos hayan gustado del todo mis artículos, por aquello de que cuento demasiadas cosas personales. Ocurre que, tratando de enseñarles lo mejor, también yo me iba haciendo abierto y sincero. Los hijos nos hacen ser mejores, incluso directamente nos mejoran, eso lo sabemos todos.
“El hueco -¡qué hueco, el abismo¡- que siento a veces, me recuerda lo mucho que mamá me llenaba. Estos últimos años era como si su vida fuera mi segunda vida. Es que vivía en nosotros. Sentía un amor tan grande… que hasta tenía que luchar contra él. Un amor que le hacía sufrir horriblemente, por saber que lo pasábamos mal, y no poder quitarnos la espina con su sacacorchos. No se puede decir que no la hayamos cargado con nuestros problemas hasta el último momento: nuestra salud, nuestros trabajos, nuestra temperatura espiritual. Hemos sido su cruz tanto como el cáncer que la mató.”
No te preocupes, hijo mío, de haber tú preocupado a tu madre. Como solemos decir en casa, “no te rayes”. Vosotros érais lo más importante en su vida, y aplicaba aquello de que el dolor nos hace mejores. Y sobre todo, esa preocupación por vosotros la ayudaba a olvidarse de sí misma, cosa importante. ¿No te acuerdas que desde pequeños os he repetido yo, medio en broma y medio en serio, como si fuera mi legado para vosotros, “hijos míos, no os miréis el ombligo, esa es la llave de la felicidad”. Recuerdo al más pequeño que, al oírme decirlo a sus cuatro o cinco años, se levantaba el jersey y se miraba el ombligo buscando qué tenía de importante. Yo os lo decía recordando cómo se me quedó grabada una sentencia así de mi padre: “Hijo mío, lo único que puedo darte es una carrera, unos estudios, tu verás cómo los aprovechas”. Y me parecía más importante esta otra de olvidarse de uno mismo y pensar en los demás. El, eso sí, me lo soltaba de vez en cuando y en tono más solemne que yo a vosotros.
“Mamá decía que los padres tienen que acompañar a sus hijos una vez que éstos ya no dependen de ellos. Yo… todavía me siento acompañado. No quiero olvidarme de ti, mamá: rezar por ti (cuántas estampas…), apoyarme en ti, calmarme contigo. Los primeros días he hablado constantemente contigo. Ahora, no sé. Me cuesta que me veas como soy. ¿Te das cuenta, papá, de que por fin mamá nos comprende? Lo que puede llegar a doler no sentirse comprendido. Creo que la palabra acompañar tiene mucha más verdad que "ejemplo y buenos consejos".”
Pues yo no creo que mamá no nos comprendiera, muy al contrario - ya lo dijeron don Federico e incluso sus alumnas-, porque además de ser “sacacorchos”, sabía escuchar, os comprendía perfectamente, aunque no lo pareciera, porque tenía facilidad natural para hacerse cargo. Otra cosa es que no aceptara o aprobara lo que decíamos. Y sobre todo en cuestiones opinables. Por ejemplo, a mí me decía, para provocarme, por ejemplo cuando me imputaba que solo hablara de mis aficiones, de pintura y de peces, “es que no tenemos nada en común”, y yo le contestaba que eso era lo bueno en el matrimonio, la complementariedad, porque así nos enriquecíamos mutuamente; y claro, se partía de risa.
“Me fastidia pensar que mamá no hacía nada mal, que no tenía grandes defectos (los más grandes, ese amor posesivo, y la "mala leche", como ella la llamaba), que todo lo hacía bien. Lo peor de estas semanas ha sido eso, sentirme obligado a estar contento, como si todo nos fuese bien. Me ha parecido una alegría tonta, una celebración hasta obligada. He tenido que darle muchas vueltas. Sí, sabía que había que celebrarlo, pero no por qué.”
Pues siento decirte que eso te pasa por no leer mis artículos, que si algo dicen es por qué lo estamos celebrando. Cuando brindábamos con champán, bueno, vino espumoso, por mamá, ¿no os decía que así lo habíamos hecho cuando mi padre recibió la extremaunción, que así se llamaba entonces, como también cuando murió el año pasado mi madre?. Si hasta lo escribí cuando falleció ésta. Pues sí sabías por qué lo celebrábamos, y desde luego no estabas de ninguna manera en contra de ello. Me parece que lo dices porque “tas rayao”, te has complicado y vuelto a mirar el ombligo. Pero sí entiendo que te costara reír cuando se te caían las lágrimas. Ya viste cuando me animasteis, en una de las varias tertulias musicales que hemos tenido estos días, que cantara mi tango preferido, y yo no me lancé sin recordar que en la segunda estrofa dice “Te acuerdas que nos quisimos tanto que cada vez lo nuestro al cielo iba a parar”, donde no pude seguir.
“Mamá me ha acompañado, y por eso he aprendido de su lucha. Hemos tenido días malísimos, en los que ella estaba insoportable, o en los que se sentía horriblemente sola o inútil, o mala. Ahora pienso que debería aprender que todos esos malos momentos (en los que las circunstancias son malas, y en los que yo soy malo o estoy o actúo mal), todos esos malos momentos se pueden ofrecer, se pueden poner junto a la cruz, son la cruz de cada día.”
Hombre, yo no diría que “estaba insoportable”, por lo menos para mí. Es que tenía el carácter de su familia materna, que ellos mismos reconocen es fuerte, muy fuerte, aunque en su caso más suavizado. Más fuerte lo tenía la abuela, y sin embargo yo no la oí quejarse nunca de su enfermedad, como a mamá, y así se lo dije, a la abuela, asombrado por lo bien aguantaba aquella sonda por la que teníamos que darle de comer. Si te fijas, el mal humor que en pocos momentos se le notó, no obedecía a sus problemas, sino a los nuestros, cuando veía que algo no funcionaba bien. Toda la vida discutimos tu madre y yo mucho, y nos encantó oír, en un video de la Clínica de la Universidad de Navarra, al profesor de Ciencias de la Educación de ésta, David Isac, que cuando había exigencia en el matrimonio, necesariamente tenía que haber discusiones. Tu madre tenía el defecto de todas la mujeres de ser exigentonas e insaciables, de lo que creo ya he escrito en este blog hace meses. Pero claro, como no me lees…
“Vivir al día. Volver a empezar. Recuperar día a día los horizontes, las fuerzas, la alegría. Sobre todo ahora, que cada dos por tres se nos "nubla" la mirada. Y en las manos de Dios. De las manos de Dios.”
“Yo no la he visto fuerte, sino débil; quizá en su debilidad, sacaba fuerzas cada vez que volvía a empezar. Yo no sabía que lo estaba haciendo, pero reconozco que nunca era definitivo un enfado o un momento de depresión, que siempre volvía a abandonarse, a amansarse, que sabía pedir perdón.”
Pues claro, la fortaleza no consiste en no amilanarse nunca, sino en recuperarse y volver a empezar. Y me alegro de que te confiara sus dificultades para vivir estos años “con la espada de Damocles encima”, como suele decirse, y más aún este año, desde que supimos que se habían disparado los marcadores tumorales. Pero eran momentos de purificación para ella, que superaba enseguida. A mí me lo confiaba muchas veces, para que la ayudara. Me decía entonces: “no me dejes sola ahora”, y yo me sentía útil con solo cogerle la mano.
“Me doy cuenta de que esto lo escribo para recordármelo para cuando se me pase la euforia, para cuando yo tenga un momento malo, o [aquí menciona a sus hermanos uno por uno, e incluye a su mujer], o tú, papá (también tienes derecho) nos hundamos o nos pongamos de mala leche, o nos llenemos de ira. Me gustaría pensar que mamá también se hundía, o se enfadaba, o se ponía egoísta… pero ahora está en el cielo. No por ella, sino por la misericordia de Dios, a la que ella volvía a abrirse cada día (vivir en las manos de Dios), y que el último día esa misericordia nos llevará también a nosotros.”
¿Pues no hablabas de alegría obligada y ahora de euforia?. Este párrafo encaja mejor en cómo os he visto estos días, mientras pensaba que habíais heredado la fortaleza de vuestra madre.
“Hala, llora. Eres el mejor. Estoy muy contento contigo. Quería que este correo fuese un abrazo muy gordo de la parte de mamá que soy yo. No sé si me ha salido.” Pues sí, te ha salido fenómeno, qué quieres que te diga. Para contarlo, que es lo que estoy haciendo.
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