Acuarelismo: Una caricia de Concha M
08.05.08 @ 07:25:40. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Mis Discos cuidando la puesta recién realizada, el mismo 19 de Abril. Se ve encendido el piloto del termostato,donde los pusieron)
No se lo van ustedes a creer, yo tampoco me lo creía, pero ha sido verdad y mis hijos y varios amigos son testigos. Después de mantener una dura polémica en este blog y en el blog AcuarofiliaColombia@groups.msn.com, con varios acuarófilos experimentados que consideraban mi acuario de 60 litros excesivamente pequeño para tener en él peces Disco (que requieren cien litros por cada Disco), alguno una barbaridad que atenta al mínimo respeto a estos animales. Después de defenderme e insistir que había conseguido amansar a los agresivos, por territoriales, Discos, primero a dos y después incluyendo un tercero más. Después de dos semanas de abandono casi total del cuidado de la pecera por encontrarse mi mujer, Concha María, hospitalizada, que finalmente falleció el jueves 17 de Abril a las siete de la tarde, a lo que he dedicado ya los cuatro artículos que anteceden en este blog. Después de todo ello, y de celebrar el viernes 18 el funeral e incinerar sus restos -para llevarlos a la tumba de sus padres en Sevilla-, resulta que estando tranquilos en nuestra sala de estar, el sábado 19 por la tarde, se me ocurre mirar por primera vez el acuario y con enorme sorpresa observo que están dos de ellos -el Marlboro naranja y el Leopardo azul- muy juntos en torno al termostato y que en la parte superior de éste, gris, hay un montón de puntitos colorados, los huevos de una puesta de los discos. Mis hijos se quedan sin saber de decir, cuando prorrumpo en exclamaciones de “imposible, imposible; ha sido una caricia de mamá”, refiriéndome, claro, a una caricia del Señor que me manda la de Concha María. Como siguen sin reaccionar a pesar de mis explicaciones de que es casi imposible que haya ocurrido esto, y que para mí, como acuarófilo y hombre de fe, no es una simple casualidad, llamo de inmediato a mi hermana María Rosa, que me va a entender, como así fue, porque a ella le pasó algo parecido, bueno, mucho mejor, cuando falleció, hace ya seis o siete años, su marido, mi antes amigo de la infancia y después cuñado, Javier.
Javier, que era la persona más buena que he conocido, un pedazo de pan, llevaba, antes de morir, varios años regalando todas las semanas flores de sus invernaderos -se dedicaba profesionalmente a ellos cuando falleció- a unas monjitas de Gijón que tenían el convento cerca de su casa, y que le habían comentado no conseguían flores de los rosales que tenían plantados tiempo atrás. Como falleció de forma casi imprevista, las monjas no echaron de menos las flores de don Javier hasta que murió. Y al día siguiente, ¡los rosales del huerto del convento habían florecido¡. Pueden ustedes imaginarse las exclamaciones de las monjitas: “era un santo, era un santo, don Javier era un santo”. Son de esas cosas que no le hacen a uno creer más ni menos, pero lo que digo, una caricia del Señor a mi hermana, y ahora, a escala más pequeña, a mí, de la que estoy orgulloso y muy enternecido. Y paso ya a contar los detalles técnicos para los acuarófilos, como experiencia, y haciendo notar que no ha sido culpa mía, de verdad, que me lo he encontrado sin buscarlo. Ahora le pido a Concha que me ayude a conseguir la síntesis que busco en mis acuarelas, pero en eso sí que no va a poder distinguirse qué es mérito suyo y cual mío. Tenía que ser con los Discos, tras mi completo abandono de ellos.
Como ya comenté en aquella polémica, llevaba casi diez años sin acuarios, para permitir la colocación d elos muchos pequeños y elegantes muebles que legó a Concha María su madre, cuando falleció. Ella estaba dispuesta a llevarlos a un guardamuebles, pero me parecía de justicia, y lo primero es lo primero. Hace dos años tuvo el detalle de buscarme un rincón, quitando algo, en nuestra sala de estar, y regalarme un acuario por Reyes. Fue un detallazo, porque es esta una de mis aficiones más querida, por la belleza de las plantas, la majestuosidad de los peces, el colorido todo, y por el disfrute de ver como se reproducen, lo que conseguí con muchas especies, pero nunca había intentado tener Discos, por su dificultad. Concha M me escuchaba todas las historietas que le contaba, y le gustaba ver el acuario, los peces y los alevines. Yo creo que lo hacía por mí, de ahí el valor de caricia que le doy a la puesta de los Discos.
Naturalmente, lo primero que hice, al salir de tan grata sorpresa, fue comprobar el Ph del acuario, y estaba muy ácido, como debe ser para la cría de los Discos, completamente rojo el líquido del test. Ya había tenido problemas con la excesiva acidez de mi acuario, como comenté en la web argentina, lo que me obligaba a reducir la comida que les daba de mejillones unos días e hígado con espinacas otros, que pasé a proporcionarles solo dos días a la semana, alimentándoles -salvo el día de ayuno, los domingos- con las clásicas escamas y con granitos liofilizados para Discos; y a cambiar semanalmente casi un tercio del agua del acuario. Las dos semanas de hospital me impidieron alimentarles más que con el alimento artificial, y solo cuando me acordaba, al venir a casa a dar una cabezadilla después de comer, oportunamente sustituido por mis hijos y amigas de Concha M que ya he dicho, en artículos anteriores, se portaron de maravilla. Tuvieron la luz habitual, por el automático de ella que tengo instalado.
A los tres días los huevos eclosionaron y aparecieron pegados al termostato unas pellas de diminutos pececillos, como cabezas de alfiler negras pero con colita inquieta. Entre tanto, los dos padres expulsaban a los demás peces del acuario -una Colisa Lalia, cinco Arlequines, una Botia Payaso y un diminuto limpiacristales al que casi no molestaban-, excepto al tercer Disco, el más pequeño de los tres, que ya en el famoso debate -que podéis ver aún en artículos anteriores de este blog- conté fue el segundo que adquirí y amansé dos veces, la segunda al incorporar el gran Leopardo, con el cristal divisor. Este más pequeño Disco hacía como de tía ayudante de la pareja de padres, cerca de ellos y apartando a los demás, cosa también asombrosa. Así se ven los tres en la foto con que ilustro este artículo, tomada después de comprobar el Ph. Para mí que tanto el gran Leopardo como el pequeño Disco son las hembras, y el Malboro naranja, el más agresivo, el macho.
En estas condiciones tan malas, y a pesar de que intenté aislar, con el famoso cristal divisor y amansador, a los demás peces, sin éxito porque se me escapaban por las esquinas, ya que no quería yo dar mucha guerra y la correcta colocación del cristal es complicada, a los cinco días no quedaba ningún alevín, y la madre ya se iba a otro rincón, aunque el padre seguía merodeando por el termostato con frecuencia inusual -estaría buscando algún posible bebé escondido-. No me importó, porque teniendo ya la pareja, disfrutaba pensando cómo facilitarles sucesivas puestas, transcurrido un mes -que es el plazo de nuevas puestas para la mayoría de las especies, y concretamente de los Escalares que crié antaño con gran éxito-, tiempo suficiente para acabar el jaleo propio del post-funeral y comenzar mi nueva y difícil etapa sin mi Concha María. No había comprado ningún manual específico sobre Discos porque mi amigo Alfonso -el muy traidor no me ha querido comentar esta historia, seguro por envidia; es broma, la verdad es que está muy liado- que los crió también hace tiempo, me había prometido darme el suyo.
Pues bien, doce días después de la primera puesta, han vuelto a hacer otra. A los tres días de ella, sin poder tomar otras determinaciones por falta de tiempo, y viendo ya algunos alevines coleando, he metido el termostato y el difusor, una vez apagado, en una paridera, con gran dificultad, y confiando en que otro antiguo, de hace diez años, termostato que conservaba, mantenga la pecera a tono. Es maravilloso ver moverse a los alevines, ya casi todos nacidos, apartarse del termostato del que cuelgan y volver a pegarse a él. Y he puesto el mejunje de hígado y espinacas en un bote para que se pudra y echarles infusorios, que así críaba hace mucho otras especies, aun sabiendo que los Discos toman, maman se puede decir, de la mucosa de la madre. Espero se hagan cargo los compañeros acuarófilos de esta barbaridad que estoy haciendo y no vuelvan a arremeter contra mí; creo que me merezco un abrazo digital por lo menos, como el muy fuerte que desde aquí les mando.
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