El “Silencio” de Zamora
07.05.08 @ 07:12:57. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Óleo de Antonio Pedrero con la torre y la cúpula de la Catedral de Zamora. Cuadro de la colección de don Manuel Prieto. 54 x 65).
Don Manuel Prieto Hernández es ya conocido de ustedes por los sabrosos comentarios con que nos regala en este blog de los Tres Foramontanos. Especialmente el que, hace pocos días, incluyó en mi primer artículo sobre el fallecimiento de mi esposa, Concha María, fue, además de magnifico literariamente, que eso es lo de menos, tan rico en contenido, incisivo y para mí emocionante, que no se me olvidará ya en lo que me quede de vida, que será lo que Dios quiera, que a mí ya me hace menos falta (como sabe Manolo aún me queda tarea importante que cumplir, pero esa seguro que El la puede hacer mejor). Varias veces le he invitado a colaborar en el blog, donde nos falta el tercer foramontano, pero su sencillez le lleva a no querer figurar. Espero que la colaboración que ahora adjunto, como carta a mí dirigida, no sea la última: Manolo, recordando lo que se decía en esta tierra nuestra, siempre tendrás un plato en esta nuestra mesa periodística. Me escribe, pués:
"En este rato libre, te cuento, Josemari, lo que querías conocer del acto que tuvo lugar el sábado, 26 de mayo, en la Catedral de Zamora.
La Cofradía del Santísimo Cristo de las Injurias, de la muy noble y leal ciudad de Zamora, la que todos conocemos como la del "Silencio", es una de las que, por sí solas, se erigen en pilar básico de la Semana Santa de ese tu pueblo y el mío. Y la razón no puede ser más sencilla, pues no es otra sino que la imagen que le da nombre y que procesiona el Miércoles Santo, el Cristo de las Injurias, muy probablemente, es la imagen de Cristo más venerada en la ciudad. Un hipotético lector podría echármelo a reñir con el Jesús Yacente, que sale en procesión la noche de Jueves Santo y que es una imagen también muy hermosa, sí. Y no discutiría ni con él ni con nadie. Hasta pudiera tener razón, aunque no llegaría a dársela, desde luego. Pero es que se produce una circunstancia importantísima a estos efectos, consistente en que el Jesús Yacente permanece "encerrado" a cal y canto, todo el año, en la iglesia -sin culto- de Santa María la Nueva; mientras tanto, todo el año, igualmente, el Cristo de las Injurias permanece con sus brazos abiertos a todos los que quieren visitarlo, en la Capilla de San Bernardo de la S.I. Catedral. Esta situación, quiérase o no, inclina la balanza a favor de este Cristo de origen lamentablemente no constatado. Y aquí, en concreto, en este estar ante nuestros ojos y no oculto, es donde empieza la historia. Verás.
Yo era absolutamente pequeñísimo -no tendría más de cuatro o cinco años- cuando, de la mano de mi madre, subía muchas mañanas desde la calle Santa Clara, donde vivíamos, hasta la Catedral. Allí, Menchu, mi piadosísima madre, encaminaba sus pasos hacia la Capilla del Cristo de las Injurias y, además de hacer sus rezos, empezó a enseñarme a quererle y a pedirle. Esto es algo que nunca le podré pagar, porque me inició en una emoción y una devoción que sólo han dado en crecer a lo largo de toda mi vida. Quiero recordar que, por aquel entonces, había una devoción en Zamora (de la que ya hace mucho tiempo que no oigo hablar), la de los cuarenta credos al Cristo, que era, precisamente, la que practicaba mi madre. Pues bien, en cuanto mis padres consideraron que había llegado a la edad adecuada (y que, por fin, no tenía suspensos en mis notas), me inscribieron en la Cofradía -junto a mi hermano José Luís-, en la cual continúo y continuaré hasta el fin de mis días. Muchísimo de lo poco que soy espiritualmente se lo debo a una intensa y profunda devoción al Cristo de las Injurias.
Siempre he pensado que esta maravillosa imagen es capaz de ablandar al corazón más refractario y, en el infinito número de veces que la he visitado, también siempre he sentido una emoción intensa y observado en los demás visitantes un respeto muy poco corriente. Algo que sale de ojo, que se siente. Pero es que no exagero al decir que una imagen como esta es capaz de transmitir paz, afecto, serenidad, fervor, admiración, respeto,... y muchas cosas más. ¡Qué calibre de artista tuvo que ser el que fue capaz de semejante creación! Fíjate en el trabajo que nos cuesta a ti y a mí sacar adelante una pequeña acuarela, como para enfrentarse a un modelo tan impresionante! Realmente tuvo que ser un enorme escultor para concebir y plasmar semejante obra. En fin, no se trata ahora de esto, sino de contarte como llegó la fecha y acto que anunciaba al principio. Paso a ello.
El Presidente de la Cofradía, tristemente fallecido hace escasos meses, había encargado al escultor zamorano Ricardo Flecha -de quien una imagen de Cristo Resucitado sale en procesión el Domingo de Resurrección en Valladolid- una reproducción del Cristo de las Injurias, con el fin de entregar un ejemplar a todos aquellos hermanos de aquélla que ya habían sido mayordomos por antigüedad. El implacable correr de la vida se había encargado de que concurriera en mí esta circunstancia y, con los antecedentes que te he contado, salvo motivo ineludible, no podía faltar a un acto de este contenido, por lo que acudí a la cita y, tras una misa en la que celebró el Capellán de la Cofradía ante nuestro Cristo de las Injurias, con presencia de la Junta Directiva, nos fueron entregando a los eméritos, incluso a alguno que sale en procesión en silla de ruedas, nuestro correspondiente regalo.
En definitiva, pues, una ocasión más de ver al Cristo de las Injurias, tan ligado a mis afectos más profundos, y una oportunidad para recordaros ante Él a Concha María y a ti y a tus hijos, como te había anunciado. A la vez, como es fácil de imaginar, se propició el encuentro con amigos de esos que hace muchos años que no ves, y, por supuesto, fue también una buena oportunidad de sentirme solidarizado en mis afectos a la Cofradía de toda mi vida, a la que hay que agradecer su generosidad y atención. Fue un acto hermoso, emotivo y para zamoranos ejercientes. Para mí, ni a la medida.
Espero que esta información te lleve un rato de estos a visitar Zamora. Merece la pena.
Un abrazo."
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Aprovecho la oportunidad de que el artículo es sobre Santísimo Cristo de las Injurias para añadir a Su Intercesión, la de su madre la Santísima Virgen ya que es Reina de la familia.
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