Regreso a la orilla. De nuevo la primera orilla
02.05.08 @ 15:34:55. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(El Duero en primavera. Acuarela de José M ª Arévalo. 34 x 46)
Disuelto el Regimiento África 53, Drito tuvo preferencia para las vacantes en la Península –ahora España- y dónde mejor que regresar a Valladolid natal del matrimonio más un hijo (engendrado moro, más nacido pucelano) y “lo que nuevamente viniere” (también engendrado moro - ¡qué tierra!-). Fallecida dª Eugenia, su madre, tras larga y penosa enfermedad, la nueva familia cuasi africana, se estableció en la vivienda e inmensa casa familiar. Y menos mal, porque vivir tres, más lo que viniere, los hermanos de Drito, todos solteros, y un sueldo que, menor en España, no daba “ni para pipas”, era poco menos que imposible aún con vivienda gratis. Pero “hecha” Leticia a luchar contra los elementos (los tremendos del África profunda, pero menos) lo hizo de mil amores con “éstos”. Y sin luchar, claro.
Por fatal coincidencia, la dirección de la Dehesa, quedó vacante. Como Drito estaba destinado en una unidad de automóviles, se vio obligado a no hacer el curso de esa especialidad militar, para con las tardes libres, en las que trabajaban con la numerosa tropa los especialistas, poder atender, aún a costa del forzoso pluriempleo la labranza familiar y “tan felizmente familiar”. He de dejar constancia, porque tampoco andaba el relator muy lejos, para ser testigo de que el trabajo del que fuera teniente Quivir, era tan intenso que le multiocupaba desde la mañana –desde el madrugador toque de diana en la Unidad de Automóviles- hasta la noche.
Comenzaba con las clases de Educación Física, para todo el acuartelamiento (tenía el título de profesor de esta disciplina) y continuaba con la instrucción propia de todos los soldados de España; más intensa, si cabe, cuando incorporada una nueva “quinta”, ejercía con verdadera vocación como insustituible instructor de reclutas.
Con el tiempo justito para comer, durante varios años en “vespa” - luego mejoró-, se trasladaba con rapidez a la Dehesa. Allí, y no sin verdadera, también, vocación, hubo de ejercer de agricultor. Como en absoluto estaba conforme con el atraso ancestral en las labores agrícolas y el tremendo esfuerzo de los “castellanos” (así denominaré a los obreros porque lo eran y de lo más noble) para realizarlas, comenzó el cuasi obsesionante empeño -o sin cuasi- de evolucionar a marchas forzadas en tan necesaria como humana y apasionante tarea.
Justo es también decir, que el fenomenal esfuerzo durante años y años, se vio recompensado con mayores ingresos –nunca sobrados- para atender a su familia como enseguida verán, generosamente numerosa.
El pronto nuevo embarazo de Leticia, habría de concluir, si finalizaba con bien, a los nueve meses, claro. No fue así: recién cumplidos los siete meses de gestación, la culpa la tuvo e un tremendo bache en la carreterilla de la Dehesa, que pasó Alonso con su viejo “pato” a excesiva velocidad con la preciosa carga dentro. Por la noche, Leticia se puso de parto. Avisado el médico con urgencia, el inolvidable doctor Francia (que ayudó a ver el mundo a medio Valladolid) consiguió un parto feliz, aunque prematuro, de ¡dos niñas! perfectamente formadas, que enseguida conocí. Eran exactas, sietemesinas y preciosas; sólo que con un peso - ¡y menos mal, dijo el doctor!- algo inferior del que hubieran tenido de llegar a término. Entre mil peripecias, que sería prolijo relatar y que nos sacarían del hilo conductor del relato, hubo de improvisarse una especie de incubadora en la habitación, con la que, sin contratiempos, “Pepsi-cola y coca-cola”, salieron adelante. El único y no pequeño, fue que la familia considerable –aunque por entonces no numerosa- “obligó”, muy gustosamente, a que ambos, Leticia y Drito, hubieran de entregarse “en cuerpo y alma” a sus tres hijos más el importante añadido de los hermanos, alguno, o yo creo que todos, verdaderos Boanerges, dentro de una vivienda descomunal, con el agravante de carecer casi siempre de ayudas.
Todo, porque el servicio que entraba, veía el tremendo panorama y si por la mañana accedía por una puerta, por la tarde se marchaba por la otra.
La juventud, formación recibida de sus mayores, los principios llevados a la práctica de sus creencias religiosas, el amor mutuo, para siempre, “en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la”..., hicieron que, sin apenas concesiones al descanso, ambos, a la par, hicieron de su familia y “habitat” un hogar luminoso y alegre.
Nada que ver con muchos de los actuales en los que, como un ladrón de la familia, se ha introducido el egoísmo y “el no te prives de nada”. Ellos se privaron, por supuesto que lo hicieron, pero insisto porque lo creo importante, con la alegría de quien sabe que seguir siendo como novios durante el matrimonio, compensa con creces, trabajos, vigilias y privaciones, que tampoco les detallo. No creo le gustase a Drito verse así en la “palestra”. Como no se trata de soltar aquí una “moralina” sobre las excelencias del matrimonio cristiano, puestos ya en antecedentes, y antes de iniciar el agrícola “regreso a la primera orilla”, el próximo día, si Dios es servido, les relataré algo, que, por lo curioso, no puedo dejármelo en el “tintero”; o sea, en estas “máquinas infernales”… nos vemos.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/159318
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Trackbacks/Pingbacks para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
autor
Contacto








