El Hospital. Concha María, que buen prójimo.
04.05.08 @ 07:38:28. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Concha María en la colegiata de S. Martín de Elines, 1989. Acuarela de José Mª Arévalo. 43 x 34)
Creo que va a ser este ya el último artículo sobre el fallecimiento de mi esposa, Concha María, para no resultarles pesado. Aunque seguirán saliendo anécdotas sueltas de tan enriquecedora experiencia en los siguientes, porque en mi mente está ella cada vez más viva. Veo ahora que los tres a ella expresamente dedicados han seguido un orden natural de agradecimientos: a los amigos, a la cariñosa y profunda intervención de don Federico en el Funeral, y a la carta de las alumnas de Concha María. Seguro que tendría que expresar muchos otros agradecimientos, pero hay uno importantísimo al que dedico este artículo, el que tengo a flor de piel para los médicos y enfermeras de la Residencia, que así llamamos todos al vallisoletano Hospital Pío del Río, antaño Onésimo Redondo, y ya pronto, con nuevas instalaciones, no se con qué nombre. Pero lo importante no son los medios, sino las personas. Especialmente en esa quinta planta de Oncología, llena de cuadros, plantas y detalles de agradecimiento de los allí tratados. Sea este mi homenaje, aunque también ofrezco una acuarelilla, si les apetece a las enfermeras, que son las que más tiempo pasan en los pasillos de planta, muchas veces corre que te corre.
De esas carreras recuerdo que, una madrugada, me despertó una voz agobiada, casi grito, de Concha M: “Me ahogo, me ahogo”. Cuando aún trataba de levantarme del asiento extensible donde dormía -profundamente ya desde el segundo día, acostumbrado a todo-, irrumpieron un enfermero -creo que fue Antonio- y otro, no recuerdo si enfermera, que en un periquete le pusieron oxígeno, y en unos minutos nos quedamos otras vez dormidos, “fritos”, ambos. Para esa diligencia no hay palabras ni compensación posible, solamente cabe dejar el corazón allí con ellos.
Lo del doctor Torrego -he procurado no dar apellidos hasta ahora, pero en este caso no puedo por menos- es ya el no va más. He conocido muchos médicos, pero con la humanidad sencilla y afectuosa de este hombre, solo alguno más. Nos recibía siempre con una sonrisa y dándonos la mano, y la conversación empezaba sistemáticamente por el “¿cómo has estado, Concha María” “o “cuéntame cómo te has encontrado estos días”. “Pero qué dicen los análisis?” respondía ella al principio, hasta que se convenció de que su respuesta era para él más importante que los marcadores tumorales. La intuición femenina, tan especial en Concha M, de la que he hablado en el artículo anterior, la llevaba a decirle en muchas ocasiones que le veía cara de cansado -momento en que yo me daba cuenta de que efectivamente la tenía-, o a preguntarle por su hijo, que cuando empezó el tratamiento, hace cuatro años, acababa de nacer.
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