Una mujer fuerte
27.04.08 @ 02:14:00. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo
(Retrato, al pastel, de Concha María, con catorce años)
Como sigue siendo tan intensa, en todo lo que hago, la presencia moral de mi esposa Concha María, que por el artículo anterior saben ustedes falleció el jueves pasado, no puedo escribir sobre otro tema. Así que al menos voy a procurar que lo que cuente de estos días sea de interés más general que personal. Creo que lo fueron, sin duda, algunos puntos, que voy a reproducirles, de la homilía del funeral, y otros de la carta que iban a leer las alumnas de Concha María, y que pedí no lo hicieran para no romperme el corazón en público. Con ello ya estába completado el artículo, pero hay una anécdota que es más significativa aún, para mi gusto, de cómo murió y de por qué estamos celebrándolo con tanta paz y yo diría incluso gozo, alegría. Aunque alguien pueda escandalizarse, es lo cierto que el mismo día del funeral, tras la incineración –vamos a llevar sus restos a la tumba de sus padres en Sevilla-, después de cenar una empanada que nos había llevado una de sus amigas, que han estado en todo, tendré que contarlo otro día, tuvimos mis hijos y yo una tertulia hasta las tantas cantando las canciones que le gustaban a su madre, porque esta familia siempre ha sido como una coral, hasta con guitarras eléctricas; yo toco de oído la española y les inicié a ellos de pequeños , pero me han superado en mucho, y los padres hemos aprendido las canciones de estos años, no tan distintas de las de nuestra época, salvo cuando se ponía a hacer el gamberro en plan casi rock duro, para hacernos reír.
Voy a la anécdota. Tenemos un amigo de toda la vida, prestigioso médico, Pepe, que estaba muy en contacto con el oncólogo que la trataba –de los médicos y enfermeras también tengo que contar maravillas-, en fin, que nos ayudaba a entender lo que pasaba y más cosas, como se verá. Concha M – como yo la llamaba porque en sus cartas de novia así firmaba- estuvo ingresada en el hospital solo dos semanas, y el tercer día ya nos había dicho el oncólogo a los dos que el cáncer afectaba al hígado, lo que sabíamos era decisivo. Como Pepe venía a verla casi a diario, le dijo que quería hablar con él de este tema, sin que yo me enterara. La conversación me la contó Pepe después. Le explicó que ella había sometido al oncólogo a un tercer grado para que le dijera cuánto tiempo le quedaba de vida, y otros detalles que no son del caso, y le pedía a Pepe que, como no se veía solución, se asegurara de que no iban a prolongar innecesariamente los tratamientos. Pepe le habló de que no se preocupara de plazos, que viviera al día, y ella le contestó: “Así llevo mucho tiempo, y en las manos de Dios”. Entonces Pepe le dio un beso en la frente y le contó que le oyó decir a San Josemaría, que acababa de visitar a una enferma de la Obra en la Clínica Universitaría, en Pamplona, que él no era sensiblero, pero cuando le hizo la señal de la cruz en la frente había tenido la impresión de que tocaba a Cristo. Y añadió Pepe: lo mismo me acaba de pasar a mí. A lo que Concha M respondió: “Eres un imbécil”.
Y ahora, de la homilía de don Federico, capellán del Colegio Pinoalbar, en el que Concha fue Directora. Nuestra Parroquia de Santiago tuvo el detalle de acceder a que fuera él quien la dijera, y don Mariano presidió la ceremonia y Santa Misa, que concelebraron varios sacerdotes, con la iglesia a tope y tanta gente comulgando que al final tuvieron que fragmentar las sagradas formas. Santiago tiene maravillas, ya he contado en artículo sobre los manieristas del retablo lateral de Alonso Berrugete, pero un altar y tabernáculo de mármol blanco que no pega nada con el magnífico retablo central barroquísimo. Pues fue tal la disposición de la ceremonia en todo, que me pareció el conjunto de una armonía extraordinaria –no puede dejar un pintor de apreciar estas cosas pequeñas-. Le estoy muy agradecido a don Mariano, tengo que decírselo.
Don Federico comenzó explicando que había recibido la noticia del fallecimiento de Concha justo antes de exponer el Santísimo para un rato de vela con jóvenes con motivo del viaje del Papa a los Estados Unidos. “Enseguida pensé: tenemos una nueva intercesora en el cielo. Jesús, le dije, recíbela en tu gloria como solo tú sabes hacerlo y ayúdanos a nosotros a seguir por ese camino que Concha María tan bien ha concluido”. Y que así lo había explicado la mañana de la homilía a niñas de diez años pidiendo que rezaran por ella.
“ Sí, podemos estar convencidos –reproduzco ya la homilía-, de que las personas que pasan por el mundo haciendo el bien, lo siguen haciendo desde el cielo. A nosotros nos toca atesorar el regalo que Dios nos hizo poniendo a nuestro lado una esposa, una madre, una hermana, una amiga, una directora y profesora del Colegio que llenó nuestra vida de ejemplo y buenos consejos.
¡Mujer fuerte! la llamaba su marido esta mañana en el tanatorio, y me lo decía manifestando el remanso de paz que ha dejado en su enfermedad. ¡Ella nos sostenía a todos¡, me decía. Cuando se vive cerca de Dios toda la vida, se llega a tener los mismos sentimientos de Jesús.” Y explicó cómo Concha María deseaba con toda el alma transmitir a los demás la felicidad de estar con Dios, de vivir en gracia por la frecuencia de sacramentos. “En los dos años que coincidí con ella en el colegio, manteníamos muchas conversaciones de pasillo, como yo las llamo. Eran breves pero incisivas. Tenía en su alma una verdadera pasión por los jóvenes; quería a toda costa hacerse entender por ellos y les explicaba con profundidad la alegría de estar en la verdad y vivir en la verdad. Sus tuteladas la recordarán como una mujer que llegaba al corazón por la cabeza, y todo con su gracejo andaluz.”
Y terminaba: “Nos hemos reunido en familia para rezar por concha María, y además, deberíamos sentirnos movidos a mejorar nuestras vidas al meditar el ejemplo que nos deja. Piensa qué te diría Concha María en estos momentos y piensa que Dios quiere decírtelo. Estoy convencido que a todos nos hablaría al oido de la frecuencia de sacramentos, especialmente los de la confesión y la eucaristía, de la maravilla de tener a Dios siempre esperándonos a que volvamos y nos pongamos de rodillas: la criatura ante su creador. Concha María hablaba de la confesión abriendo horizontes. Sabía esperar, rezaba y ofrecía muchos sacrificios por sus alumnas. Recuerdo una visita que hice a su casa a los pocos meses de dejar el colegio a causa de su enfermedad ya diagnosticada. Seguía de cerca todo lo que pasaba en Pinoalbar. Agradecía mucho las visitas, con particular ilusión la de sus alumnas de 4º de ESO, su curso preferido, como llamaba al curso del que se encargaba cuando tuvo que dejar el colegio. En esa ocasión, me confió que ofrecía todo y que se sentía con una misión que cumplir en los años que Dios quisiera concederle de vida:`la misión de acercar muchas almas a Dios´.
Desde entonces han pasado cuatro años: años de oración, de dolor y de paz, años en los que Jesús fue preparando su alma hasta llevarla con El. Años de felicidad en la cruz y de mucha eficacia apostólica. Ahora nos sentimos deudores con ella y le prometemos a Jesús que vamos a mejorar nuestras vidas. Así sea.”
De esa conversación que hablaba al final fui en parte testigo, así que imaginen la emoción, la misma que ahora casi me impide leer el original de la homilía que estoy copiando. ¡Cómo conocía don Federico a Concha M¡. En fin, que dejamos lo que escribieron sus alumnas para otro artículo, que tampoco me va a ser fácil reproducir.
Incorporo a continuación, con cierto retraso, el artículo que me remitió en esta misma fecha mi compañero foramontano Carlos, al que tanto tengo que agradecer.
VALOR DE LA AMISTAD
Por Carlos de Bustamante
Efectivamente, como les decía ayer, “no sabemos por qué”, Dios dispone sobre cada uno lo que nuestra inteligencia, tan limitada, no acierta a comprender.
Porque Concha Mª, la mujer de mi compañero y entrañable amigo Foramontano, falleció ayer.
Murió tan santamente, rodeada del amor de su esposo y de sus hijos, que el propio Josemari, al comunicarme enseguida la noticia no por esperada para mí menos dolorosa, antes de que le diera pésame alguno me dijo: “Felicítame, Carlos”.
Sólo desde una Fe inmensa se puede aceptar de tal manera lo que la mente humana no llega a comprender. Pero Josemari y todos los suyos y todos nosotros, sabemos que Dios envía a los que de verdad ama “cruces” muy pesadas; a veces como ésta, que lo son tanto, que es preciso agarrarse a ella con Amor; el mismo que Él nos tuvo para morir en la Cruz, para dar la vuelta al dolor, dolor inmenso, y recibirlo como verdadera “caricia de Dios”.
Mi amigo, mi gran amigo, es Josemari. Pero él y Concha Mª, siendo, claro, distintos, fueron “una sola carne” hasta la muerte. Por eso también quería –y quiero, porque de verdad vive- a Concha Mª.
En nombre propio (perdón por colocarme primero, pero en esto no les cedo el puesto), y en el de todos tus incontables amigos, acuarelistas o no, descanse en paz nuestra íntima amiga, madre santamente cristiana y esposa ejemplar.
Si sigo todos lo consejos, de verdadero amigo, que durante años me diste, no dudes Josemari, que ahora aprecio mucho más el verdadero valor de vuestra amistad; la que, con vuestro ejemplo -el tuyo en vida y el de Concha Mª con su muerte ejemplar- nos habéis dado. Que Dios os lo pague, porque yo, tan limitado, no alcanzo.
“Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos”. Esto lo dijo el propio Cristo; y lo cumplió con su muerte por cada uno de nosotros, le correspondan o no.
Concha Mª ofreció su vida por vosotros. ¿Me permitiréis contarme, como amigo, en el grupo donde vais a recibir, ¡sin duda!, tan singulares beneficios?
Antonio, Esperanza, Francisco (mi querido Fran), José Mª, Juan, Josemari: te dije hace días por este medio, que Dios sabe más. Aquí, debajo de vuestra casa, estamos (mi mujer y yo), para cuanto podamos ayudaros. No lo dudes: somos muchos, muchos, los que gracias a esposa y madre tan santa, estamos en deuda. Si de alguna forma podemos por lo menos agradecerla con vosotros, por favor, no lo dudéis. Nos sentiríamos muy honrados. Unidos Amor y dolor, nos gustaría demostrar el valor inmenso de vuestra –y de su- amistad. Como siempre, amigos: Abrazos.
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Te acompaño en tus oraciones y en tu alegría por tener a tu esposa en el cielo. Tu familia está dándonos ejemplo de como afronta la muerte una familia católica. ¡Enhorabuena!
Un abrazo muy fuerte de un pucelano desde Madrid
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