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Desde la otra orilla. El repliegue

Permalink 25.04.08 @ 15:31:29. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Calle de Tánger. Acuarela de Mariano Fortuny.1869. Museo:The Corcoran Gallery of Art, Washington. 38´2 x 50´8 cm. En www.artehistoria.jcyl)

Si el pasado del África 53 (el Regimiento de Drito) fue heroico, en la guerra con nuestros “tradicionales amigos”…, el presente (el que perteneció a este relato), fue por demás azaroso; que también es, a veces, heroicidad. De Xauen-A’karrat y a Laucién (Tetuán); de Laucién a Camposoto (Cádiz); de allí a Cerro Muriano (Córdoba) y de allí… Veamos qué pasó.

Pasadas las “apreturas” de Drito a causa del “pescaíto fresco” en “cá la señá Bernarda”, volvieron a Xauen para consolidar el repliegue y entrega del acuartelamiento a sus legítimos dueños “serifianos”. Fue tan costoso como emocionante:

Mandos y SOLDADITOS DE REEMPLAZO, que adrede pongo con mayúsculas porque se lo merecen, estaban con tal nudo en la garganta, que les era difícil articular palabra. Pero el EJÉRCITO (también así, a propósito), está para salvaguardar con honor la voluntad del pueblo soberano –mientras éste, digo, no cometa atrocidades, que casos se han dado…- y obedecer; y, por duro que fuese, que, “¡vive Dios!”, lo fue, obedeció. La compañía de Drito, reforzada por si acaso, fue la encargada de realizar tan penoso acto.

De nuevo en Xauen, con el testigo mudo del siempre nevado e imponente Titshuca, formó la compañía, impecable, en el lugar en que tantas veces lo hizo para actos tan solemnes como oír Misa, juras de bandera, festividades de gala, o, al fin y en fin, entrega del acuartelamiento. A un lado, pues, la diez y nueve compañía de ametralladoras –la del por poco tiempo teniente Quivir africano-. A otro, una compañía del recién creado Tábor serifiano de las Fuerzas Reales marroquíes. Y en medio, dos mástiles de los que pendían, flácida en uno, la bandera de la media luna, y en el otro, ondeando al viento muy fino con olor a nieve, la de España a la que el teniente y demás mandos y tropa miraban con singular respeto. Al toque vibrante del cornetín de órdenes, ambas compañías se pusieron firmes, cuadradas. La banda de música ¡mora! Sonó fatídica para las tropas españolas, gloriosa para las serifianas: al compás del himno nacional español, ¡¡Stito!! procedió a arriar la Enseña Nacional, su para siempre propia Bandera. Según descendía majestuosa, despacio, mástil abajo, ninguno de los españoles presentes se contuve de dar rienda suelta a sus más íntimos sentimientos.

No sólo, pero sí más que nadie de cuantos aman a su Bandera y a cuanto representa, Drito pudo sentir la emoción impresionante de tales momentos. Nadie sólo (quiero decir en exclusiva), mas sí de cuantos aman a su bandera y cuanto representa puede sentir lo que aquéllos, soldaditos de reemplazo, mandos y soldado moro-español, al ver (si pudiera Stito, que ya no…) la Enseña de España en cualquier acto o circunstancia. Sólo, estos sí, los que no aman de verdad a su Patria, pueden banalizar e incluso protestar por su presencia, venga o no (según su no muy autorizada opinión) a cuento. Para los mandos y nuestros soldaditos de reemplazo, y perdonen mi intencionada repetición, para quien en tan terrible… (¡¡sí!!) momento, veían en Ella representados a su pueblo tal vez pequeñito, pero muy querido, a su ciudad, pequeña o grande, a su, en fin, Nación -España, siempre grande y ¡unida!- se empeñe quien se empeñe, y no debiera, de lo contrario- de la que dejaban un importante girón en el que habían servido, sin tal vez haberse dado la misma cuenta de lo que ahora era palpable. Todos lloraron. Stito La dobló cuidadosamente; y en una bandeja se la entregó, también lloroso, claro, a su “terente Quivir”. Éste, después de besarla con respeto (unción), la guardó en una maleta de cuero repujado ¡con arabescos! y se la entregó a un gastador, recio como las encinas, atalayas del páramo castellano, quien, siempre de escolta en su posterior viaje, haría la definitiva entrega al viejo Coronel, para descansar con los debidos honores en el lugar que corresponde a las que fueran representación de España y sus héroes.

El izado de la bandera marroquí, fue espectacular: lento, lento, ceremonioso, como mejor que nadie los moros saben hacerlo. Por supuesto que ¡nadie permaneció sentado!…, por muy “amigos tradicionales” que fueran los que ésta representaba; todos firmes, cuadrados, y el Quivir en el primer tiempo del saludo; pero no sólo él, porque arriba, en lo más alto del acuartelamiento, “asentados” sobre una media ladera, también se pusieron en pie y en el mismo primer tiempo del saludo los sirvientes -soldaditos del reemplazo- de sendas ametralladora, las del refuerzo, que Drito dispuso “en posición” por si acaso…

El capitán de las Fuerzas Reales moras, miró arriba: sonrió y sin darse por aludido, ofreció al Quivir un apretado abrazo, en el que con total olvido de impresionantes confrontaciones sufridas por el propio padre del teniente, se fundieron ahora sí, amigos. Luego, con las armas serifianas en “presenten”, la compañía de soldados de reemplazo (¿pesado?) española desfiló, sin volver la cara atrás. Salió marcial por la puerta grande y principal, junto a la garita de centinela, “volada” no muchos días antes: ¡¡qué cosas…!! De allí a Ceuta. Disolución luego del Regimiento, y DE VUELTA A CASA, si Dios es servido, nos vemos…

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