Desde la otra orilla. Xaüen: La ciudad santa y misteriosa.
24.02.08 @ 08:09:24. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Xaüen. Acuarela del cuaderno de viajes de Enrique Ochotorena; //picasaweb.google.es/eochotorena)
Recordamos que a Rodrigo y Drito (los Boanerges) les llegó por edad el tiempo del juicio, y aunque genio y figura…, pasaron a otra orilla, o sea, que cruzaron el “charco”. Después de la espectacular entrada de Drito en el cuartel, saludó, ahora todos amigos, a no menos de doce tenientes destinados como él al Regimiento África 53. Enseguida le pusieron al corriente de los malos tiempos que corrían y de lo peligroso que era adentrarse en “territorio moro”, que era todo el lugar fuera del acuartelamiento. Como les decía que genio y figura…, en ese mismo momento, a Drito se le antojó visitar los lugares que decían tan peligrosos; junto a varios insensatos, se pusieron de paisano y caminaron raudos hacia la Ciudad Santa y misteriosa.
Anochecía cuando los insensatos comenzaron a adentrarse por territorio más atractivo por cuanto prohibido. En silencio o con voz muy queda, miraban a todos lados sin que, por el momento, advirtieran el menor peligro. De pronto, y como surgida de otros mundos misteriosos, oyeron como un lamento agudo y prolongado que partía de la altura de un “morabo” espectacular. Es –le dijo un compañero- la voz del “muecín” llamando a la oración de la noche. Un escalofrío recorrió de alto en bajo a Drito (y recorrió mucho) mientras duró la llamada, como un lamento. Sin que antes se hubieran dado cuenta de presencia alguna, varios encapuchados con chilabas, cayeron rostro en tierra en oración profunda, justo a su lado. Mientras el muecín se “lamentaba” con los textos del Corán, los tenientes, ahora impresionados, comenzaron a entender el porqué de la prohibición de hollar tales territorios.
Por su parte Drito, todavía inexperto, sólo pensó en que de forma sin duda ejemplar, aquellas gentes rezaban y adoraban al mismo Dios –Alá- de moros y cristianos. También rezó. En cabeza de la expedición, se adentraron en el mismísimo misterio: calles estrechas, moradas del todo oscuras y, como los monjes de un monasterio de nuestro medioevo, las figuras, fugaces, de los “santones” que, con ojos que taladraban, miraban, amenazadores, a los intrusos. El olor a carne asada y especias, les llevó a un “chiringuito” donde más santones misteriosos no rompían el silencio que envolvía a su ciudad santa, más que con el sonido de poderosos sorbetones al té contenido en vasos tallados primorosos, sujetados por el borde con sólo dos dedos.
Los insensatos entraron. Sin decir palabra, los monjes clavaron en el grupo los ojos amenazadores. Pidieron pinchos, morunos, claro, y té. La carne, de cordero, con muchísimas especias, exquisita. Y con el té, Drito pagó la novatada: muy educado él, tomó el vaso y pudo provocar la primera avería pues, abrasando el contenido, o sea hirviendo, soltó el vaso que se estrelló hecho añicos en el suelo. Le pusieron, todavía amables, otro. Entendiendo el porqué de cogerlo con dos dedos y por los bordes, hizo lo propio. Arrimó los labios y, otra vez educado, quiso beber, silencioso, el contenido. La hierbabuena de la que rebosaba el vaso, se le adhirió a los labios en los que le produjo tal quemadura que, nuevamente estrelló el vaso contra el tosco pavimento.
Y se armó, claro, la marimorena: Un santón gigante se enfrentó no a él, que tal vez fuera mayor en tamaño, sino al más pequeño de los oficiales españoles. Al tiempo que le derrumbó de un fuerte empellón, dijo a voz en grito dirigiéndose a todos: “¡¡ispanioles fuera de ciudad santa, qui esto ser kavila (pueblo) di nosotros y no querer mejasnis (militares) de hispania. Bélleri (rápido) todos a tomar por cofa”. El insulto marrón hirió a Drito en lo más vivo y al ver a su compañero en el suelo y a los demás tan maltratados de palabra, no se lo pensó dos veces y, como el rayo que antecede al trueno, arremetió contra el santón que rodó de inmediato por tierra sin que, como los vasos de la discordia, se rompiera en mil pedazos pese al terrible impacto del puño de Drito en el rostro del agresor con chilaba.
Acto seguido, como las abejas a un enjambre, acudieron santones por todos lados; los insensatos, capitaneados por el mayor insensato de todos, tuvieron que abrirse paso entre la multitud sin saber qué dirección tomar en aquel laberinto de casas totalmente oscuras. Tanto Drito como sus compañeros amigos repartieron y recibieron cuanto no está escrito. Como el más pequeño seguía en el suelo con riesgo grave de ser pisoteado, volvió Drito sobre sus pasos y, a sopapo limpio, llegó donde yacía el amigo maltrecho. Lo cogió y levantó del suelo como una pluma y con él a cuestas, corrió calle arriba perseguido muy de cerca por cantidad de musulmanes enfurecidos.
Los muros enormes de la Alcazaba le cerraban el paso. A punto de ser atrapado, un arrapiezo menudo y vivaracho le tomó de la mano al tiempo de decir: “ terente quivir (grande) venir con ¡¡Stito!! Y esconder bélleri (ya dije, rápido) en casa de Stito; qui no olvida a terente qui dio mocho flus (dinero) y chusco di reclutas”. Se dejó llevar. Pero como la casa de Stito estaba lejos y estaban a punto de ser alcanzados, los introdujo en un portal grande en el que lucía una tenue lucecita: era ¡la comisaría mora! Los insensatos sonreían creyéndose a salvo, cuando apareció el jefe ¡con un ojo amoratado! Era el santón que recibió el primer y contundente mamporro de Drito. Cuenta, todavía aterrado, que no sabe como serían las mazmorras de la antigüedad, pero dice, que duda fueran peores que aquélla. Ante la tardanza de dos oficiales en regresar al Regimiento, y enterado el coronel jefe, ordenó, no sin consulta previa al alto mando, que una patrulla, armada hasta los dientes, saliera a recogerles. “Quisió” en qué acabaría aquello. Si Dios –Alá- es servido, lo veremos.
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