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Desde la otra orilla. Viaje al África profunda

Permalink 21.02.08 @ 08:00:02. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Judi Whitton en www.watercolour.co.uk/)

Bueno, no tan profunda; pero sí al interior. O sea, “viaje al África interior, no muy profundo”. En Marruecos del Norte, como se sabe, no hay ferrocarril. Las carreteras son pocas y horrorosas. O sea, en los tiempos en que Drito viajó de Ceuta a Tetuán (estamos ya, en cuanto a narraciones, “Desde la otra orilla”) y luego a Xaüen, los traslados del personal se hacían en autocares (valencianas) y de mercancías en camiones o “camonetas”, que decían los nativos. A pesar de de la buena base por el considerable tamaño de los pies de Drito, todo el camino hasta la estación de valencianas fue como dando tumbos: reminiscencias de la mar “cabreada”.

Una vez allí, la enorme sorpresa fue ver cómo excepto él y sólo algunos, pocos, más, todos los viajeros eran nativos (procuraré no repetir “moros”, por si alguien –sin razón- se siente ofendido); y todos le miraban fijamente con expresión nada halagüeña. Puede que les diera temor las enormes botas altas que enfundaban las perneras de impecables “calzones” de canutillo, o la preciosa fusta trenzada con la que el teniente se golpeaba con movimiento instintivo las botas. Pero fijarse en él, dice que seguro se fijaban. El murmullo de voces era tan intenso, que lejos de despejársele a Drito la cabeza “tontona”, aún se mareó más. Mejor, le entró dolor de cabeza y, además, amigdalitis: lo primero (lo de la cabeza tontona, según la morisma), por el intenso barullo que producían hablando –gritando- todos a la vez (o le parecía a él) en idioma ininteligible; lo segundo, porque era tan intensa la pronunciación gutural, que eso, que le dolían las “anginas”. Subió a la valenciana donde se leía: Chaüen; y a continuación, unos extraños garabatos, así como ahora los grafitis de nuestros inefables gamberros.

Según les explicaré otro día, tomó asiento en “primera”, como rezaba su billete. Sin notar que era continuamente observado, comenzó la nueva “travesía”; cómo sería ésta, me comentó, que añoraba de veras, o casi, el viejo barco pirata, el Alcázar de Toledo. Pero si había dejado la orilla –aquélla tenebrosa del Estrecho - ¿“a qué ton” éste singular mareo?, se preguntaba.

La contestación la recibió en forma de volutas de humo apestoso, procedente de numerosas “pipas del kifi” o grifa, devoradas por los “santones” que ocupaban todos los asientos de segunda y tercera; y por las continuas vueltas y revueltas de la carretera infame, que, desde la orilla del mar, le trasladaba muy tierra adentro a otra orilla “quisió” dónde. Nunca supo el tiempo que le llevó tal viaje al África profunda – o eso creía él-; sólo estaba cierto de lo que ahora veían sus ojos: la increíble belleza de una ciudad, asentada, como un sueño, en el rodapié del imponente Titshuca: montaña majestuosa en las estribaciones del Atlas africano, como broche final y blanco como la nieve blanca, perpetua en la alta cumbre, de la inmensa Cordillera. Al pie, pues, de “los cuatro mil”,vio el letrero: Xaüen. Y seguido, los garabatos, claro. Estaba en su “destino”. Dentro de la perplejidad y casi por primera vez, se acordó de Leticia. Le volvió la sonrisa al rostro; la verdad, un tanto demacrado de tanto sobresalto.

Seguramente con la boca abierta, digo yo, pues también estuve allí, contempló por unos instantes una preciosa placita cuajada de naranjos y presidida por una iglesia, pequeña pero muy bella, en cuya fachada se leía: Misión (sin garabatos). Seguro de estar en las “profundidades” del nuevo continente, le sacaron de su ensimismamiento unos ligeros tirones en el faldón de la guerrera. Miró hacia abajo y al tiempo de ver una criatura morena-casi negra- oyó su extraño lenguaje: “¡a la orden d’asté mi terente; Stito llevar maleta de terente a regemento afríca de terente”. Dedujo Drito, que el arrapiezo era un morito que se prestaba a llevarle la maleta como los mozos de estación en España. Antes de dar su consentimiento, Stito caminaba, a duras penas, hacia –él, que no Stito- no sabía dónde. Le siguió. A unos cientos de metros de su ansiada Unidad, paró en seco a la voz del centinela: ¡¡alto o disparo!! Como la “indicación” no admitía dudas, se quedó clavado sujetando a Stito por la pequeña chilaba. Al tiempo que con voz insistente el centinela requería al ¡cabo de guardia! (bis), Stito protestó de forma de verdad tan curiosa que transcribo: “¡Oye tú centenela, tú estar ricluta; Stito venir con mi terente al regemento y tú no tener qui dar alto a mi terente, ¡¡conio!!

Llegó a toda prisa el cabo de guardia. Saludó tan recio como jamás había visto nunca Drito y a la vez: ¡A la orden de usted mi teniente!,¡documentación! La sonrisa amable y el saludo de contestación ya iniciado, se le quedaron más congelados que las nieves perpetuas del Titshuca. Un tanto nervioso-él otra vez, que no Stito- rebuscó en todos los bolsillos, hasta dar ¡en el último! con la cartera. El cabo revisó detenidamente la documentación, miró la fotografía y miró acto seguido al teniente perplejo. Acto seguido, con mayor reciedumbre si ello fuera posible, se cuadró y ahora sí : ¡a la orden de usted mi teniente, puede usted pasar! Stito (en español, pequeño) no pasó adelante; sólo añadió: “Stito no querer flus (dinero) de terente, sólo querer chusco de ricluta, que Stito tener mocho hambre”. Drito recibió de “uno de la guardia”, solicitado por el cabo, un chusco que enseguida le dio a Stito y dejó que le llevaran la maleta. Ante los ojos grandes, de increíble agradecimiento, le entregó también ¡cien pesetas! que Stito miró sin apenas creérselo. Desde aquel momento, el teniente tuvo en Stito un fiel amigo que, como si Dios es servido ustedes podrán comprobar, le “sirvió” largo tiempo; todo el que Drito permaneció en su primer destino.


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